HISTORIA REBELDE
El pueblo que luchó contra la dominación
Weenhayek significa “gente diferente”. El sociólogo Guido Cortez Franco comenta que esta etnia derivaría de otras que llegaron hace miles de años de la Patagonia al Gran Chaco americano. Esa vasta región se subdivide en chacos Boreal, Central y Austral. Un ecosistema que abarca parte de Bolivia, Paraguay y Argentina
Emeterio Tórrez aún recuerda lo que sus abuelos le relataban sobre la historia de su nación, los weenhayeks. “Siempre hemos vivido cerca del río Pilcomayo. Por esta zona habitaban bastantes indígenas. Me contaron que en la Guerra del Chaco los weenhayeks también fuimos a pelear y conocimos a todos ellos, hablaban distintas lenguas. Y al volver de la guerra, los ganaderos y otras personas se habían entrado a nuestras tierras. Nos las quitaron. Ahora estamos recuperando lo que era nuestro en la antigüedad. Somos originarios y merecemos que ya no haya discriminación hacia nosotros”. Su rostro se torna serio y triste. Y continúa.
“Eso es lo que he podido captar de los cuentos. Tenía una grabación, pero ella se perdió. Yo ahora relato a mis hijos sobre lo que era y es nuestro pueblo. Mis abuelos vivieron aquí y yo voy a seguir luchando para hacer lo mismo. Pero aparte del clima insoportable, no tenemos la ayuda del Estado. No nos prestan importancia. No tenemos servicios básicos. No tenemos agua potable ni luz eléctrica. No poseemos nada. Sólo nuestras ropas y casas. Esto tiene que cambiar”. El capitán de la comunidad de Resistencia se silencia. Se mete un manojo de hojas de coca a la boca y atina a decir: “Cuando hable de los weenhayeks, diga que estamos olvidados”.
Los weenhayeks ocupan territorios del Chaco en dos países: Bolivia y Argentina; en el primero asumen este nombre, en el otro son conocidos como wichís. Una etnia que ha resultado marcada por el evangelismo pentecostal desde mediados del siglo pasado, luego de haber resaltado por su rebeldía y espíritu combativo ante las armas de los militares españoles y las cruces de los misioneros católicos; estos últimos fueron los que los abordaron posteriormente. Aunque toda su historia no retiró de sus creencias que los recursos naturales tienen sus ahats o espíritus cuidadores. Hombres que se alimentan de lo proveído por el río Pilcomayo en Tarija.
Los ex “matacos noctenes”
El Centro de Estudios Regionales de Tarija (Cerdet) sostiene que la relación del pueblo weenhayek con su entorno es mencionada por los curas franciscanos que los contactaron en el siglo XVIII. “Giannelli exhortaba continuamente a los Matacos Noctenes para que se procuren alimento seguro, mediante el cultivo sea de hortalizas o de granos complementando el no siempre abundante obtenido por la pesca y la recolección (…) los Noctenes se negaban rotundamente, por miedo a enojar al espíritu dueño del monte, que se enfurecía y tomaba venganza de quienes se atreviesen a destrozar el monte y sembrar en él”. Sin duda, el ánima era un ahat.
Weenhayek significa “gente diferente”. El sociólogo y director del Cerdet, Guido Cortez Franco, comenta que los weenhayeks bolivianos y los wichís argentinos rechazan hoy el nombre de mataco por considerarlo ofensivo. Aparte, se cree que esta etnia deriva de otras que llegaron hace miles de años de la Patagonia al Gran Chaco americano. “Corrientes migratorias que habrían provocado un gradual entrecruzamiento, del cual se originaron los grupos actuales”. Esta vasta región, atravesada por los ríos Pilcomayo, Bermejo y Salado, se subdivide en tres zonas: chacos Boreal, Central y Austral. Un ecosistema que abarca parte de Bolivia, Paraguay y Argentina.
Se maneja que en la Colonia el primer encuentro entre militares españoles y los weenhayeks se dio en los márgenes del Pilcomayo de la parte argentina, cuando los forasteros hallaron a una familia con unas mulas. La parentela fue asesinada; los demás indígenas escaparon. El encuentro de estos dos “mundos” fue violento y continuó así en el transcurso de ese periodo. Los weenhayeks fueron rebeldes a la dominación de los ibéricos, porque éstos no pudieron aplicar con ellos lo hecho en otros pueblos: atrapar al líder y conseguir su rendición; porque éstos nombraban otro jefe y se trasladaban de zona. Hasta hoy, no están muy ligados a las reglas y la autoridad.
