Esta crónica, tal vez la última, relata las vicisitudes de este aspirante a escritor que encuentra en La Paz una excusa para crear una historia con catacumbas incluidas, señores de la oscuridad, un feto de llama y una tanguita tornasol.
Cuando pensé que todo volvería a la tranquilidad, después de la resaca fenomenal de año nuevo, por los tragos decimonónicos que me crearon una garrotera que duró una semana, decidí salir a pasear por las calles del casco viejo de la ciudad, pero una lluvia torrencial me impidió caminar más que tres cuadras y tuve que ir a guarecerme a una tienda de venta de ropa.
Mala mi suerte (o buena según se la vea) porque descubrí que en aquella tienda se vendía lencería para mujer. En la puerta choqué con una gigantografía de una modelo colombiana que modelaba unos brasieres calibre 36-XXL. Atontado por tal visión, dejé que una vendedora me llevara al interior de la tienda para mostrarme todo tipo de atuendos para la luna de miel. No me dejó terminar la frase de “pero yo no estoy casado”, cuando siete modelos empezaron a mostrarme desde bombachas de goma para mi abuela hasta tanguitas microscópicas en forma de mariposas, con lentejuelas tornasol. En ese momento dejé atrás todo resquicio que todavía me mantenía en el año pasado. Por vergüenza más que convicción propia, tuve que elegir una tanguita que pensé regalarla para alguna ocasión especial.
Saqué dos billetes arrugados con el rostro de Cecilio Guzmán de Rojas. Me dirigí hacia la caja. Otras mujeres observaban mi osadía. Algunas me guiñaban los ojos. La vendedora me preguntó: “¿Con factura o sin factura?”. Ese instante me arrepentí de haber entrado a la tienda, de haber visto a las modelos con todo tipo de lencería y de haber dicho “sin factura”, porque fue el santo y seña para que unos dos gorilas vestidos con sacos negros y lentes de sol me llevaran a un cuarto oscuro. Un monje resguardaba la puerta. Uno de los gorilas le dijo algunas palabras en sánscrito. El monje le contestó con un manejo correcto de aymara: “K’encha”.
Cuando entré en la habitación, sólo puede ver unas manos que tenían unos anillos de oro en cada dedo y un sapo disecado que fumaba un cigarro Astoria (sin filtro). No me dio tiempo de preocuparme por el renacuajo y la necesidad de llamar a Green Peace, porque del fondo de la habitación escuché una voz ronca que me preguntó: “¿España o Argentina?”. Fueron varios segundos de silencio. Empecé a sudar frío y a llorar y pedir por favor al señor que estaba en la oscuridad que me dejara libre, que yo sólo había cometido el error de haber entrado a esa tienda de lencería para guarecerme de la lluvia, que quería casarme y tener hijos, que si eran tres los iba a llamar Hugo, Paco y Luis, que en mi vida sólo había cometido el crimen de no bañarme los domingos, sobre todo si hacía frío, que si me iba a torturar dejara en paz a mis huevitos, sí, señor de la oscuridad, todo lo que quiera, menos mis huevitos, porque vi en una película que para la tortura los enganchaban con unos cables que tenían corriente y eso yo no lo podía soportar, por favor, si quiere, introdúzcame un supositorio para caballo, sí, señor de la oscuridad, le puedo dar nombres si quiere, pero déjeme libre.
Cuando empecé a rezar el padre nuestro que estás en los cielos y cantar el alabaré, alabaré a mi señor, el hombre que estaba en la oscuridad me volvió a preguntar: “¿España o Argentina?”. Pensé que si decía “España” me iban a fusilar como en la dictadura de Franco y recordé también todas las pinturas de Goya, así que grité ¡Argentina!, por lo que más quiera, pero no me haga daño, que viva Diego Armando Maradona, Tinelli y la Banda Lechuga. La voz del hombre de la oscuridad llamó a los gorilas y me llevaron por pasadizos y catacumbas por debajo de la Pérez Velasco.
