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FERNANDO MOLINA

“Lo peor de los deseos”: sin pies ni cabeza

Gracias al respaldo de Ibermedia y a la coproducción internacional, el realizador de “Lo peor de los deseos”, Claudio Araya, pudo disponer de más recursos cinematográficos (sonido, iluminación, actores, etc.) que muchos otros. Sin embargo, no ha logrado contar una historia medianamente comprensible, no digamos aguda o atractiva.

Sus personajes se desplazan por la trama, que en sí misma es vaga e imposible, sin una identidad reconocible y cometiendo inverosimilitudes que convierten al filme en chistoso, sin que éste sea el propósito.

A pesar del uso y abuso de la voz en off, nada está claro en ningún momento. Cada personaje sorprende, pero no porque sea portador de un curioso secreto o porque evolucione en algún sentido durante la película, sino porque actúa de manera disparatada respecto a las premisas de su identidad o de cualquier comportamiento racionalmente trabado.

Hay una pelea (hasta ahora no he logrado descubrir debida a qué diablos) dentro de un sindicato de transportistas. Hay algún negocio turbio (hasta ahora no sé de qué índole) que envuelve a un tal “Mono”, que es un “lobero” —es decir, un lobista, en la jerga del filme—. La posesión del número de teléfono del lobero (¡!) es el móvil de los principales acontecimientos.

Hay una mujer (Inés Quispe) que en las escenas del principio parece querer tener un hijo con su marido (Luigi Antezana), al punto de hacer brujerías para lograrlo. La misma mujer, en las escenas siguientes, no toca al hombre, aparece metida en un complot para matarlo y no lo quiere ni un poco.

Hay otra mujer (Esmeralda Pinzón) que actúa como la secuestrada más extraña del mundo: es capaz de quedarse junto a su secuestrador (Jorge Jaramillo), un hombre encomendado para matarla, cuando éste se arrepiente y le pide que se vaya lejos del sórdido lugar donde la tiene. ¿Está enamorada? ¿Están enamorados ambos? Luego el secuestrador la encadena; luego ella se libera pero sigue ahí, sin deseo de escapar; luego él recibe un tajo en la cara de parte de ella, pero reacciona en plan “zen”; luego ella confirma —con extraordinaria sangre fría o con retraso mental— que sabe que el otro es un asesino desalmado, pese a lo cual no huirá, ni ha huido cuando podía; luego él se convierte —inopinadamente— en un héroe…

Hay un villano (Luis Felipe Tovar) que comete crímenes nefandos para… ¡ganarse la secretaría ejecutiva de un sindicato! El tipo hace matar taxistas y luego le da plata a sus viudas… ¡para que éstas lo apoyen en el sindicato!

Hay un herido de bala que en lugar de ir al hospital o a la policía (nada se lo impide) “se esconde” por varios días con una niña en el puesto callejero de un vagabundo. Hay una villana que está detrás de todos las intrigas, así sean intrigas contradictorias e incompatibles entre sí.

Los autores de este guion no sólo parecen desconocer la naturaleza humana, sino la misma lógica.

Al mismo tiempo se sucede una gran cantidad de golpes, contusiones y asesinatos. También se suceden los clichés y mitos sobre la violencia urbana paceña-alteña. Todo lo cual se aliña con el consabido folclorismo: “ñatitas”, “cogoteros”, cadáveres que caen por los acantilados, linchamientos, sindicalistas truculentos, patotas de cholas, “limpias”, danzas rituales, etc. Y una mirada, no exenta de clasismo, de los personajes populares —el chofer, la chola, el sindicalista— , que se presentan como si fueran una colección de malevos. Aunque algunos de estos elementos quizá sean naturales en un filme boliviano del género “noir”, la falta de estructura narrativa los vuelve meramente decorativos o digresivos.

Es cierto que el filme tiene un aliento interesantemente desmesurado, con esa desmesura que constituye la marca de fábrica del arte latinoamericano. En caso de haberse canalizado con pericia narrativa, sobre todo en caso de haberse hecho en el marco de un buen guion, este ímpetu enfebrecido hubiera encontrado quizá una forma expresiva adecuada a su poder intrínseco. Pero dada la ausencia de este guion, una película en principio destinada al gran público termina pareciendo experimental y, por eso, provoca que la gente huya de las salas.

El guion fallido es obra de Claudio Araya, el cual actuó en complicidad con Diego Aramburo (un célebre dramaturgo que suele ser confuso y pretencioso), el novel cineasta español Miguel Marcos Cambrils y el escritor boliviano Wilmer Urrelo, que no sé cómo pinta en este desaguisado.

La actuación de Tovar es lo más destacable de la película.

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