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Miralejos |
Historia y Constitución |
| Por: Ramón Rocha Monroy * |
| Todos los procesos de cambio pisotearon la ley y la ética, pero luego se legitimaron con la instauración de un nuevo orden.
Desde el 2000 hemos vivido una escalada de la crisis, porque el modelo neoliberal mostró sus debilidades y comenzó a desmoronarse el edificio institucional. Si vivía José Martí, probablemente hubiera dicho: “Ésta es en todas partes época de reenquiciamiento y deremolde. El siglo pasado aventó con ira siniestra y pujante los elementos de la vida vieja. Estorbado en su paso por las ruinas, que a cada instante, con vida galvánica, amenazan y animan este siglo, que es de detalle y preparación, acumula los elementos durables de la vida nueva”.
Si vivía Marx, probablemente acotaría: “Todas las relaciones fijadas, congeladas rápidamente, con su tren de prejuicios y opiniones venerables y antiguas, son arrolladas, todas las que se acaban de formar se vuelven inadecuadas antes de que puedan osificarse. Todo lo que es sólido se disuelve en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los hombres al fin son forzados a enfrentar (…) las condiciones reales de sus vidas y sus relaciones con sus compañeros. En nuestros días todo parece preñado de su contrario”.
Ernesto Laclau parece referirse a Bolivia cuando dice: “(La crisis) se traduce en una exacerbación de todas las contradicciones ideológicas y en una disolución de la unidad del discurso ideológico dominante. (…) Esta crisis ideológica se traducirá necesariamente en una ‘crisis de identidad’ de los agentes sociales. Cada uno de los agentes en pugna intentará reconstruir una unidad ideológica vehiculando un ‘sistema de narración’ que desarticule el discurso ideológico de las fuerzas opuestas”.
La historia se mueve por una pugna constante de fuerzas sociales contrapuestas; por eso la estrategia militar y la politología han adoptado una categoría de la Física, que es la correlación de fuerzas: la fuerza resultante es el producto de la presión que ejercen las fuerzas contrapuestas. Así camina la historia, pero cada correlación de fuerzas se resuelve en el único lenguaje del Estado, que es el Derecho. Por eso los conflictos terminan en la promulgación de una ley. Habría entonces que preguntarse qué hemos logrado concertando un proyecto de Constitución que está próximo a ir a referéndum.
Los movimientos sociales desarrollaron una crítica al sistema existente, compartida por una mayoría cada vez más grande que protestó contra la economía de mercado y contra los políticos de la democracia pactada. De este modo comenzó a reestructurarse el campo ideológico, y las viejas categorías se desgastaron completamente. De pronto se habló de otros temas, desde otra óptica que desconcertó a los representantes del antiguo régimen, los cuales esgrimieron argumentos irrefutables pero débiles, porque todos eran jurídicos. ¿Cómo se puede esperar que la crisis y el proceso de cambio respeten la ley si está en juego una nueva pugna de fuerzas? Todos los procesos de cambio pisotearon la ley y la ética, pero luego se legitimaron con la instauración de un nuevo orden. Es el caso de la Revolución del 52, como también el caso de la Revolución Francesa, la Revolución Mexicana, la Revolución Rusa y cualquier otro proceso de irrupción de las masas. La nueva Constitución condensa esas fuerzas en pugna y servirá para construir otro edificio institucional.
* Escritor y columnista
ramonrochamonroy@gmail.com
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