Al volver a la superficie me di cuenta de que un bus nos esperaba muy cerca de la Estación de trenes. Fue en ese momento cuando supe que me llevaban a la Argentina para trabajar como hilandero o tejedor y que el pasaje estaba pagado por una empresa clandestina de viajes. Yo debía ganar cada centavo para el regreso, después de cinco años como mínimo donde no recibiría ningún sueldo. Dentro del bus conocí a Joaquín, quien me dijo que una vida mejor nos esperaba en Argentina, donde trabajaríamos la mitad de nuestras vidas, con suerte, en una hilandería desde que cante el gallo hasta que vuelva a cantar. Me dijo que tenía parientes en España y en Brasil que ganaban lo suficiente para comprarse medio quintal de azúcar; que después volveríamos a Bolivia, tal vez cuando tengamos 40 años, para descansar en una hacienda que construiríamos con todo nuestro esfuerzo.
No sé con qué fuerzas, pero corrí hacia la parte trasera del bus y rompí la ventana cuando estábamos a la altura de Alto Lima, por la carretera vieja hacia El Alto. Salté sin ver al suelo. Fui a caer a una fogata donde se quemaba un feto de llama y un yatiri escupía alcohol para avivar el fuego. El curandero lo tomó como un acto de los dioses, me limpió los restos de ceniza y me llevó a una apacheta como su ayudante. Al bajar de la cumbre, repuesto por todo lo que pasé ese día, me despedí del yatiri salvador y caminé para tomar un minibús que me llevara a mi casa. Había dejado de llover. Ya sabía a quién debía regalar la tanguita que compré.
Escaparate
El humor en el rellano
Cortázar se quejaba de la carencia de una literatura erótica en el ámbito latinoamericano. Con la misma razón hubiera podido quejarse de la ausencia de una literatura humorística. Los clásicos, por llamarlos así, quiero decir los clásicos de nuestros países en desarrollo, sacrificaron el humor en aras de un romanticismo cursi y en aras de textos pedagógicos o, en algunos casos, de denuncia, que mal resisten el paso del tiempo y que si se mantienen es por un afán voluntarista de bibliófilo, no por el valor real, el peso real de esa literatura.
En algunos modernistas o vanguardistas tempranos es dable leer, sin embargo, páginas de humor de ley. No son muchos, pero son. Recuerdo a Tablada, textos muy poco conocidos de Amado Nervo, fragmentos en prosa de Darío, cuentos de horror y humor de Lugones, las primeras incursiones de Macedonio Fernández. Posiblemente, sobre todo en el caso de Nervo, este humor es involuntario.
Es en el siglo XX cuando el humor, tímidamente, se instala en nuestra literatura. Por supuesto, los practicantes son una minoría. Los que se ríen (y su risa en no pocas ocasiones es amarga) son contados con los dedos. Borges y Bioy, sin ningún género de dudas, escriben los mejores libros humorísticos bajo el disfraz de H. Bustos Domecq.
Pocos escritores acompañan a Borges y a Bioy en esta andadura. Cortázar, sin duda, pero no Arlt, que como Onetti opta por el abismo seco y silencioso. Vargas Llosa en dos libros y Manuel Puig en dos, pero no Sábato ni Reinaldo Arenas, que contemplan hechizados el destino latinoamericano. En poesía, antaño un lugar privilegiado para la risa, la situación es mucho peor: uno diría que todos los poetas latinoamericanos, inocentes o de plano necios, se debaten entre Shelley y Byron, entre el flujo verbal, inalcanzable, de Darío, y las expectativas nerudianas de hacer carrera. Enfermos de lírica, enfermos de otredad, la poesía latinoamericana camina a buen paso hacia la destrucción. Menos mal que tenemos a Nicanor Parra. Menos mal que la tribu de Parra aún no se rinde, ni yo que ya estoy medio muerto.