Así transcurrieron las décadas, hasta que las misiones católicas avanzaron por el Chaco para irradiar la palabra divina. Y los weenhayeks también opusieron resistencia a esta arremetida. El tira y afloje duró hasta 1775, cuando los curas franciscanos instalaron el Colegio de Propaganda Fide, lo cual provocó el florecimiento de unas 22 misiones por el territorio de esta nación originaria, pero ello también ayudó que los indígenas no fuesen exterminados. Otras aldeas se autoexiliaron al monte para evitar la catequización. Llegó la República y las cosas continuaron igual, hasta que el Gobierno liberal decretó la secularización de las misiones en 1905.
Así, los estancieros o ganaderos y las empresas extranjeras adquirieron carta blanca para ingresar en los predios indígenas. Se produjo un avasallamiento silencioso que se radicalizó con la partida de los weenhayeks a la Guerra del Chaco, y muchos de ellos, al retornar a sus viviendas, se dieron cuenta de que ya no eran suyas. Luego, a mediados del siglo pasado, estos originarios cedieron ante la incursión de la Misión Evangélica Sueca Libre Asamblea de Dios. Cedieron en sus costumbres. Cedieron en las creencias de sus ancestros. Pero en lo que no cedieron fue en exigir la devolución de su territorio ancestral. Una lucha que continúa en estos días.
La organización de los 22
Hoy, señala Cortez, hay 20 comunidades weenhayeks ubicadas a lo largo de 126 kilómetros en el margen derecho del río Pilcomayo, entre los municipios de Villa Montes y Yacuiba y la frontera de Bolivia y Argentina. Y otras dos se hallan monte adentro, al referirse a la Serranía del Aguaragüe. La lista de las poblaciones es la siguiente: Tuntey, que significa piedra (actual Villa Montes); Tunteytas, que quiere decir piedra grande; Tsinukwat o Kilómetro 1; Ilejkyat o Capirendita, que traducido al castellano es pajonalcito; Quebrachal, Circulación, Tres Pozos, Cueva de León, Algarroba O’hooyo’ (gallina quemada); San Bernardo, Bella Esperanza…
Resistencia, Vizcacheral, Yuchan, Crevaux A’hààtay Wumek, que significa lugar del caballo muerto o lugar de la casa del hombre blanco viejo; Sausal, Timboy, Palmar Grande y hay dos Moras Viejas. Todas estas aldeas, desde 1992, conforman la Organización de Capitanías Weenhayeek y Tapiete, bajo la sigla Orcaweta, la cual está integrada a la Confederación de Indígenas del Oriente Boliviano, y que ha tomado la posta en la demanda agraria para esta etnia. El capitán Tórrez alega que gracias a la Orcaweta se ha logrado unificar a los villorios y se ha asentado un mando único que gestiona obras con, sobre todo, autoridades estatales locales.
El antropólogo Wigberto Rivero Pinto, apoyado en los datos del Instituto Nacional de Reforma Agraria, sostiene que la población de los weenhayeks, por lo menos hasta 2001, superaba los 2.000 habitantes. Empero, otro guarismo es manejado por Cortez, apoyado en la información de la misma institución estatal y al no existir un censo actualizado: estos indígenas chaqueño-tarijeños tienen 3.500 personas agrupadas en aproximadamente 700 familias. El número no puede compararse con los miembros de esta nación que habitan el territorio argentino, los wichís, que se calcula que tienen una población de entre 40.000 y 60.000 integrantes.
No obstante, la Orcaweta alista un censo regional para conocer el número exacto de weenhayeks que radican en Bolivia, de acuerdo con las declaraciones del capitán grande Moisés Sapirana, quien se anima a adelantar que hay entre 5.000 y 6.000 miembros de esta etnia. “Somos un pueblo que continúa creciendo. Muchos creen que no, pero lo vamos a demostrar. Estamos planificando con seriedad y con el apoyo de las 22 comunidades el desarrollo de este censo, para que así también podamos acceder a mayores recursos de los municipios y se puedan elaborar programas con números fiables. Lo claro es que somos más que el año 2001”.
La etnia weenhayek volvió a sobresalir en las noticias durante el referéndum por el estatuto autonómico tarijeño, el pasado 22 de junio, cuando algunos integrantes quemaron las ánforas y se opusieron a este evento en su territorio. Por ello, los políticos regionales la han catalogado de afín al Gobierno de Evo Morales. “Todos creen que quemamos las urnas por ser masistas, pero nadie sabe que hemos demostrado de esa forma nuestra bronca por la falta de atención de la Prefectura tarijeña. Somos indígenas, pero no todos son del Movimiento Al Socialismo aquí”. Esta nación originaria continúa demostrando su carácter rebelde.
