Esta lectura sobre la nueva novela del autor nacional la describe como un bien resuelto thriller típico estadounidense, retrato cabal de esa sociedad que el cochabambino hizo suya.
Los vivos se han ido. Quedan los muertos. Éstos se meten en la cotidianidad de Amanda, una porrista de 16 años que a punta de desgracias se dio cuenta de que la vida y la muerte están unidas por una cuerda frágil, demasiado frágil.
El escenario de Los vivos y los muertos, la nueva novela de Edmundo Paz Soldán, es Madison, un típico pueblo estadounidense que vive lejos de la guerra de Irak, pero cerca de sus fantasmas. Se trata de una sociedad con vecinos respetables que desean en silencio a sus casi niñas vecinas; porristas colegiales que sueñan con llegar a las grandes ligas; padres divorciados que celebran sus años de boda a las orillas del mar.
Los adolescentes de Madison conocen el sabor de la cocaína y no tienen miedo de ir más allá de sus límites. Conducen automóviles de lujo que no respetan reglas ni semáforos, que más temprano que tarde se convierten en tumbas. Despecho. Celos. Amores no correspondidos... son algunos de los ingredientes que le dan un toque de agonía a la obra.
En sus páginas, Edmundo expone (¿por fin?) sus credenciales de ciudadano estadounidense. Es, en otras palabras, el bautismo del cochabambino que lleva más de una década en su nuevo hábitat literario. Por suerte, para el contexto y unidad de la novela, no existe ninguna rendija por la cual se filtre Bolivia, o algún país sudamericano o tercermundista.
No hay la mirada desde abajo; al contrario, Edmundo observa en un plano horizontal los problemas que acontecen en Madison y que reflejan en cierta medida las angustias que corroen a sitios similares, a sociedades y gente con ganas contenidas pero que aún no han apretado el gatillo.
Todo el texto es made in USA. Contiene párrafos en inglés, letras de canciones y frases que pertenecen a la cultura anglosajona. Ahí el más pobre de sus habitantes tiene su iPod para escapar de los ruidos de la realidad, una portátil en la cual puede pasear por sitios en internet y matar las horas en MySpace; claro, hasta que alguien se decida a matar algo más que las horas.
La muerte sin sentido y la vida fácil andan de la mano en estas calles otoñales con hojas secas que caen como copos de nieve, nieve que es capaz de enterrar a las mismas tumbas. Es un libro que no da aire para algún romance porque después de que uno empieza a congeniar con el primer personaje de la novela, se siente el primer tiro de gracia. Porque, si es que vale la contradicción, esta novela está repleta de tiros de gracia y la mayoría de las víctimas aún no ha dejado el colegio.
He aquí otro acierto: el mundo estudiantil, que es casi una especialidad de Edmundo. Resulta imposible leer Los vivos y los muertos sin sentir el guiño de Río Fugitivo, obra que, si bien está ambientada en el Don Bosco ochentero de Cochabamba, también tiene sexo, muerte y personajes retorcidos que acuden a un colegio católico.
Entre paréntesis, el mismo Edmundo bromeaba que antes de lo narrado en esa novela, él y Carlos Borja eran casi casi los abanderados de la institución salesiana; pero tras el Río Fugitivo, el ex capitán de la Selección Nacional quedó solo en el cuadro de honor.
De vuelta a Madison, tal y como manda la moda literaria, la obra de Edmundo mueve los hilos de la historia con los dedos de la realidad. La ficción se alimenta de un proceso de investigación sobre hechos que sucedieron y que golpearon a una comunidad que casualmente se encuentra cerca del hogar estadounidense de Paz Soldán.
Durante la lectura hay múltiples voces que rebotan en las paredes del texto, tienen el ritmo ágil y vacío de la actualidad. Los muertos y los vivos comparten el mismo escenario; se funden y confunden a quienes están todavía en el mundo real y presienten que su existencia está a punto de expirar; es cuestión de días, horas o minutos.
Ningún libro debería dejar moraleja, pero al caer en este lugar común es posible decir que los ricos, los del norte, los del país todopoderoso también lloran. Sus hombres y mujeres son de carne y hueso. Están hechos con la misma materia que cualquier persona. A fin de cuentas, la desgracia, la muerte y la maldad no conocen de nacionalidades.
* Periodista
Escaparate
Lectura para menores en el Día del Niño
Mauricia es una gata que no tiene cuerpo, que es parte de la casa, que es parte del ambiente, el entorno y el imaginario. Es el eje femenino de Mauricia y el cazarrecompensas (un robot que hace de la contraparte varonil), un cuento para menores de entre seis y 12 años hecho en texto y gráficas por Víctor Hugo Romero.
“Se trata —cuenta el comunicador, ilustrador y escritor— de una obra pensada para divertir a los chicos, incentivarlos a leer e insertarles valores sobre la importancia de la familia y de cada uno de sus integrantes”.
En 20 páginas de fondo rojo, se desarrolla sobre la base de tiras y cuadros una historia de máquinas, extraterrestres, peligros y retos, no exenta de ternura y humor. “Y es que —sostiene el autor— en este tiempo hay que encontrar personajes y ambientes que respondan a los intereses de los niños y niñas de hoy, que están completamente digitalizados”.
Es la primera de una serie de tres obras planificadas por Romero y la editorial Correveidile —luego vendrán Mauricia y el samurái y Mauricia y el moreno—, y ya está a la venta, en edición a full color, con tapa dura, en la mayoría de las librerías de La Paz y otras ciudades. Cuesta 33 bolivianos.