Volver a La Prensa
Edición Semanal
 
La Paz - Bolivia
Sábado, 30 de mayo de 2009
REVISTA
Edición
Un cuento con sabor a galleta chi(le)na
Houellebecq, la humanidad y algunas posibilidades
Una muestra de la escritura realista boliviana
Instrucciones para el buen uso del suspenso
El pájaro que permanece y el cielo que parte
Un proyecto: Madrid mirada

Staff

Editor: Martín Zelaya Sánchez
Diseño: Gary A.
Valenzuela
Preprensa: Marco
Aguilar

Colaboradores en este número:
Maximiliano Barrientos / Rosalba Guzmán / Jaime Nisttahuz / Manuel Vargas / Ramón Rocha Monroy / Cleverth Cárdenas / Nicolás García Recoaro /
Luis Zavala /

Fondo Negro: es el
título de un poema
del poeta francés
Eugene Guillevic

marzelsan@yahoo.com

Instrucciones para el buen uso del suspenso

Por:Mariana Ruiz Romero *
El Eternauta, personaje de Oesterheld, ilustrado por Solano López

¿Qué tienen en común El Eternauta con Watchmen o The Sarah Connor chronicles? Una receta para incurrir en el género del horror y no sucumbir en el intento

>Habiendo tenido la oportunidad de leer y releer El Eternauta, obra cumbre del cómic argentino, escrita por Héctor Oesterheld y dibujada por Solano López —uno de los mejores ilustradores del género, allá por los años 60—, me dieron ganas de simular un ejercicio. Un ejercicio de suspenso.

Esta novela gráfica —que se fue construyendo semana tras semana, capítulo por capítulo, en un semanario porteño— ha ido cultivando seguidores desde su inmediata aparición. No es para menos: Oesterheld relata la mítica invasión a Buenos Aires. No Nueva York, aunque se trata de terribles alienígenas, sino Buenos Aires, el fabuloso sur. Tan porteña es esta obra en su definición, que los héroes supervivientes a la catástrofe, al inicio de la trama, se encontraban en casa, jugando al truco.

Éste es el ejercicio: una suerte de formulación de los ingredientes para lograr una buena obra de suspenso. Para corroborar la teoría (la receta), compararemos a El Eternauta con otras obras, no menos famosas, y algunas películas de los últimos años. Comencemos:

Ingrediente 1:

Mate a todos alrededor. Gripe letal, virus zombi, catástrofe natural o invasión devastadora, la fórmula no importa. Lo importante es matar rápido y eficazmente. Sólo unos cuantos “héroes” deben sobrevivir a la catástrofe. En el caso de El Eternauta, una nevada fosforescente mata a cuanto ser vivo toca, incluidas las plantas. Sólo quienes se encuentran en casa, con las ventanas bien cerradas, tendrán una oportunidad.

No todos corren la misma suerte; algunos, sorprendidos por los accidentes y los muertos en las calles, abren la ventana y sucumben a la nevada letal. En la terrorífica película de M. Shyamalan El fin de los tiempos, el virus empieza a propagarse desde el aire, generando impulsos autodestructivos en la población. 28 días después, película de zombis, también insiste en relatar que el virus mata a todos, a casi todos, en apenas 28 días.

Ingrediente 2:

Enfrente a unos con otros. Una vez superado el horror, lo lógico es intentar escapar. Los grupos de amigos con los grupos de amigos. ¿Y los que no son amigos, tíos, vecinos, gente con la que al menos hayamos intercambiado unas palabras? Pues a tener cuidado, que matarán por tus ventajas comparativas, sin dudarlo.

Ya sea intentando robar el vehículo en el que estás escapando (¿recuerdan a un Tom Cruise desesperado, con el único automóvil que arranca, en Guerra de los Mundos?), o robándote el traje respiratorio que llevas encima, como le pasa al infortunado compañero de El Eternauta.

Si eres niña o mujer, además, corres un peligro mayor: la violación por parte de extraños, quienes no han visto una mujer viva en un largo periodo de tiempo, como es el caso de 28 días después. El instinto del hombre, terrible, sanguinario, aparece vencedor frente a las convenciones sociales.

Ingrediente 3:

Encuentre un enemigo común. No podemos jugar a matarnos entre nosotros a lo largo de toda la obra, llegaríamos demasiado velozmente a un abrupto y postmoderno final. Hay que hallar un enemigo común. En Guerra de los Mundos de H.G. Wells y El Eternauta se trata del invasor, el impasible alienígena que mata a todos los hombres por igual o, si así lo quiere, de múltiples y horrorosas maneras.

En El día después de mañana, película con implicaciones ecológicas, el enemigo es el frío, y los animales hambrientos que son atraídos a las ciudades. Sin este adversario común, no hay motivación para que los hombres luchen, intenten por todos los medios mantenerse con vida. (Esta implicación se trabaja de manera exquisita, por lo imprevista, en otra gran obra del género: Watchmen).

Ingrediente 4:

Haga que la lucha parezca imposible, pero no demasiado. No tiene sentido que la guerra esté plagada de derrotas. Debe asomar un rayo de esperanza —en algunas obras asoma de manera más paternalista que en otras— entre tanta destrucción. Los hombres deben ser capaces de sobrevivir, ganando algunas batallas en el camino.

Si en esa lucha surgen amistades, se conocen datos importantes sobre el invasor o simplemente se logra escapar, por un pelo, de las garras ávidas de un no-muerto, la entretención está servida. Algunos cultores del suspense actual, ese suspense que se vende por temporadas y repite cada 40 minutos los ingredientes de la fórmula, pueden mantenernos en esta lucha por años, tantos como dure la serie (miren, sino, The Sarah Connor chronicles).

Ingrediente 5:

Deje un final abierto. Cuando los alienígenas surgen desde debajo de la tierra, o los dragones parecen haber surgido de un solo huevo perdido por ahí (como en la película El imperio del fuego, con Christian Bale y Matthew McConaughey), siempre queda la posibilidad de que vuelvan a atacar. La humanidad, desde ahora y para siempre, ya no estará a salvo. Nunca lo estuvo.

El Eternauta cruza los espacios temporales, buscando una posibilidad fuera de ésa, la del inevitable retorno del peligro, de la invasión. Los zombis, ya se sabe, volverán mientras quede uno solo para esparcir la enfermedad; el misterioso virus de Shyamalan atacará nuevamente. Las buenas obras están ahí para recordarnos nuestra fragilidad, y sí, también, nuestra capacidad de resistencia.

Ya a estas alturas, la obra puede llegar a su fin. Ha cumplido su cometido: nos abandona con la semilla de la duda implantada en nuestros cuerpos, tal cual la cepa de otro virus mortífero. En la obra de Oesterheld y López, el final no puede ser más revelador. Pese a todo, Buenos Aires no está a salvo… y nosotros tampoco.

* Escritora tarijeña

El alucinado e inquietante futurismo de Michel Houellebecq

Una mirada a La posibilidad de una isla, una novela cargada de cuestionamientos filosóficos y moralistas. Un best-seller del polémico autor francés.

... Mas detalles

Cómo escribir un libro de suspenso y no morir en el intento

Mariana Ruiz propone una receta de cinco pasos para lograr éxito en proyectos como El Eternauta, Watchmen o cualquier película de zombis.

... Mas detalles

 
 
© 2006 - LA PRENSA - EDITORES ASOCIADOS S.A.
Derechos Reservados ®