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La Paz - Bolivia
Sábado, 30 de mayo de 2009
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Un cuento con sabor a galleta chi(le)na
Houellebecq, la humanidad y algunas posibilidades
Una muestra de la escritura realista boliviana
Instrucciones para el buen uso del suspenso
El pájaro que permanece y el cielo que parte
Un proyecto: Madrid mirada

Staff

Editor: Martín Zelaya Sánchez
Diseño: Gary A.
Valenzuela
Preprensa: Marco
Aguilar

Colaboradores en este número:
Maximiliano Barrientos / Rosalba Guzmán / Jaime Nisttahuz / Manuel Vargas / Ramón Rocha Monroy / Cleverth Cárdenas / Nicolás García Recoaro /
Luis Zavala /

Fondo Negro: es el
título de un poema
del poeta francés
Eugene Guillevic

marzelsan@yahoo.com

Una muestra de la escritura realista boliviana

Por:Martín Zelaya Sánchez
Imagen que acompaña a la crónica Rebelde buen corazón de Inga Llorenti

Un libro recoge por primera vez crónicas, memorias y ensayos breves y personales de 14 autores bolivianos. Una muestra más de la tendencia a hibridar y exhibir, tan fuerte en las letras actuales

Teníamos dieciséis o diecisiete años, máximo dieciocho, y nuestra única certeza era que queríamos dedicarnos a escribir. Al menos una certeza en medio de toda la confusión y de toda la certidumbre”.

El escritor Rodrigo Hasbún leyó este texto —parte de su trabajo Muestrario de guerra: Literatura y vida— durante el Encuentro de Escritores Iberoamericanos en octubre de 2008 en Cochabamba.

“La universidad no nos gustaba —continúa— y estábamos ahí a la fuerza. De qué viviríamos, nos preguntaban todo el tiempo en casa, qué nos llevaríamos a la boca cuando eso dependiera únicamente de nosotros mismos. Habíamos perdido la música, que es una manera de decir, porque la música no la perdimos jamás y para refugiarnos llegamos a la literatura…”.

La no ficción, la realidad vertida en letras, sin cambios, sin maquillajes; eso sí, con mucha imaginación. El periodismo, el diario, la autobiografía, el ensayo literario, la crónica. Así escriben muchos de los mejores autores de la actualidad, como el mexicano Sergio Pitol y el español Enrique Vila-Matas, y así tiende a asentarse la nueva literatura en este aún inicio de siglo.

La escritora y ex periodista cruceña Liliana Colanzi dice: “Una generación (¿la actual?)

—si es que se la puede llamar generación— huérfana, errática, desarraigada, pero muy libre (es) capaz de enfrentarse con sus obsesiones, de usar la experiencia personal como trampolín para otra cosa, pero también de hacer periodismo de calidad”.

Colanzi y Maximiliano Barrientos —también escritor, también cruceño, también ex periodista— son los compiladores de Conductas erráticas. Primera antología boliviana de no ficción (Aguilar 2009, del grupo editorial Santillana), un compendio de 14 relatos de igual número de autores que tiene un solo hilo común e incondicional: la veracidad.

“La idea de hacer el libro

—dice Colanzi, vía e-mail desde Estados Unidos, donde reside— surgió de la curiosidad de experimentar entre texto e imágenes (contar historias a través de fotografías), como pretexto para explorar la no ficción y sus límites. Nos interesaba la experiencia, sin importar que ésta viniera procesada como crónica, memoria o relato autobiográfico. Planteamos la idea a algunos autores, y los textos que llegaron fueron en gran parte historias de tono personal, pero también crónicas periodísticas”.

Hasbún es uno de los antologados, precisamente con el relato arriba mencionado, junto a los propios Barrientos y Colanzi y Wilmer Urrelo, Premio Nacional de Novela 2007, quien da en estas páginas un esbozo del libro, relato por relato.

Junto con ellos están los siguientes autores: Juan González, Anabel Gutiérrez, Edmundo Paz Soldán, Pablo Ortiz, Inga Llorenti, Fernando Barrientos, Miguel Ángel Devia, Giovanna Rivero, Paul Tellería y Sebastián Antezana.

Maximiliano Barrientos explica con mayor precisión la génesis y alcances de este trabajo.

—¿Cuál fue la motivación, cómo surgió la idea de efectuar esta “Primera antología boliviana de no ficción”?

—Desde un principio me interesaron los límites poco claros entre ficción y no ficción. Esa ambigüedad, el lugar no definido en el que comienza una y acaba la otra. La no ficción me interesa como un proyecto a futuro de exploración narrativa. Me interesa el espacio híbrido que se presta en una escritura de no ficción: el diario íntimo, las memorias, la crónica, el fragmento…

Funciona como un laboratorio de estilos y también como una forma distinta de hacer literatura, de encarar la realidad, porque la ficción —al menos la ficción que me interesa— trabaja con la realidad, con la experiencia. ¿En qué consiste esa diferencia? Eso es lo que intentamos respondernos al abordar este libro.