Tres explicaciones sobre la procedencia del término “mataco”, rechazado por los indígenas weenhayeks
El sociólogo y director del Centro de Estudios Regionales de Tarija, Guido Cortez Franco, sostiene que el origen del término “mataco”, que es rechazado por los weenhayeks por considerarlo ofensivo y humillante, ha sido explicado desde tres diferentes significados etimológicos.
a) Para la población weenhayek en Villa Montes, es un apelativo surgido de la idea de ser gente belicosa, gente que mataba.
b) Otros autores sugieren que viene de un árbol chaqueño conocido como palo mataco, mientras que algunos sugieren que este arbusto más bien recibió este nombre a partir de relacionarlo con este pueblo indígena, y
c) Una tercera explicación citada en un texto de religiosos de la Colonia relata que en los primeros encuentros con miembros de esta etnia los españoles les interpelaban y ordenaban una acción ante la cual los indígenas permanecían inmutables y se encogían de hombros en una actitud similar a la de un tipo de armadillo cuyo nombre científico es Tolypeutes mataco. Pero, de acuerdo con Raf Stassen, este nombre le fue puesto a este armadillo en 1805, es decir, mucho después de que se lo utilizara para nombrar así a los weenhayeks.
En síntesis, no se tiene claro todavía el origen etimológico del término “mataco”.
ECONOMÍA
Los diestros pescadores
La “yakup” es la estación del año que dura de octubre a enero y que marca el inicio de la época calurosa y el fin de la pesca: en octubre se reúne chañar; en noviembre, sandía, algarrobo y mistol; en diciembre, mistol, naranja del monte, miel de abejas y sandía
El río Pilcomayo luce sereno. Los caminos de tierra de la región del Chaco tarijeño queman las plantas de los pies por los 45 grados centígrados que marca el termómetro. En varios sectores del manantial hay hombres de pie que tienen el agua hasta la cintura. En su espalda lucen colgadas redes en las cuales depositan los pescados que agarraron en el día. Unos sujetan entre sus manos mallas de diferentes tamaños que sumergen de vez en cuando en el cauce. Otros, los más, portan una lanza que tiene una punta de fierro. Éstos despliegan una táctica digna de ser relatada. Se sumergen hasta el cuello y se dejan llevar por la corriente.
Tantean con sus manos el fondo. Por momentos se pierden en la marea. Miran con detenimiento; esperan ver pequeños remolinos que se forman en el agua. Son pescados. Se dirigen hasta las orillas o a los sitios del río donde hay ramas espinosas. Es como si quisieran arrinconar contra una pared a los habitantes de las profundidades. De pronto clavan su lanza. Una y otra vez. Son pacientes. Hasta que uno de ellos saca entre sus manos un sábalo. Desenvaina rápidamente un cuchillo sujetado en su cintura y golpea al pez con su arma. Lo hace sangrar y le ensarta su flecha. Así operan estos habilosos pescadores. Son los weenhayeks.
El antropólogo Wigberto Rivero Pinto establece que la actividad económica principal de los miembros de esta etnia es la pesca de sábalo, surubí, dorado, bagre; aunque igualmente aplican la recolección de frutos silvestres y de miel, y la artesanía. Por ello, los weenhayeks catalogan al Pilcomayo como su depósito de alimentos; casi una divinidad que con el tiempo sufre más por la contaminación minera que cunde sus aguas desde la región potosina. Son conscientes de este problema, pero se ven con las manos atadas para evitar este daño a su hábitat ancestral. El río para ellos es vida y por eso construyeron casas a sus orillas.
El sociólogo Guido Cortez Franco coincide en que este pueblo es pescador-recolector. Sus prácticas de cacería son esporádicas. En la época de pesca, de abril a septiembre, antes de que se declare el tiempo de veda para permitir la reproducción de peces, muchas familias se retiran de sus aldeas para acampar por los bordes del Pilcomayo. Hasta 1940, recién este rubro les significa ingresos económicos durante cinco meses. Es así como de noviembre a marzo viene la época de vacas flacas, por lo cual los varones tienen que emprender partida al monte para atrapar animales o reunir alimentos silvestres.
