La Paz - Bolivia, Domingo, 12 de julio de 2009
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Opinión
CATALEJOS

Sociedades permisivas con el poder

Carlos Morales Peña * | Actualizado 12/07/2009
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Hasta qué punto las “mayorías” no forman parte de procesos que, por largos periodos históricos, permiten a las élites políticas ejercer su poder con impunidad.

¿Las sociedades merecen o padecen los gobernantes que tienen?, parece ser la pregunta que late detrás de la última columna del gran semiólogo italiano Umberto Eco que apunta contra Silvio Berlusconi, a quien incluye en el neofascismo, un Mussolini mediático. Sus conclusiones, ácidas y sesudas, como no podía ser de otra manera viniendo del autor de El nombre de la rosa, se podrían aplicar a buena parte de los mandatarios bolivianos, la mayoría de los latinoamericanos y no menos a los japoneses, rusos y estadounidenses. El literato piamontés va al grano y dispara: “El problema de Italia no es el presidente del Gobierno, Silvio Berlusconi, sino la misma sociedad italiana ‘enferma’ que le permite acumular poder”.

Su argumento apunta al corazón de la sociedad como fuente primera de su producto, las élites políticas (también mediáticas, científicas o culturales) en sus diversas especies y tendencias que ejercen el poder para beneficio o tragedia de los ciudadanos. Es la mayoría de los italianos la que acepta su conflicto de intereses (entre empresario y político), la que dice sí a las rondas de ciudadanos y al laudo Alfano (sobre su inmunidad) y que ahora habría aceptado tranquilamente la mordaza puesta a la prensa. La misma nación aceptaría, sin dudar y con cierta maliciosa complicidad, que Berlusconi fuera con las bailarinas si ahora no hubiera intervenido la Iglesia para turbar la conciencia pública, aunque pronto eso estará también superado, ya que desde siempre los italianos, y los buenos cristianos en general, van de putas, aunque el párroco diga que no se debe.

Hasta qué punto las “mayorías”, esas a las que apunta el poder democrático y constitucional como la voz del pueblo y como soberano pleno de cualquier Estado, no forman parte —con sus consensos, respaldos y silencios— de procesos que, por largos periodos históricos, permiten a las élites políticas ejercer su poder con impunidad.

¿No ocurre lo mismo en Bolivia con sus presidentes y liderazgos políticos? ¿Cuán permisiva es la sociedad boliviana con el presidente Evo Morales —reconocido por su amplia legitimidad—, quien a su vez se identifica como jefe de los cocaleros y líder de los movimientos sociales a quienes favorece con medidas gubernamentales que debieran beneficiar al universo de la sociedad? ¿A cuántos realmente preocupan sus pulsiones autoritarias y hegemonistas, su populismo verborrágico y su política de la confrontación? ¿En qué medida esas mayorías que hoy lo ven como el único líder le permiten sus atropellos a los otros poderes, a la libertad de expresión y a los derechos humanos en razón de la política justiciera con el viejo sistema político? ¿Hasta qué punto ese liderazgo no abona el creciente fascismo indigenista que ejerce el racismo y la discriminación de todo aquel que no piense y no se identifique con un modelo colectivista también excluyente? ¿No ocurrió lo mismo con las clases medias y no pocos sectores sociales que respaldaron al dictador Hugo Banzer, muchos de los cuales avalaron manu militari para garantizar la paz de los cementerios?

Sánchez de Lozada, el neoliberalismo y la partidocracia no se impusieron sólo a plan de la represión de los movimientos sociales que se le oponían, hubo mayorías efectivas o silenciosas que respaldaron esas políticas que, en no pocos casos, resultaron autoritarias, excluyentes y corruptas. Como dice Eco, los políticos hacen su trabajo en función de sus intereses y sus perspectivas ideológicas. El problema, advierte el autor piamontés, está en la sociedad, en las culturas políticas que permiten esos abusos y destruyen la democracia.

* Jefe de Redacción de La Prensa

morales@laprensa.com.bo

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