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Staff

 

Dos malabaristas foráneos cuentan que lo que les impulsa es el amor a la libertad

“Voy por el mundo”

Paga: Claudio Gabriel recibe unas monedas de un conductor de minibús

Gabriel y Érika, malabaristas de Argentina y Chile, llegaron al país atraídos por la paz que reina en Bolivia y la diversidad cultural que se destaca fuera de las fronteras.

Tres esferas bailan en sus manos, dos son de lana y la tercera es una naranja. Tiene la mirada fija en el giro de las esferas y el movimiento de su cuerpo es el complemento del número de malabarismo.

Sus espectadores son los choferes del servicio público y conductores particulares, quienes eventualmente paran en la avenida 20 de Octubre esquina Belisario Salinas cuando el semáforo está en rojo. El malabarista recibe unas monedas a cambio de su espectáculo.

Es Claudio Gabriel Agustini, conocido como el “Mono”, un ciudadano argentino que llegó al país en febrero del año pasado motivado por el ansia de recorrer Latinoamérica.

“Me gusta conocer el mundo, es que soy un bohemio”, asegura, luego de colocar las tres esferas en el suelo al lado de las monedas que logró juntar desde la mañana.

Gabriel relata que desde niño sintió curiosidad por conocer diversos lugares que no fueran su tierra natal, de modo que cuando tuvo edad para decidir por él mismo, comenzó a viajar.

“Generalmente voy solo —dice él—, a veces lo hago con amigos o en pareja, pero es mi costumbre hacer las cosas solo”.

A sus 32 años de edad, conoce Perú, Brasil, parte de Venezuela, Colombia y ahora Bolivia, país al que califica como “tranquilo y en paz”.

“Me refiero a que no hay violencia con armas como en otros lugares, donde muere gente sin ningún motivo; aquí hay calma”.

Sus aventuras y el tipo de vida que lleva son costeados con su trabajo, pues desarrolla varios oficios; aunque lo suyo es el malabarismo, la acrobacia y el circo. Hubo oportunidades en las que trabajó como cargador de camiones y vendedor de artesanías.

“A veces no te alcanza, entonces en lugar de ir en micro debes ir en camión o caminando, probando suerte”.

Ahora vive en casa de unos amigos bolivianos, pero cuando no tiene dónde quedarse, trabaja también para el alojamiento.

No tiene un punto específico para realizar sus números, a veces está en la plaza Avaroa, otras por El Prado o en la calle Colombia, dependiendo del “ánimo que uno tenga o la necesidad. No tengo horario”.

Gabriel se queja porque hay algunos choferes y transeúntes que lo consideran vagabundo y lo insultan. Le dicen que se vaya a su país a trabajar, pero él no contesta para evitar conflictos y trata de cambiar de tema.

Considera que su jornada es “cansadora” porque debe trabajar para el desayuno, almuerzo, cena, alojamiento, un cigarro y un par de cervezas, de vez en cuando.

Cuenta que a veces tiene el apoyo de la providencia. Relató que después de una semana de viaje, en el interior del país, con “un hambre feroz y una mugre terrible”, sin fuerzas para nada, “en el primer semáforo alguien me regaló 100 bolivianos, entonces haciendo la señal de la cruz agradecí a Dios por ser libre y me fui a desayunar, y esa noche me quedé en un alojamiento”.

Malabares para estudiar antropología

De acera a acera, en la calle Belisario Salinas de la ciudad de La Paz, Gabriel y Érika se saludan con mucha confianza; ella es oriunda del sur de Chile y está en el país desde hace tres meses. “Conozco a Gabriel, porque yo hago lo mismo, mi especialidad son las cintas”.

Érika, cuyo nombre artístico es Neltume, llegó a Bolivia con el objetivo de estudiar antropología y ya realizó las gestiones necesarias para lograr su ingreso en la universidad. “Si me va bien, qué bueno; pero si no, seguiré intentando; mientras tanto trabajaré en lo que sé hacer”.

Ella confiesa que el país es atractivo por su diversidad. “Se habla tanto de las culturas que hay en este país, que despertó en mí las ganas de conocerlo y vivir en él experimentando las diferencias”.

Dice que cuando era adolescente, hoy tiene 25 años de edad, se fue de la casa de sus padres, por lo que no tiene temor a la separación familiar, sino más bien a instalarse en un lugar que no conoce, porque muchas veces “la gente no te toma en cuenta”.

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