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Elizabeth Arrázola

4 expertos explican cómo el internet cambió nuestras vidas

Una nueva clase de hombre emergerá de esta torre de Babel que es la internet, la aldea global a la que Marshal Mc Luhan, en 1969, se refería cuando decía que “todo está en el aire” y  que “el medio es el mensaje”, pero hoy es el espacio o el ecosistema donde todos confluimos.

Nos da ventajas. Hoy desde nuestras camas podemos participar en fiestas, encuentros y hasta velorios. También acorta  distancias, ya no hay necesidad de viajar 20 horas para estar al otro lado del mundo de manera presencial porque casi todo lo podemos hacer de manera virtual.

Igualmente el internet ha cambiado el comercio, la educación, el Gobierno, la salud e incluso la forma de relacionarnos afectivamente y podría decirse que está siendo uno de los instrumentos principales de una revolución social.

Sin duda alguna, nosotros también ya hemos cambiado porque ya no seremos los mismos después de que termine la pandemia y cuando concluya nuestro aislamiento.

Para ver cómo es este mundo virtual, Pablo Arcuri, de Internews, organización internacional que trabaja en capacitación de habilidades mediáticas; Sergio Ardaya, experto en seguridad digital; Carlos Uribe, coordinador de Chequea Bolivia, y Marcelo Durán, docente de la Universidad Católica Boliviana y asesor tecnológico, respondieron a la pregunta de cómo la internet ha cambiado nuestras vidas.

 

01 Desinformación en la era de internet

Pablo Arcuri *

parcuri@internews.org

La noche del 30 de octubre de 1938, miles de estadounidenses huyeron de sus hogares tras escuchar en la radio la noticia de un ataque alienígena. “¡Están bombardeando New Jersey!”, “¡es una nube de gas venenoso proveniente de Marte!”, fueron algunas de las informaciones que circulaban mientras los teléfonos de la Policía colapsaban con denuncias. 

Esta nota fue publicada por el New York Times en su portada del 31 de octubre, anunciando episodios de “histeria colectiva” en todo el país luego de que cientos de personas confundieran un segmento de la radionovela “La guerra de los mundos”, del joven dramaturgo Orson Welles, con una noticia verdadera.

No sabemos con exactitud cuál fue la verdadera magnitud de pánico que se vivió en Estados Unidos en ese entonces, pero el episodio de “La guerra de los mundos” nos ha dejado una importante lección: el fenómeno de la desinformación (o mal llamadas “noticias falsas”) no es algo nuevo. El internet, sin embargo, presenta una complejidad. Mientras que hace algunos años la información era producida por unos pocos –en su mayoría periodistas– con acceso a medios masivos de comunicación (radio, TV o prensa escrita), internet y las redes sociales permiten que todos podamos ser productores y consumidores de información. Hoy, los contenidos de cualquiera de nosotros, sean reales o no, pueden ser rápidamente viralizados y tener más audiencia que la primera plana del diario más importante del país.

Tomemos por ejemplo el caso de Carina Martinich, una bioquímica argentina que fue víctima de la desinformación en su país. En marzo circuló por WhatsApp un audio atribuido a ella donde se daban recomendaciones contra la Covid-19 y se realizaban proyecciones alarmantes que no coincidían con la información del Ministerio de Salud argentino. El audio generó un pánico tal que el Instituto Malbrán –el ente oficial que hasta hace unas semanas fue el único centro habilitado para realizar pruebas de diagnóstico en Argentina– debió salir a desmentir la información y aclarar que Martinich no formaba parte de su equipo. Un grupo de expertos en desinformación de la organización Chequeado terminó verificando que Martinich no es médica, sino bioquímica y que no trabaja para el Instituto Malbrán. Hasta ahora, la teoría más fuerte sobre cómo se generó esta desinformación es que una tía de Martinich habría recibido el audio por WhatsApp y lo habría circulado en su grupo de amigas pensando que la persona que narraba la historia era su sobrina. 

La Covid-19 está generando lo que la OMS ha llamado una situación de “infodemia”. Es decir, una saturación de información que muchas veces es, en realidad, desinformación. En Bolivia, cada vez son más las desinformaciones que pueden poner en riesgo nuestra salud o generar pánico en la población. Y aunque solemos pensar que mucha de esta desinformación tiene una intencionalidad detrás, lo cierto es que muchas veces la viralización se genera por simple desconocimiento como en el caso de “La guerra de los mundos”. Por ello, es importante que además de ser productores y consumidores de información realicemos una curaduría responsable del contenido que recibamos y nos tomemos unos minutos para pensar si lo que nos llegó puede ser desinformación o no.