Como principio, como piedra angular de ese proyecto, surgió la idea de la antología, teniendo en cuenta la gran importancia de la no ficción que hay en la literatura contemporánea y teniendo en cuenta que en Bolivia, hasta el momento, es un género muy poco explorado. La antología surgió entonces como el principio de un experimento de largo aliento y como un intento por sentar precedente.

—Sobre este tipo de textos “íntimos” o crónicas personales —que como lo dicen en el prólogo, habla mucho de libros, música, cine…— hay quienes dicen que es ‘literatura para escritores’, de interés limitado a cierto sector intelectual y no al gran público. ¿Qué opinas al respecto?

—Si bien muchos textos hacen referencia a algunos libros o películas, no es necesario saber qué películas o qué libros son para conectar con ellos. La mayoría de los relatos trata de las experiencias más cercanas de los autores, algo que es bastante sintomático en escritores de mi generación.

Escribir sobre lo que se tiene más cerca, enfrentarse con valentía a la experiencia, dar testimonio de ella. Muchos somos músicos frustrados, por lo tanto, la relación que tenemos con la literatura es una relación similar a la que los songwriters tienen con las canciones.

Se trata de atrapar emociones, procesos íntimos, estados de ánimo… y eso se nota en Conductas erráticas. Hay mucho de confesión, de escritura privada, y eso es sintomático de la generación a la que pertenece la mayoría de los autores incluidos en la antología.

—¿Por qué dicen en el prólogo que “en los tiempos que corren hay una fuerte demanda por lo real”?

—Porque se vive bajo la impresión de que la realidad superó a la ficción. Se asume la consigna de que en la realidad hay historias mucho más potentes que en el reino de la pura invención.

Hay, sumado a este fenómeno, un fetiche por la confesión, por el develamiento de la intimidad. Ésta es una época obsesionada con la intimidad del otro, por eso hay una fuerte demanda por entrar allí, por conseguir textos o películas que te lleven ahí, que crucen las barreras, que faciliten el viaje.

—En más de una ocasión, en sondeos entre autores bolivianos nacidos después de 1965, desde Fondo Negro se detectó una coincidencia sobre los intereses comunes de esta generación: cada vez interesan más —en lecturas y escrituras— los géneros híbridos entre autobiografía, ficción y ensayo…

—Sí, hay un acto rebelde contra los géneros tradicionales, contra géneros que imponen fronteras demasiado rígidas. Esto, claro está, no significa abrazar el experimentalismo gratuitamente. Personalmente, a mí no me interesa un texto en el que se experimenta con el lenguaje, con la forma, pero que se quede únicamente en los malabares.

Foster Wallace es un gran ejemplo de cómo se puede fusionar y no descuidar el alma necesaria para que todo texto sea literatura. Es también la idea de que se puede hacer literatura, y de alto vuelo, en registros que antes no eran considerados literatura.

En la antología confluyen crónicas, narrativa autobiográfica, memorias y otros tipos de

escrituras que tienen como común denominador el desentrañar la experiencia privada, mirarla, diseccionarla.

En el prefacio del libro, el reconocido escritor mexicano dice: “En estos textos de búsqueda interior la pregunta decisiva es ‘¿por qué diablos escribimos?’. Los narradores se exploran a sí mismos con la intrépida franqueza de quien encara su vida como una tierra novedosa (…) Pocos libros ofrecen tan ricos ejemplos del despertar literario”.

Son tan pocas las ocasiones de autores y lectores para este tipo de productos, que más allá de congratularse por este libro, ya hay que pensar en su continuidad.

Liliana Colanzi: “Hay interés común por capturar emociones”

La coautora de Conductas erráticas habla de los riesgos de discriminación de toda antología, de las miradas comunes de las actuales generaciones y de la naturaleza literaria de cierto periodismo.

—¿Los deslices de la memoria, las obsesiones, costumbres, viajes, regresos… los ejes de estos relatos serán conductas erráticas?

—Pensamos en conductas erráticas como el punto de encuentro de 14 autores que no comparten necesariamente las mismas lecturas, búsquedas, sensibilidad, o incluso la misma generación.

No vienen formados por una escuela —Bolivia carece de una tradición de cronistas como las de Perú o México—, sino de backgrounds mestizos (música, periodismo, literatura). Falta una tradición con la que medirse, pero esa orfandad también permite una libertad enorme, la posibilidad de experimentar, asumir riesgos.

—”Toda antología —dicen en el prólogo— es un muestrario de lo que está sucediendo en una determinada época”. Toda antología, al elegir muchos ejemplos, también deja otros tantos al margen. ¿Y qué de las posibles omisiones de este libro?

—Toda antología es arbitraria, siempre está condicionada por la sensibilidad de los que seleccionan. Nunca están todos los que deberían, todos los que quisiéramos. Conductas erráticas no pretende representar a todo el país o a toda una generación; es un muestrario de cómo un grupo de autores procesa sus experiencias y decide contarlas.

Sin embargo, no es casual que la mayoría de los textos explore la intimidad; hay un énfasis intencional por capturar las emociones en un país que tiende a hacer más sociología que literatura.

