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FINANCIAL TIMES

Los relacionistas públicos sirven para poner en duda la nota del periodista

El momento revelador me llegó hace una década, después de medianoche y más de una copa de vino. Estaba en un taxi londinense compartiendo el recorrido con un relacionista púbico que conozco, al salir de una cena a la que ambos habíamos asistido.

Los periodistas y los relacionistas públicos tienen agendas fundamentalmente diferentes: nosotros tenemos historias que difundir; a ellos se les paga por asegurarse de que algunas historias permanezcan sin ser contadas. Sin embargo, nuestros tratos diarios pueden ser bastante cordiales, incluso cuando no estamos compartiendo vino y taxis. Para empezar, los relacionistas públicos leen nuestras historias; así que nos caen relativamente bien.

Muchos también tienen facilidad de palabra y, mientras que nos conducían por Londres esa noche, yo recuerdo que mi compañero de viaje hizo una breve, aunque ligeramente ebria, observación: “Mi trabajo es sembrar dudas”, admitió.

Recordé entonces las veces que lo había llamado, buscando confirmar una noticia que yo había desarrollado con la ayuda de fuentes fuera de la sala de prensa, sólo para que me dijera: “En confidencia, tú todavía no has logrado obtener una visión completa del asunto”. O las ocasiones en que él había eludido mis preguntas al cuestionar el conocimiento, los motivos o hasta la existencia misma de mis fuentes.

Tales tácticas tienden a retrasar en lugar de disuadir a un periodista persistente, pero hay momentos en que el retraso significa la derrota. Y estos intercambios son tan rutinarios que realmente yo no había considerado que el relacionista público pudiera tener la explícita misión de hacerme dudar de hechos que su jefe no quiere que se difundan.

Mi compañero de taxi había perfeccionado sus habilidades en la política británica, y recientemente recordé sus palabras cuando intentaba comprender un reto mucho más preocupante para mi oficio: el hecho de que tanta gente en el poder haya logrado tildar de falso lo que hacemos.

En las tres docenas de países encuestados para el último Informe de Noticias Digitales del Instituto Reuters, sólo el 43 por ciento de las personas dice que confían en las noticias. En países como Francia, Grecia y la Hungría de Viktor Orban, las cifras son aún más deprimentes.

Al igual que con muchos temas, un hombre acapara los titulares. Según el sitio Trump Twitter Archive, el presidente estadounidense ha tuiteado en relación con noticias falsas más de 200 veces desde su inauguración. Él esgrime la frase de manera creativa, como taquigrafía para describir a todos los medios de comunicación, como un adjetivo que él anexa a los medios de comunicación individuales que lo ofenden, y como un arma para reducir la confianza en aquellos que responsabilizan a los que están en el poder.

Por lo tanto, las fuentes de una historia de NBC “probablemente no existen”, afirmó este mes el hombre con “@real” en su cuenta de Twitter. “¿Por qué trabajamos tan arduamente en colaborar con los medios si son corruptos? ¿Les quitamos las credenciales?”, reflexionó él en otro tuit.

Se puede tener la certeza de que estas provocaciones hacen que los periodistas reaccionen intensamente en defensa de la Primera Enmienda, pero esto omite un punto más amplio. Tal y como dijo Joel Simon, del Comité para la Protección de los Periodistas en febrero del año pasado: “Parecen ser parte de una estrategia deliberada para socavar la confianza y la credibilidad por parte del público al sembrar confusión e incertidumbre acerca de lo que es verdad”.

Si se trata de una estrategia, está funcionando espectacularmente bien. Según una reciente encuesta de Monmouth, el 77 por ciento de los estadounidenses cree que los principales medios noticiosos reportan falsedades. Y, peor aún, el 42 por ciento cree que los periodistas lo hacen deliberadamente.

Monmouth no preguntó cuántos estadounidenses piensan que los periodistas se concentran demasiado en sí mismos, pero no debemos olvidar que no somos los únicos blancos de este prolífico generador de incertidumbre.

Cuando se le preguntó el verano pasado si aceptaba que Rusia había interferido en su elección, por ejemplo, Trump respondió: “Creo que fue Rusia, pero creo que probablemente fueron otras personas y/o países… Nadie lo sabe con certeza”. Planteando la pregunta más recientemente acerca del por qué no debería despedir a Robert Mueller, el fiscal especial encargado de investigar si hubo colusión entre su campaña presidencial y Rusia, Trump también desplegó su frase favorita para mantener el suspenso: “Veremos qué pasa”.

En lo que a tácticas de comunicación política se refiere, esto es radicalmente novedoso: no esperamos mucha conversación directa de los políticos. Pero estamos acostumbrados a que motiven a sus tribus en torno a certezas simples y, generalmente, simplistas (“mañana en América”, “no más nuevos impuestos”, “sí podemos”) en lugar de en torno a confusos juegos.

Esta nueva retórica de la ambigüedad puede ser desconcertante, incluso para los fieles seguidores. A principios de este mes, Neil Cavuto, un presentador de Fox News, dijo al espectador más conocido del canal: “Usted es el presidente. Está ocupado. Estoy teniendo bastantes dificultades tratando de descubrir qué noticias son falsas. Sólo digamos que sus propias palabras sobre muchas cosas me dan, debo decirle, mucho qué cuestionar”.

Conforme el hombre de más relevancia noticiosa del mundo siembra dudas, se contradice a sí mismo, y abruma “el mensaje con el ruido”, puede parecer imposible seguirle el paso. Y puede que ése sea el punto. Según el Instituto Reuters, más de un tercio de los estadounidenses ignora activamente las noticias. Ni siquiera están viendo los reportajes que tanto agravian al Presidente.

Entonces, ¿quién obtiene el beneficio de la duda? Creo que eso está claro.

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