Ante la duda, lo más sano es no compartir y verificar con organizaciones expertas como Chequea Bolivia o Bolivia Verifica quienes pueden ayudarnos a comprobar la veracidad de un determinado contenido. Recordemos que hoy, con internet, todos debemos ser aún más responsables con la información que circula.

 (*) El autor es director de Proyectos para América Latina y el Caribe de la ONG Internacional Internews y Magister en Administración de Políticas Públicas de la Universidad de Georgetown.

 

02 “Seguridad digital”, cada vez más necesaria en nuestras vidas

Sergio Ardaya

Abogado. Derechos y seguridad digital en inclusión Digital.

Si bien el internet, los instrumentos y aplicaciones tecnologías vienen democratizando las formas de comunicación, y en este ámbito, su evolución y expansión en la sociedad ha sido rápida, no obstante, en contraposición, este dinamismo no ha venido de la mano de prácticas de protección y seguridad en el  entorno digital, por lo que existe un amplio desconocimiento de los riesgos que pueden afectar la ciberseguridad de las personas tanto en su entorno laboral, como en su vida personal y/o familiar.

Hoy la seguridad digital es tan importante como la seguridad en el hogar y en el espacio público, puesto que desde hace muchos años la vida y actividades de las personas han migrado del entorno físico al espacio digital. En este contexto, la pandemia de la Covid-19, ha generado condiciones para que el internet se presente como un catalizador que potencie de manera vertiginosa el uso de plataformas digitales no sólo para la comunicación, sino también para garantizar derechos tan vitales como la educación, la provisión de servicios, la información y la participación ciudadana.

De hecho, países que no tenían programas de interacción en línea con la ciudadanía, sistemas de educación en línea o teletrabajo, se han visto obligados a desarrollarlos. De la misma manera, las empresas e instituciones del sector privado han tenido que comenzar a mirar y reflexionar con mayor presteza la incorporación de nuevas tecnologías como mecanismo de reinvención y subsistencia. Producto de ello la ciudadanía ha tenido que aprender a usar nuevas herramientas tecnológicas de videoconferencia, educación en línea, compras y pagos de bienes y servicios. Así, el e-commerce, e-learning, e-banking se encuentran ante una evolución sin precedentes.

A la par de este fenómeno de expansión de las tecnologías de información y comunicación, si bien los ciberdelitos no se encuentran aún en la cúspide de las estadísticas judiciales, se dice que son los que –exponencialmente– más están creciendo. Esto se debe a que, a diferencia de un delito tradicional como un robo o hurto, donde la víctima es una persona y el atacante puede ser también uno solo; en el ámbito de los delitos digitales, las víctimas de un solo ataque pueden ser cien, mil o millones. Delitos que además encierran una mayor complicación en su persecución, pues muchas veces los atacantes pueden estar inclusive en otros lugares del mundo. Por ejemplo, es creciente el número de ataques phishing (modalidad de estafa informática cuyo objeto puede perseguir un fraude bancario a través del robo de identidad y credenciales) donde si uno ha sido objeto de ello y se extrae dinero de su cuenta y se distribuye a cuentas en una variedad de bancos en diversos países, continentes y donde además se habla diversos idiomas, la tarea de denuncia y persecución de este tipo de delitos se complejiza sustancialmente.

Debemos comenzar a tener mayores niveles de protección, pues la tecnología entra y penetra en todos los ámbitos de nuestra vida como nunca antes. No hemos sido sensibilizados sobre una serie de hábitos, prácticas y uso de herramientas de seguridad digital que empoderen y robustezcan nuestro actuar en este entorno. Hoy el conocer de prácticas de seguridad digital no solo es menester para el ingeniero de sistemas de una institución de Estado, empresa, universidad, medio, etc.; sino para todo el entorno de su equipo humano, vale decir: directivos, administrativos, directores, técnicos, además de actores como tomadores de decisión o generadores de opinión, pues cuando hay un ciberataque, este –lo más seguro– no ingresará mediante el ingeniero de sistemas, sino por el resto del entorno, quienes no han sido capacitados en seguridad digital. La cadena de seguridad digital se rompe donde el eslabón es más débil, y no es precisamente el responsable de TI.

Entonces, es imprescindible que las personas comprendan que la información que manejan en la red o en sus dispositivos puede volverse un insumo para algún atacante. Lo propio pasa con las empresas, que manejan bases de datos de clientes (datos personales) o productos (propiedad intelectual), que ante pérdida, robo o eliminación podría poner en riesgo su prestigio e inclusive vigencia.

