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La serie “Sabrina”, el iPhone y la corrección política

Rodrigo Ayala Bluske

Cineasta y ensayista

El diálogo más importante de la serie “Chilling Adventures of Sabrina” (Las aventuras escalofriantes de Sabrina) se da en el segundo o tercer episodio. La joven protagonista, que está reconociendo la potencialidad de sus poderes, recibe el consejo de una de las “hermanas malvadas”, un trío de adolescentes servidoras del diablo: “Si quieres poder, debes abandonar la libertad ante el Señor Oscuro (el diablo)”, le dice. Sabrina responde: “Yo quiero ambas cosas, libertad y poder”. La consejera replica: “Nunca te dará eso. Al Señor Oscuro le aterra que tú o cualquiera de nosotras tenga ambas cosas”, “¿Por qué?”, interroga Sabrina. “Es hombre, ¿no?”, es la respuesta final.

Con ese diálogo, la serie, recientemente estrenada por Netflix como uno de sus productos estrella, ha definido su “razón de ser” en el espectro audiovisual contemporáneo. Se ha unido a todos aquellos productos (cada vez más) que encuentran en la corrección política liberal una justificación ideológica básica, que sirve de marco a sus acciones y les da cierto sentido de “trascendencia”, además de la simpatía ante el público “progresista”, mayoritario en los ambientes relacionados con la comunicación.

 

La estética del iPhone

Mauricio Souza se refirió a la “estética del iPhone” al escribir sobre “Oblivion” (2013), la cinta de ciencia ficción protagonizada por Tom Cruise, en la que el color blanco brillante, con algunos toques de dorado predominaba en su planteamiento estético. En “Sabrina” y su hermana mayor “Riverdale” (2017 -2019), reina el mismo tipo de propuesta, sólo que en este caso ampliada a otros colores; negros, grises, azules oscuros, todos dotados de ese brillo metálico que hace las delicias de los diseñadores de celulares, y que por tanto se convierte en un símbolo de la modernidad globalizadora.

Roberto Aguirre - Sacasa ha sido el encargado de “aggiornar” ambas historietas y adaptarlas al formato de miniserie. De esa manera los cómics infanto-juveniles del universo de “Archie y sus amigos” se han convertido en propuestas destinadas a mantener ese mismo público (por lo menos en sus sectores púberes y adolescentes), pero ampliándolo a segmentos mayores, esos que enmarcamos dentro de lo que se denomina “adulto contemporáneo”.

La fórmula de Aguirre consiste en mantener los esquemas básicos de la historieta de manera formal (personajes, entorno), pero dotarlas de un contenido adulto, siempre cargado de una fuerte dosis de morbo. De esa manera, “Riverdale” convirtió a “Achie” en una suerte de folletín juvenil tipo “Beverly Hills 92210”, y “Sabrina” se transformó en una propuesta de suspenso que coquetea con el terror.

El juego consiste en llegar hasta el punto límite (de lo permitido por las convenciones sociales actualmente imperantes), pero sin atreverse a cruzarlo. Los personajes se acercan “al mal”, juegan con él para obtener la dosis necesaria de ambigüedad, pero no cambian su carácter, su ligazón con “el bien”, por lo menos en términos formales.

 

La era de la corrección política

Resulta curioso que justo en el momento en que la humanidad voltea la vista hacia el fascismo como una posible solución para su malestar, la corrección política en los términos del liberalismo político (libertad de expresión, equidad de género, derechos de las minorías, etc.) se ha convertido en una suerte de manual para gran parte de la producción audiovisual comercial, hasta el punto de considerarse en muchos casos como una verdad al estilo soviético, inalterable e incuestionable.

Un caso que ejemplifica dicha contradicción es el de dos de las candidatas al Oscar del año pasado; “La forma del agua” (2017) la propuesta esteticista de Guillermo del Toro, dotada de un ideario simplista-liberal (mujer minusválida, rodeada de amigos gays y negros, derrota a gringo anglosajón agente del Gobierno, para plasmar su amor por un fenómeno venido del amazonas), en contraposición a “Tres anuncios para un crimen” (2017), cinta dotada de una complejidad ideológica mucho mayor, en la que la madre de una víctima de violación chocaba con el entorno social y cuestionaba la conciencia de un policía abusador y racista, provocando (con verdadera ambigüedad moral), un posible cambio de conciencia. “Tres anuncios por un crimen” fue víctima de la corrección política del mundo “progre”, acusada de absolver a un racista, y perdió toda posibilidad de competir por el premio, que finalmente cayó en manos de la primera.

Quizás ésa sea una demostración práctica acerca de cómo cuando los discursos ideológicos, por más progresistas que sean, pierden su contenido y por tanto su capacidad de interpelación, se suman nomás a la mediocridad y el orden imperante.

“Sabrina”, en sus tres primeros capítulos, se esfuerza por posicionarse en ese ideario. Su grupo de íntimo de amigos está constituido por representantes de minorías (el hijo de un obrero, una lesbiana adolescente) y sus primeras acciones consisten en la organización de un club feminista juvenil y en el castigo, vía artes mágicas, al grupo de acosadores de la amiga lesbiana. Esos indicios, sumados a la caracterización patriarcal del “Señor Oscuro”, nos anticipan una batalla épica de género. Pero nada de eso ocurre, la serie termina perdiéndose en una serie de subtramas menores, sin llegar a desarrollar el conflicto inicialmente anunciado.

Da la impresión de que desde un inicio el conflicto central en la serie está mal planteado, y es posible que a ello haya contribuido también la exigencia de un número de capítulos, 10, que excede la capacidad de la historia. En todo caso las propuestas de Aguirre - Sacasa, más allá de ocasionales triunfos o fracasos, están marcando tendencia, por lo que es seguro que seguirán apareciendo estas propuestas en las que la estética del iPhone se complementa con la cáscara vacía de la corrección política.

“El juego consiste en llegar hasta el punto límite (de lo permitido por las convenciones sociales actualmente imperantes), pero sin atreverse a cruzarlo. Los personajes se acercan ‘al mal’, juegan con él para obtener la dosis necesaria de ambigüedad”

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