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Guatemala

La lucha indígena sin fin

Por: Lupe Cajías de la Vega

El Premio Nobel de la Paz a Rigoberta Menchú (foto), en 1992, fue un reconocimiento simbólico a la lucha de los mayas, pero no significó mejoras en su vida cotidiana. Hay vientos de cambio en el Gobierno guatemalteco, pero las políticas sociales ni siquiera tocan lo que Bolivia consiguió ya hace medio siglo

“Que todos se levanten, que se llame a todos, que no haya un grupo ni dos grupos, de entre nosotros, que se quede atrás de los demás”, apunta uno de los versos del libro profético de los mayas, el Popol Vuh. En esas letras quedan las últimas esperanzas de los indígenas guatemaltecos después de 500 años de conquista, 200 años de miseria y medio siglo de violencia masiva y selectiva.

Guatemala, país al que siento como el ala que no pudo volar, es como la cruz de la historia latinoamericana, sobre todo cuando la comparamos con Bolivia, pues allá aquello que pareció una luz terminó en muerte y sacrificio, mientras acá las luchas sociales alcanzaron significativas victorias hasta la toma final del poder.

La ESPIRAL DE SANGRE

Los descendientes de los mayas quichés padecieron durante la Colonia las atrocidades que con tanto sentimiento describe el sacerdote español Bartolomé de las Casas. Les arrebataron sus ciudades, sus tierras, sus costumbres y sobre todo sus dioses, la sabiduría acumulada, la concepción particular sobre la vida.

Tampoco en las luchas independentistas, a pesar de los esfuerzos de unidad en Centroamérica para tener una sola república y para reparar los daños del coloniaje, los indígenas lograron recuperar sus derechos sobre los ejidos, las parcelas de maíz, cacao, banana.

Guatemala, lo cuenta con dolor su Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias, fue la principal víctima del despojo alentado por la modernización capitalista con el rostro de la “Mamita Yunai” (la United Fruit Company). Aquella compañía de triste recuerdo para los latinoamericanos saqueó lo que quedaba en las comunidades, con la complicidad de los gobernantes, de los terratenientes locales, de los militares y la bendición de Washington.

Mientras en la frontera norte, en México, los campesinos se organizaban en torno al Plan Ayala de Emiliano Zapata; en Guatemala, no lograban unirse para reclamar sus derechos ante la expansión de la hacienda, que se daba en todo el continente. No había quién rescate las profecías del Popol Vuh.

En los años 50, una luz apareció al final del túnel con la presidencia de Jacobo Arbenz, cuando en el país todavía la mayoría de los habitantes era campesina. Recordemos que eran años fundacionales para Bolivia, con la Revolución Nacionalista, y cuando varios países vivían una euforia de cambio, como Brasil o Argentina. En el caso colombiano, el asesinato de Jorge Eliézer Gaitán había truncado el sueño; en América Central y el Caribe, las guardias nacionales ahogaban las movilizaciones de los agrarios.

DOS VISIONES

Casi al mismo tiempo que los comandos urbanos, mineros y agrarios consolidaban la victoria del 9 de abril de 1952 en Bolivia y con ello una nueva política nacionalista y social, en Guatemala llegaba al poder Jacobo Arbenz y una visión contraria al imperialismo estadounidense.

Arbenz (1913), militar nacionalista, llegó a la presidencia con el respaldo de partidos populares y con la fama de ser un hombre correcto y decidido, descendiente de un alemán y de una nativa, y consolidó la segunda parte de la revolución que había empezado en 1944 (fecha similar a la revolución de Gualberto Villarroel en Bolivia). Fue mucho más radical que Víctor Paz Estenssoro en su política social y fue acusado de comunista y socialista, favorable a Moscú, por una campaña mediática alentada por la Central de Inteligencia Americana (CIA).

La United Fruit no aceptó la reforma agraria que nacionalizó 390.000 hectáreas de la empresa para devolverlas a los indígenas. Esa multinacional tenía entre sus dueños al propio secretario de Estado de la época, Jhon Foster Dulles, quien a la vez era hermano del director de la CIA, Allen Dulles. Ellos recibieron apoyo clandestino no sólo de los servicios de inteligencia sino de los bancarios y organizaron un golpe de Estado contra Arbenz. Otras transnacionales con sede en Washington ayudaron al golpe.

Algunos historiadores afirman que el Presidente guatemalteco no tuvo la astucia de Paz Estenssoro, que evitó un enfrentamiento directo con el imperialismo concediendo la indemnización a los dueños de la minas nacionalizadas y permitiendo la reapertura del Colegio Militar (luego relacionado con militares de EEUU). De esa forma, aseguran, Bolivia logró consolidar gran parte de los cambios y evitar la violencia.

En todo caso, el golpe organizado por la CIA desestabilizó a Arbenz, quien tuvo que renunciar y partir al exilio en 1954. El resultado fue dramático para el país, pues en vez de tener tierra y derecho a organizarse, los campesinos guatemaltecos fueron asesinados paulatinamente. Por lo menos 200.000 indígenas fueron masacrados por las sucesivas dictaduras militares en Guatemala.

Recordemos que el golpe fue organizado desde Honduras, de donde partieron los militares encabezados por el coronel Castillo Armas, quien planificó la violencia general contra todos los opositores. Violencia, muerte e impunidad, que hasta hoy desangra a Guatemala, aunque con diferentes formas.

