Una introducción a la exposición de arte gráfico que el ilustrador paceño presenta hasta el 28 de este mes en la galería del Palacio Chico.
Tradicionalmente la pintura figurativa en el arte ha tenido la particularidad de ignorar ese espacio inevitable entre su objeto de representación y ella misma, lo que ha supuesto ignorar su propia especificidad y limitar sus posibilidades de ser lo que ella es por naturaleza, es decir, interpretación y percepción consciente.
Consciente no de lo que ingenuamente pretende como realidad, sino de eso que es un proceso de construcción de la realidad, entendiendo como tal aquello que es “convincente” para los sentidos y la razón y no como concepto físico o metafísico de “la verdad”.
En este sentido, muchas de las obras de Alejandro Archondo tienen esa lucidez perceptual que reconsidera la importancia de ese espacio que la Nueva Figuración histórica había reinvindicado como propio y específico del arte. Esta reconsideración inaugural sitúa las obras de Alejandro en un ámbito de redefinición de un espacio pictórico que nos permite, como espectadores, sentir y pensar una ciudad “distinta”, una ciudad develada como intensamente humanizada, cuyos paisajes urbanos se cierran obsesivamente para detenerse en personajes que tienen la particularidad de concentrar lo específicamente vital de la urbe.
Una urbe que, por cierto, parece haber perdido sus vínculos orgánicos con “la otra naturaleza”, la de los animales, plantas y otros paisajes. Aquí lo urbano es la figura humana que contiene no sólo los colores, las pasiones y las esperanzas de una ciudad, sino también una resistencia cierta que reafirma con humor saludable una identidad no concertada, pero marcada por una irreductible voluntad al mestizaje “propio”. No es resistencia contra “lo otro”, sino una resistencia para sostener lo que se es, sin más pretensiones, aunque lo que se es no está determinado.
Esta ambigüedad refrescante y cálida es precisamente una de las características de la ciudad de La Paz que nos revelan las pinturas de Alejandro.
Crítico de arte