Un miembro del jurado del concurso nacional de cuento, ganador además de la versión 2006, da detalles del por qué de la decisión de declarar desierto el prestigioso premio
Hace algunos meses, en este mismo suplemento, expliqué la hermenéutica que se sigue para calificar los cuentos concursantes en el Franz Tamayo —que, por lo demás, es similar a la adoptada en otros certámenes literarios—, indicando que hay un componente de azar implícito en la selección de los finalistas y, por ende, del ganador.
Claro que yo señalé tal cosa basado en mi experiencia, ya que el año pasado, luego de leer los 28 cuentos que, en mi calidad de jurado, me tocaron en la fase de preselección, hallé nueve textos que, según mi parecer, trabajaban bien la verosimilitud, la polisemia y el lenguaje, de modo que al elegir cuatro de ellos para que accedieran a la selección final, influyeron en mi decisión ciertos elementos, conscientes o no, como ser mis preferencias literarias, mi percepción estética, etc., mismos que, seguramente, son distintos en cada jurado.
En ese sentido, probablemente muchos pensarán que el veredicto del jurado en la última versión del mencionado premio (declarándolo desierto) obedece a la misteriosa intervención del azar; sin embargo, debo aclarar que esta vez la fortuna (buena o mala) no tuvo nada que ver con el veredicto final.
Ocurre que, de los 30 cuentos que tuve que leer en la fase de preselección, ninguno reunía los requisitos mínimos como para optar al premio, pero, ya que tenía que elegir al menos tres para que fuesen leídos por el resto del jurado, opté por “los menos malos”, cosa que también les había sucedido al resto de mis colegas, de forma que cuando nos reunimos para deliberar y elegir un ganador, no tardamos mucho en definir que lo más sano para la literatura, para el Premio Franz Tamayo y para los mismos participantes era declarar desierto el concurso, aunque recomendamos publicar algunas “menciones especiales”, pero eso sí, previo un riguroso trabajo de edición.
Al respecto, es necesario aclarar que una de las menciones especiales fue descalificada porque su autor, el escritor beniano Homero Carvalho, había enviado más de un texto al concurso, hecho que, según las bases, no estaba permitido.
Ahora bien, más allá de los pormenores del asunto, el resultado de la última versión del Franz Tamayo merece algunas reflexiones:
1.¿Hace bien a la literatura nacional que uno de sus principales premios sea declarado desierto?
2.¿Tan deplorable es el estado actual de la cuentística boliviana?
3.¿Qué se puede hacer para evitar que algo similar suceda en el futuro?
Desde mi punto de vista, sólo se debe premiar lo bueno; si no se procede de esa forma, se corre el riesgo de alentar las producciones mediocres y, por otra parte, de restarle credibilidad al concurso, lo que redunda en que los autores serios (no necesariamente profesionales) opten por no participar. Y hay muchos escritores de valía, que asumen con seriedad la labor literaria, lo que me hace afirmar que lo ocurrido en este Franz Tamayo no refleja ni mínimamente el estado de la cuentística nacional. Por último, nada se puede hacer para evitar hechos similares en el futuro —a no ser incluir en la convocatoria la imposibilidad de declarar desierto el premio, lo cual no sería beneficioso ni pertinente—, pues siempre habrá gente que, creyendo que la literatura es la cosa más fácil del mundo, escriba bodrios para participar en los concursos, como también tramposos que, para tener más posibilidades de ganar, no vacilen al momento de enviar dos o más textos, sean buenos o no.
* Escritor paceño
Posdata a dos antologías pedestres
Jaime Nisttahuz
Felizmente, César Verduguez reconoce que es falible su método de antologar o recopilar, como dice el crítico Rodrigo Bloomfield, refiriéndose al recopilador Taboada Terán. Lo que no capta, es que quienes asumimos la escritura como destino, jamás podemos confundir la amistad con la literatura.
Por eso tenemos excelentes amigos, no importa que sean escritores mediocres o plagiarios. Que algunos se molesten o hasta nos vuelquen la cara porque hemos observado que escriben mal, allá ellos con su pésimo entendimiento de la amistad y la literatura.
Tampoco capta que mis observaciones nada tenían que ver con el hecho de que no hubiera sido incluido en una antología efectuada de manera estadística. Decía Churchill que existen pequeñas mentiras, grandes mentiras y estadísticas.
Qué mejor para un escritor que escojan uno y otro y otro de sus trabajos en diferentes recopilaciones, porque detrás hay un mundo de obsesiones, preocupaciones. Una cosmovisión. No un cuentito o un poemita como unas pasitas en un mazacote de pan. Tiene sus desventajas, y graves, no leer filosofía. El pensamiento y la imaginación iluminan. Las letras, cuando no hay “cuca”, pueden llevar al plagio y a los trabajos estadísticos.
Y eso de que el cuento y el poema o son buenos o malos, no es más que sentido común. Que predominan los bien nomás y regulares, no es mi culpa. Y menos, que no falten recopiladores que los escojan. Así sea estadísticamente. Que haya cuentos que anden de boliche en boliche, o de antología en antología, porque es lo mejor o lo único bueno que alguien consiguió escribir, tampoco es mi pena.
Y a ver si por fin me hago entender. Que prevalezca en el mundo la mediocracia, es nuestra desgracia. Ojalá no me reprochen las rimas, quienes son incapaces de responder sin ayudantes. Es que hay que leer, y mucho, para afinar la escritura. No podemos quedarnos en esas lecturas que exigen en la normal. Y no soy normalista, sólo irremediablemente escritor.
* Con estos párrafos, el autor
continúa la polémica abierta en
los anteriores meses en un par de
artículos en Fondo Negro.