Hay más: el IEB es contraparte de tres proyectos de la cooperación sueca y varios proyectos IDH. Ha publicado más de 80 títulos en los últimos años en las diferentes disciplinas…
Los cacheros profesionales le llaman “dormida” y la figura es emocionante. En una salida triunfal, los dados le dan la victoria indiscutible a la mano suertuda que cierra con gritos el juego y no hay derecho al pataleo. Es lindo, es sorprendente y es aplaudido porque es cacho. Cuando la mesa no es la del viernes por la noche, la dormida es muy peligrosa. Como la que le hicieron al Instituto de Estudios Bolivianos de la Universidad Mayor de San Andrés.
Juan Carlos Orihuela, doctor en Literatura, hace un año concluyó su gestión como Director del Instituto de Estudios Bolivianos (IEB), dependiente de la Facultad de Humanidades. Tanto docentes como investigadores le pidieron postularse nuevamente. Después de atrasos y anulaciones, Orihuela obtuvo la nota de 97 sobre 100. Resulta que sin respetar la decisión del tribunal, las autoridades universitarias sometieron a voto secreto esta designación académica. Sorpresivamente (como en el cacho) fueron muchos más los votos en contra. El consejo facultativo ha desconocido un concurso de méritos.
Apoyar esta gestión, como lo está haciendo esta columna, no pasa por tenerle simpatía o no al profesor Orihuela. Pasa por resultados. Y son muchos. Las áreas de investigación del IEB (Problemática Nacional Actual; Discursos, Historia, Cultura y Turismo; Relaciones Interétnicas; Saberes Andinos y Desarrollo Humano) acogen reflexiones de todos los colores: desde la pedagogía intercultural bilingüe, el teatro colonial, la política e identidades en el siglo XVIII, hasta la crítica a la modernidad y el tema del otro en la investigación.
Hay más: el IEB es contraparte de tres proyectos de la cooperación sueca y varios proyectos IDH. Ha publicado más de 80 títulos en los últimos años en las diferentes disciplinas de las Ciencias Humanas. Está la colección IV Centenario de la Fundación de Oruro; la colección Investigadores Noveles, para los estudiantes distinguidos en sus estudios; la colección Mundo Abierto; la revista Encuentro, de estudiantes investigadores del IEB. La reciente colección, Fiesta Popular Paceña, contiene títulos sobre Carnaval Paceño, Jisk’a Anata, Gran Poder, Entrada Universitaria y Fiesta Cívica. Finalmente está la colección Saberes Andinos con más de diez títulos sobre construcción de la identidad aymara; variación lingüística y dialectal del aymara; gramática; estructura metafórica de la lengua, entre otros diversos temas. Por todo lo anterior, los votos secretos en contra no son una razón razonable; por todo lo anterior seguimos sin comprender; por todo lo anterior la discusión está pendiente.
Este caso, qué pena, es sólo una de las paradojas del mundo tuerto de la Universidad Boliviana. Universidad pública y universidad privada han incubado monstruos distintos y llevan sus penas casi por separado. La privada, con sus interesantes excepciones, ha sufrido los puñetes de un neoliberalismo que ha mercantilizado la educación universitaria privada, mientras que la pública siente la soga política en el cuello, sólo por citar un par de males incrustados en una universidad en la que ciertos académicos estarían mejor jugando cacho. Allí sirve todo: senas, trenes, quinas y, sobre todo, tontos.
* Doctora en Comunicación
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