Las guerrillas indígenas

Después de la caída del régimen nacionalista, los militares y latifundistas organizaron un sistema de explotación y represión continua, sin dar lugar a la más mínima resistencia.

A través de leyes y normas, para darle un tinte “institucional”, el Gobierno obligó a los campesinos a vender sus parcelas, que fueron concentradas en pocas manos, y a convertirse en asalariados agrícolas, obreros o desocupados, parias.

Muchos campesinos tuvieron que emigrar a la gran ciudad, Guatemala y Antigua, donde fueron arrinconados en villas miseria. Ahí nacieron sus hijos, algunos de los cuales fueron guerrilleros, y sus nietos, muchos jóvenes sumidos hoy en la violencia de las pandillas.

Ante la falta de posibilidad de resistencia política legal, sobre todo después de las masacres de 1978, los proletarios comenzaron una serie de huelgas junto a los cañeros y a los obreros del algodón. Otra vez la respuesta fue violenta.

Desde los años 60 existían guerrillas de tendencia castrista/guevarista, trotskista, comunista, pero recién en los años 70 y, sobre todo desde la represión de 1980, los indígenas se organizaron en un grupo clandestino, la Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas (ORPA).

Los primeros grupos guerrilleros surgieron en 1961 con la rebelión de 200 oficiales nacionalistas contrarios a la presencia de mercenarios y asesores estadounidenses, quienes pasaron a la clandestinidad con el nombre de Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre (MR13), al mando de los legendarios Yan Sosa, Lucio Turcios, Alejandro de León. Contactaron al Partido Guatemalteco del Trabajo, que apoyaba a la lucha armada y al Movimiento Estudiantil Revolucionario 12 de Abril (MR12). Juntos los tres crearon las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

Poco tiempo después Sosa se alejó acusando al Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) de electoralista y también se dividieron las FAR de Turcios. En 1966, la guerrilla fue aniquilada. Sobrevivió Sosa (trotskista), pero otra arremetida represiva sofocó los grupos que quedaban en 1970. En 1972 todo el buró político del PGT que había reafirmado la vía armada fue secuestrado y asesinado. Más tarde, algunos sobrevivientes de base fundaron el Ejército Guerrillero de los Pobres, el más fuerte durante la ofensiva de los años 80.

En septiembre de 1979 apareció la ORPA con acciones públicas, pero ya con una década de preparación guerrillera en las zonas mayas. Su famoso comandante Gaspar era hijo del escritor Asturias, quien tanto ayudó a difundir la cultura nativa de su país. La ORPA tenía importantes núcleos de apoyo clandestino en el norte del país, los que luego influyeron en los guerreros del Ejército Zapatista y al famoso comandante Marcos.

En los años 80, alentados por la victoria sandinista y la ofensiva de la guerrilla salvadoreña, los grupos armados guatemaltecos se unieron y además crearon un rostro legal, un frente democrático, con la participación de más de 100 sindicatos, intelectuales, organizaciones campesinas, estudiantiles, religiosas.

La Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) prometió un gobierno popular y sin represión y trazó una amplia estrategia de guerra, en la cual el papel de los campesinos mayas era central. La respuesta fue un agravamiento mayor de la represión a límites que no se conocen en otros países de América Latina. Los paramilitares, kamiles, asesinaban a una familia campesina por el solo delito de tener la llamada Biblia latinoamericana en su casa.

Se atrevieron a incendiar la sede de la Embajada española porque ahí estaban refugiados campesinos, entre ellos el padre de Rigoberta Menchú. Mataron uno a uno a cada dirigente de la empresa que embotellaba la Coca–Cola, pueblos enteros fueron arrasados; torturaron y asesinaron a intelectuales y periodistas que se atrevieron a protestar, desaparecieron a más de 50.000 pobres por el delito de organizarse.

AÚN FALTA MUCHO PARA LA PAZ

Al horror de la etapa de Castillo Armas siguieron otros ejemplos de matanzas e impunidad en la época de Efraín Ríos Montt, quien además era dirigente de una secta evangelista y se atrevió a ser candidato en épocas democráticas. Ningún juicio lo condenó.

Desde 1982 y por diez años se sucedieron gobiernos militares con la misma política represiva y con el respaldo de los terratenientes, de los empresarios, de las grandes transnacionales y con la venia de Washington. Recién con los procesos de paz que alentó Panamá, con el apoyo de Costa Rica y luego con la mediación de España y el respaldo europeo, se trazó un proceso de paz y en los años 90 se firmó un acuerdo. Lastimosamente la paz no llegó al campo ni menos la justicia social y el reconocimiento a las reinvindicaciones indígenas.

El Premio Nobel de la Paz a Rigoberta Menchú, en 1992, fue un reconocimiento simbólico a la lucha de los mayas, pero no significó mejoras en su vida cotidiana. Actualmente, hay vientos de cambio en el Gobierno guatemalteco, pero las políticas sociales ni siquiera tocan lo que Bolivia consiguió ya hace medio siglo. Aunque igual que acá los indígenas son mayoría, no hay ninguna señal que permita prever que un maya llegue al poder, ni siquiera a puestos intermedios. Guatemala aún se desangra.

 
 
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