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Norman Chinchilla

Villa Albina, el escenario de la vida de los Patiño Rodríguez

La mansión de la Hacienda Pairumani se erige  imponente y sobrio en medio de la maravillosa campiña, a los pies de la cordillera del Tunari. Los interiores deslumbran.

Un asomo de las iniciativas sociales o patrióticas de los esposos Patiño Rodríguez: Simón y Albina, y la vida cotidiana de una de las familias más prósperas e industriosas de la historia de Bolivia están accesibles al público desde ayer, con la inauguración de la exposición de fotografías y documentos “Don Simón y doña Albina, horizontes compartidos” y la reapertura del Museo Villa Albina, en la Hacienda Pairumani.

La exposición muestra facetas de la vida pública y de diversos afanes no empresariales de los Patiño Rodríguez. El museo —completado con la apertura al público del área familiar, el primer piso de la mansión— exhibe el exquisito gusto de la familia.

Lujo, sin duda, pero elegancia, sobriedad y un saber vivir raro en esas épocas, primeras décadas del siglo XX, y aun en ésta, maravillan al visitante de esas habitaciones: dormitorios, vestidores, salas: de té, de juegos, de lectura, de billar… todo es un regalo para la vista y la sensibilidad estética.

“Poco tiempo después de su matrimonio, los esposos Patiño pasaron un día de campo en Pairumani bajo un huerto de añosos olivos, doña Albina quedó prendada del lugar y don Simón le ofreció comprarle un día una casa de campo en la zona. Años después, él cumplió su promesa, compró la propiedad con el olivar y mandó construir una villa que lleva el nombre de su esposa. Es por este motivo que Villa Albina es considerada una promesa de amor.

En 1917 se iniciaron las obras de la Hacienda Pairumani, Simón I. Patiño hizo construir una pequeña ciudadela que comprendía, además del edificio principal: Villa Albina, una granja lechera con moderna tecnología para la época y ganado de raza, numerosas casas para el personal, talleres, posta sanitaria, áreas sociales y una escuela para los hijos de sus trabajadores y los pobladores del lugar.  Para dotar de energía eléctrica a todo el complejo, se construyó un dique y se creó la laguna artificial San Francisco en la base del Tunari y además un acueducto”, rememoró Teresa Ávila, directora del Centro de Investigaciones Fitoecogenéticas de Pairumani, en el acto inaugural, de ese lugar, ahora abierto al público.

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