Actualizado a las 04:02
CAÍN.- Nombre derivado de la acción de caer en lo ruin. En las Sagradas Escrituras, es el hijo primogénito de Adán y Eva, que en el género humano se convierte en el primer asesino al matar a su hermano Abel. Según el Génesis, era labrador y habiendo ofrendado los frutos de la tierra, se enfureció al ver que Dios prefirió el sacrificio de un cordero hecho por su hermano pastor, eligiendo el mejor entre su rebaño. Pese a que la voz divina le advirtió que si obraba sin rencor, siempre estaría erguido aunque el pecado le rondara cual una fiera, Caín invitó al hermano a salir al campo y lo mató.
Luego, cuando Dios le preguntó dónde estaba el hermano, con disimulo Caín respondió: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. Entonces Dios le dijo: “La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra”; maldiciéndolo sobre la tierra que derramó la sangre de su hermano: “Cuando labres la tierra no te dará frutos y andarás por ella fugitivo y errante”. Al quejarse Caín que tal castigo era demasiado para él, puesto que cualquiera que lo encontrara le daría la muerte; Dios le puso una señal para que nadie ni siquiera lo hiriese, pues “si alguien lo mataba, sería siete veces vengado”.
Más adelante, el hijo de Caín, Lamec, confiesa: “Por una herida mataré a un hombre y a un joven por un cardenal. Si Caín será vengado siete veces, Lamec lo será setenta veces por siete”…
Además de numerosas interpretaciones artísticas sobre el tema, en literatura destaca una pieza del genial poeta, cuentista y ensayista argentino Jorge Luis Borges (1899– 1986); en la primera edición de su obra El Hacedor (Buenos Aires, 1960) incluye el bello texto titulado La Leyenda, que fue eliminado de manera por demás misteriosa de sucesivas ediciones, e inclusive de su Obra Poética total, tal vez por borrar la frontera entre prosa y poesía (que en todo caso es un mérito). Por este motivo, de emergencia tuve que abordar un avión hasta mi ciudad natal (cerca de un centenar de kilómetros), donde tengo encajonada mi biblioteca desde tiempos de universitario, a fin de rescatar de la primera edición la exégesis borgiana que reivindica al “otro”, de acuerdo con la enseñanza bíblica de amar al enemigo, que (según el autor) forma parte de nuestra propia identidad, resueltas las diferencias entre los dos hermanos. Veamos:
“Caín y Abel se encontraron después de la muerte de Abel. Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos, porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas, Caín advirtió en la frente de Abel la marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevar a la boca y pidió que le fuera perdonado su crimen. Abel contestó: —¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes…
“—Ahora sé que en verdad me has perdonado —dijo Caín—, porque olvidar es perdonar. Yo trataré también de olvidar. Abel dijo despacio: — Así es. Mientras dura el remordimiento dura la culpa!”…
Finalmente, mientras un escritor nacional bautiza a Chile como el “Caín de América”, un intelectual chileno califica a sus compatriotas como los judíos de América y (de manera más radical aún) a los judíos como los nuevos nazis de la humanidad; tal vez por algo tan sencillo como pretender ignorar el mito de Caín y Abel…
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Marcelo Arduz Ruiz
De la Academia de la Lengua