Cuántos ciudadanos ejercen prácticas de seguridad digital como gestión de contraseñas seguras; bloqueo de pantalla de equipos; encriptación de sus dispositivos; uso de VPN en redes públicas de internet; conexión a portales web que usan https y no http; herramientas de comunicación encriptadas; mayor conciencia sobre la seguridad de las aplicaciones que descargamos y a las que damos tantos permisos y que pensamos que son gratuitas (no son gratuitas, la mayoría lucran con tus datos), entre otros protocolos.

Comencemos a proteger nuestros derechos y seguridad digital. El único que debería hackear tu vida eres tú...

 

03 La internet, la nueva ciudad virtual

Juan Carlos Uribe

Coordinador de Chequea Bolivia

La tecnología siempre ha sido sinónimo de “desarrollo”, por lo que es imposible separar la evolución del ser humano del desarrollo tecnológico.

La tecnología a lo largo de la historia de la humanidad ha ido facilitando las tareas diarias del hombre, para que las haga de forma rápida y eficiente, además de ampliar su interacción con el mundo. Sin embargo, esta palabra, “tecnología”, aunque no parezca es una combinación de dos palabras griegas, techne (“arte o artesanía”) y logos (“palabra o discurso”) y su significado cuando se la creó era “discurso sobre las artes”. Es a mitad del siglo XX cuando recién se la empieza a usar con el significado que conocemos ahora.

La tecnología, empezando por el fuego, la rueda, pasando por la revolución industrial y hasta la internet, en cada etapa, ha tenido innovaciones cada vez más rápidas, es decir, el salto de una tecnología a otra más moderna se ha dado en tiempos cada vez más cortos.

Esto ha sucedido con la internet, que ha innovado más veces y más rápido que otras, no es casualidad que sea la que más se usa en el mundo entero. Aunque este crecimiento vertiginoso ha mejorado muchas de nuestras actividades habituales, también ha generado brechas, entre quienes tienen acceso y quienes no. Esto ha preocupado a muchos países, quienes en algún momento desarrollaron estrategias para minimizar ese desequilibrio tratando de dar cobertura de conexión a todos sus ciudadanos, incluyendo a las zonas más alejadas, aunque los pobladores de estas zonas no cuenten con dispositivos. Este problema, poca cobertura y disponibilidad de dispositivos para acceder a la internet poco a poco fue cediendo con el arribo de los teléfonos inteligentes, que año que pasa bajan de precio sin bajar la calidad. Aun así, la brecha digital no se ha reducido del todo.

El crecimiento acelerado de la internet también se le puede atribuir a gran cantidad de aplicaciones que funcionan dentro ella, las que todos los días son mejoradas por sus creadores con contenidos atractivos y funcionales, ya que son usadas por miles de usuarios. Si ya desde hace un tiempo varios investigadores predecían que sería la convergencia de todo, con la llegada de las redes sociales esto está empezando a hacer realidad. Es por eso que es muy difícil que conozcamos alguna persona de nuestro entorno que no tenga un teléfono celular y una cuenta en alguna red social. 

Ya habíamos visto, cuando caminábamos por alguna calle, gente, principalmente jóvenes, pegados a sus teléfonos inteligentes, consumiendo y produciendo información. Precisamente el crecimiento de las redes sociales se dio cuando como usuarios comunes empezamos no sólo a consumir, sino también a producir información, que puede ser inmediatamente leída por otro usuario en cualquier parte del mundo y si la comparten puede llegar a millones de personas.

Tanto se usa, que hasta parece que los niños sin necesidad de que alguien les enseñe son expertos manejando estos dispositivos. La internet, las redes sociales y el WhatsApp son ahora parte de nuestra vida.

Y de repente, un día, llegó la pandemia y con ella la cuarentena a todo el mundo. El distanciamiento social provocó que ya no podamos frecuentar lugares de socialización como cines, cafés, bares, restaurantes, que los estudiantes no puedan acudir a sus casas de estudio y que incluso la mayoría de la gente no pueda ir a trabajar.

A partir, de ese momento la nueva “normalidad” en la que actualmente estamos viviendo se volcó de lleno a la internet, a sus aplicaciones, impulsando más aun su uso. Se volvió nuestra ciudad virtual, algo que seguramente vimos sólo en películas futuristas.