Pero también hay textos que pertenecen al periodismo más clásico. Como antologadores, los criterios que utilizamos fueron la calidad de los textos y la veracidad; insistimos en que los autores narraran hechos que no son ficticios (Juan Villoro dice que la crónica tiene un contrato irrenunciable con la verdad). Seguramente aparecerán más cronistas; seguramente se publicarán más y mejores memorias. La idea es que esta antología sea un punto de partida.

—Pese a García Márquez, hasta hace no mucho tiempo, muchas esferas literarias miraban desde arriba al periodismo…

—Es un sinsentido. En Bolivia todavía nadie vive de la literatura; por eso mismo, la mayoría de los escritores termina trabajando en el periodismo en algún momento. Que en Bolivia no exista la infraestructura y el soporte para hacer un trabajo de calidad ya es otra cosa. Pero la cantaleta de que el periodismo no puede ser literatura es agua pasada.

Catorce golpes bajos

Wilmer Urrelo *

La invitación llegó por e-mail y sonaba rara. ¿Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi trabajaban en una antología de crónicas de no ficción? ¿Crónicas que además deberían ser, en lo posible, basadas en experiencias de impacto personal? Eso sonaba a chicos y chicas traumados, lo confieso. O bien a chicos y chicas escribiendo sobre sus traumas. ¡Y vaya traumas!

En fin, que pese a lo ya mencionado sonaba interesante. Para hacerla corta: transcurrieron unos meses y la búsqueda dio sus frutos. Frutos dispares. Exquisitos. Catorce crónicas que vienen a convertirse en un producto excéntrico dentro de la literatura boliviana. ¿Por qué excéntrico? Porque los bolivianos y bolivianas tenemos miedo, terror, a hablar de nosotros mismos.

Podemos hacerlo cuando nos tomamos unas copas, pero jamás lo hacemos escribiendo algo real. Real: que de verdad pasó en nuestras vidas. Porque muchas veces ocultamos esas experiencias bajo el manto siempre salvador de la ficción. Ese striptease al revés, como diría Vargas Llosa. Sin embargo, Conductas erráticas: Primera antología boliviana de no ficción (Aguilar, 2009) es un libro distinto. Es una joyita de ésas que no pueden dejar de leerse.

Son catorce, decía, las historias que reúne Conductas erráticas. Ahí está la nocturna crónica de Fernando Barrientos y el mundo del rock subterráneo (y la mutación, para muchos espantosa, que tuvo aquél en estos últimos años) o bien la de Giovanna Rivero Santa Cruz y el fantasma de una amiga suya y un año, el 85, imborrable en su memoria. Está también Juan González y la historia de un Jimi Hendrix truchón, sí, aunque por eso mismo verdadero e íntimo.

Pienso también en Maximiliano Barrientos y el retrato de una Santa Cruz fría, distante y violenta, y por qué las casas en las que vivimos durante nuestra vida siempre son importantes tarde o temprano. Hay más. Muchos más. Ya dije que son catorce historias. Está también Paul Tellería, viejo lobo en esto de las crónicas, y el retrato de un cuate suyo, presidiario y karateca. Inga Llorenti escribe acerca de una monja budista llamada Lobsang, y a la que los chinos le pegan todo el tiempo por reclamar lo que ella cree justo. Y Miguel Ángel Devia y un raro (y a ratos peligroso) viaje a La Habana por carretera vía Lima.

¿Y ahora? Pues hay más: Rodrigo Hasbún nos presenta un recuento de sus guerras personales con la música, la literatura y el cine. ¿Quiere usted ver a Edmundo Paz Soldán cuando tenía melena? Pues ahí está la crónica que escribió acerca de cómo llegó a los Estados Unidos por intermedio de una beca no de lucha libre, ni de béisbol, ni de dígalo con mímica, sino de soccer.

También el texto de Liliana Colanzi y el recuento de una vida agitada (no sólo la suya), agitadísima, que si mi abuela la hubiese leído pensaría que el verdadero infierno subió a la Tierra. Ah, también podrán leer las razones prácticas de porqué el Sebastián Antezana no usa reloj (y los inconvenientes que eso puede causar cuando uno está solo), e igualmente una imperdible historia del Evo y la Asamblea Constituyente escrita por Pablo Ortiz. Y también Anabel Gutiérrez y un retrato del fenómeno de El Niño a través de dos niños navegando por una calle metidos en una heladera (suena a invento, pero es cierto). Y como soy medio tímido y por lo tanto hipócrita, también podrán echarle un ojo a las razones de porqué éste que escribe no recuerda su niñez.

¿No lo dije ya? Son catorce golpes bajos. Necesarios. Imprescindibles. Que ya necesitábamos leer y ante todo escribir hace mucho tiempo. Muchas veces decimos que la literatura boliviana precisa, y con mucha urgencia, de un destape. Un destape en el sentido de la exploración de nuestras vidas. De nuestros mundos internos. Conductas erráticas lo hace. Y sin concesiones, que es lo bueno de todo. Por eso es un libro que se pelea con el mundo. Con este mundo. Una pelea sin licencias. Eso está bien. Eso se agradece.

Además, como otro buen regalo, trae un prefacio escrito por el mismísimo Juan Villoro.

¿Se puede pedir más?

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