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Xavier Jordán A.

In memoriam Carlos Zalazar: El fantasma de la aldea

Allá por los años ‘90, Cochabamba era una aldea (como ahora) pero pretendía tener un tibio aire cosmopolita (no como ahora). En el esplendor del fenómeno de los cafés de la calle España, los tunantes nocturnos nos desplazábamos por ese barrio intercambiando amistad, borrachera y tertulias dispares. La música estaba a la orden del día y -quien más, quien menos- recorría los antros saludando a todos, bebiendo con todos, cantando con todos.

En esa fantasía surrealista y confusa, donde convivían hermanados los unos y los otros, los pros y los contras, había un man que era una leyenda. El folklore de los habituales a esas correrías, aseveraba que ese cuate había tocado años antes con ¡Sui Géneris! Eso ya era demasiado curriculum para nosotros, aldeanos, así que ni bien te enterabas que el man tocaba, te apresurabas a buscar asiento donde sea que esté y una vez que empezaba, la leyenda se hacía magia y la magia se volvía persona. Se llamaba Carlos Zalazar y aunque corre la voz de que ya no está entre nosotros, sabemos en el fondo que la envidiosa muerte no tiene la capacidad de llevarse a quien le dio tanta vida a esta pobre vida.

Carlitos Zalazar (así se llamaba aunque muchos afirman que su verdadero nombre era Maestro) fue, qué duda cabe, uno de los músicos más generosos que habitó esta aldea. Son incontables los cronopios que se formaron con él, que aprendieron de él y que se estrenaron en la música con él. Carlitos brindaba su ciencia a raudales, sin parsimonia, sin egoísmo y sin la pedantería que suele ser común en estos pueblos. No se me viene a la cabeza nadie que en estos más de 25 años de haber sido amigos o cómplices o aliados, alguna vez me haya hablado del Carlitos con reserva o con envidia o con recelo. Era un gran tipo, lleno de chispa vehemente, dueño de un humor demencial y una voluntad inquebrantable. El Carlitos era el amigo de todos y todos fueron sus amigos.

Pero más que eso, nuestro querido Carlitos era un señor baterista. De esos que la Bossa o el Rock o el Jazz o el Blues le eran remansos de la paz y rincones más que conocidos. Nunca fue de los que se dejan vencer por las tentaciones del ego y hacen de sus instrumentos un púlpito. El Carlitos estaba ahí, dando la base, siguiendo el ritmo, permitiendo el diálogo entre los músicos a la velocidad de la paz. Sentarse a escucharlo era comprender la elegancia y la sutileza, era sentir el fondo mismo de esas melodías que las sabías de memoria pero que con él cobraban nuevos rumbos y otros sentidos. El Carlitos era una especie de aparición constante de las noches y compartías con él las risas y los tragos, pero si te tocaba escucharlo tocar, entonces compartías con él la gloria. La muerte de todo gran músico duele mares, pero la muerte de un gran músico en una aldea que transpira sordidez y mal gusto, es un daño irreparable.

Los fantasmas que habitan la aldea, van y vienen de acuerdo a ese capricho que se llama existencia, pero los que permanecen incólumes son los fantasmas de los grandes hombres. Por eso, pese a esta aparente ausencia, el fantasma del Carlitos sigue paseando por las zonas de bar abierto y jazz nocturno. Sombrero de ala ancha, gestos en la cara, sonrisa perpetua, baqueta entre los dedos y caminar pausado, acompañan el itinerario del fantasma del Carlitos  en una vida más pura y más cercana a las melodías que le gustaba interpretar, cuando era amigo de todos en esta aldea maquillada de ciudad y cuando alegraba la vida de quienes habitaban los cafés y las libaciones surrealistas de los aldeanos que lo aprendimos a escuchar allá, por los años ’90.

 

“En esa fantasía surrealista y confusa, donde convivían hermanados los unos y los otros, los pros y los contras, había un man que era una leyenda.”

 

“Carlitos Zalazar (así se llamaba aunque muchos afirman que su verdadero nombre era Maestro) fue, qué duda cabe, uno de los músicos más generosos que habitó esta aldea”.

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