De un momento a otro supimos que los estudiantes pasarían clases virtuales y que los maestros serían los mismos, tratando los colegios y universidades desarrollar nuevas metodologías enfocadas a las herramientas digitales que ya se usaban en algunas materias, pero muy poco. Sin duda, en este caso particular los maestros tenían un reto muy grande al frente, y los papas más trabajo, porque se sabe por estadísticas que el aprendizaje virtual requiere de mucha disciplina.

Las redes sociales se llenaron de webinars gratuitos, todos empezaron a tratar de trasmitir conocimiento por internet de una o de otra forma y poco a poco, mientras la cuarentena se alargaba, esos webinars se iban especializando en lo técnico.

El comercio electrónico se incrementó y vimos poco a poco, día a día que más empresas se sumaban para ofrecer sus productos en línea incluso con ofertas, que, en la mayoría de los casos, por la compra incluían la entrega a domicilio. 

Muchos de los trabajos que sólo necesitan de internet, se trasladaron a casa no solo aquí, sino en todo el mundo. Unas estadísticas dicen que al 42% de los encuestados le ha gustado trabajar desde casa, 61% indica que disfrutan de vestirse y arreglarse de forma más informal, tener mayor flexibilidad y no tener que ir al trabajo, y el 78% señala que son tanto o más eficaces cuando trabajan desde casa.

Incluso las reuniones sociales entre amigos ahora se las hace de forma virtual con una aplicación que ha crecido en uso tres veces más obteniendo notoriedad, esta nueva normalidad lo ha permitido e incluso a muchos les ha gustado, tanto que celebraciones importantes, como cumpleaños, bodas y hasta el despedir a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros, son trasmitidas en vivo. 

La internet, por ahora, como la única forma de tener contacto social con amigos o con la familia o desarrollar nuestras actividades diarias de trabajo está siendo efectiva. Pero, ¿qué nos espera más adelante? 

Todos los modelos de actividades que conocíamos antes han cambiado, y cuando en algún momento se vaya la pandemia es muy probable que esos modelos se mantengan. Si antes la dependencia de la tecnología era de pocas personas, ese número ha crecido y se mantendrá por un largo tiempo. La educación virtual ha dado un gran salto, es verdad que falta por mejorar, pero ha crecido en una escala que jamás se vio. El teletrabajo es una realidad, hasta con respaldo de leyes y contratos legales, lo que en el futuro puede beneficiar a muchos por lo descrito en las estadísticas.

Nunca hasta ahora una enfermedad había ocupado tanto espacio. Todos los días las redes sociales nos muestran publicaciones acerca del Covid-19. Los nuevos hábitos de vida que nos ha traído no podrían haberse llevado a cabo sin la tecnología, sin la internet, que ahora más que nunca no para de crecer e innovarse.

 

04 La internet: Estar conectados

Marcelo Durán

Asesor tecnológico y docente de la UCB

Se cumplen 25 años del famoso libro de Nicolás Negroponte “Ser digital”, donde predice la evolución del “homo sapiens sapiens” en un “homo digitalis”, quien no sólo usa internet para conectar datos, sino representaciones de la vida misma como amor, trabajo, aprendizaje, arte y todas sus variaciones.

Internet también cumple la predicción de Marshall Mcluhan de “aldea global”, donde adscribimos a la dinámica mundial desde nuestra pequeña ubicación. Los hashtags y las tendencias llegan al país en milisegundos. Emojies, Tinder, amor en tiempos de Facebook, ghosting, e crush de moda, la palabra “tóxica”, el phubbing, y claro, las nuevas estrellas de la fama que son youtubers, instagramers y hoy por hoy, tiktokers. Internet es una fascinante representación de nuestras vidas fragmentadas a cambio de megas.

En la otra acera, el trabajo que ahora se apellida “tele” y puedes hacerlo desde casa. De hecho, siempre se pudo hacerlo, sólo que culturalmente no estábamos preparados para esto (seguimos sin estarlo). Idem con la educación.

Finalmente, las pantallas son pequeños espejos de nuestros anhelos, deseos y proyecciones como usuarios, pero en HD y en tiempo real. Internet no nos ha cambiado tanto, sólo ha modificado dos variables: tiempo y espacio, pero las motivaciones primigenias siguen ahí, amar, vivir y morir. No es casual que Facebook sea ahora un espacio también para despedir a nuestros seres queridos, que WhatsApp sea el confesionario / diván / terapia digital de tiempos actuales, tampoco es casual que incluso la fe trasciende estas barreras: misas en streaming, entierros en vivo, condolencias por mensaje. Es dramático y desgarrador, pero también es la constatación del slogan de “estar conectados”. Internet conecta dispositivos, pero sobre todo emociones e historias de personas detrás de ellos.

 

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