Pero son los intermediarios que arriban a los villorios de esta etnia para comprar los productos pesqueros de los weenhayeks los que se quedan con la mayor parte de la ganancia; los indígenas, se puede decir, reciben migajas. José Luis Guerrero, ex secretario de Tierra y Territorio de la Organización de Capitanías Weenhayek y Tapiete, señala que los pescadores, por su situación de pobreza y no poder trasladar su mercancía a los mercados urbanos, rematan los sábalos hasta en tres bolivianos la unidad. “Hay otros que cobran 50 centavos. No hay autoridad que nos proteja estableciendo precios mínimos”.
Guerrero reclama: “Antes no sabíamos nada de vedas y pescábamos todo el año. Sabíamos cómo hacer que los peces no desaparezcan. En vez de prohibirnos seguir nuestro estilo de vida, deberían evitar la contaminación del Pilcomayo, lo que está haciendo desaparecer los peces”. Tampoco hay una empresa comunitaria pesquera desarrollada entre los de esta etnia. Y Cortez tiene una explicación: “Son pueblos libres, cada familia es libre de hacer lo que le conviene: trabaja cuando quiere y por eso los llaman flojos. Y para ellos el ahorro no tiene sentido”. Los parientes de los weenhayeks en Argentina, los wichís, son cazadores, pescadores y recolectores.
Guerrero sostiene que recientemente se han iniciado entre los pueblos cercanos a la zona urbana de Villa Montes proyectos productivos de crianza de animales, sobre todo chivos, y de ganadería. No obstante, la agricultura no es vista como una opción desde hace más de medio siglo, cuando los evangélicos pretendieron insertar a los miembros de esta nación en la siembra y la cosecha. “Es imposible hacer esto en el Chaco por las altas temperaturas y porque no hay agua”. O sea, no hay riego disponible.
Rivero señala que estos indígenas adecuan su actividad a cuatro estaciones del año. La inawop es para la pesca, la recolección de yuca silvestre y la cacería de ñandúes, quirquinchos o roedores; inicia a fines de julio o principios de agosto y abarca hasta septiembre. La yakup se alarga de octubre a enero y con ella empieza la época calurosa y termina la pesca: en octubre se reúne chañar; en noviembre, sandía, algarrobo y mistol; y en diciembre, algarrobo, mistol, naranja del monte, sandía y miel de abejas. Es tiempo de las fiestas y la bebida con chicha de algarrobo.
La kielyup es de febrero a marzo; inicia con el florecimiento del quebracho colorado, cuando las lluvias y el intenso calor empiezan a declinar; se recolecta tusca, chaguar, anco, miel, mistol y tasi; es también la época en la que el río Pilcomayo tiene sus mayores crecidas. Por último está la jwijetil, que abarca el mes de abril; es el periodo seco con temperaturas a veces menores a seis grados centígrados; en éste los weenhayeks deben conformarse con la recolección de la tusca y yuca silvestre; pero en mayo empieza la pesca abundante que cubrirá las necesidades de esta y la próxima estación.
Guerrero afirma que si la degradación del medio ambiente continúa, el alimento de los weenhayeks está en peligro. Cortez alega que esto provoca la degradación del suelo, la desertización y la salinización, la contaminación de las aguas del río y los pozos, el desmonte de áreas boscosas para actividades extractivas, la reducción de los caraguatales en la parte norte del territorio por la misma actividad extractiva de los indígenas, la sobrepesca y la disminución anual de volúmenes de los cardúmenes de peces que suben por el Pilcomayo y de la fauna chaqueña: corzuelas, quirquinchos, charatas, pumas y jaguares, loros, monos… Un futuro preocupante.
Las mujeres que tallan a los hombres “carilargas”, las representaciones de madera de los weenhayeks
Las mujeres weenhayeks colaboran en la economía de sus hogares con artesanías y tejidos “llicas” hechos con una fibra vegetal que se obtiene de la caraguata; un número relativamente pequeño de hombres se dedica a la fabricación de muebles con este insumo. De las manos de las féminas surgen también los míticos rostros alargados de madera balsa. Una de quienes realizan esta tarea es Sofía Romero Sánchez, la actual secretaria de Género de la Organización de Capitanías Weenhayek y Tapiete. Ella devela el misterio de sus creaciones. “Somos nosotros, los mismos weenhayeks. Nos llaman los caras alargadas porque somos serios, no sonreímos”.
El impulso al mejoramiento de la calidad artesanal de esta nación indígena ha sido implementado con el Centro de Estudios Regionales de Tarija, lo cual ha permitido que las artistas también obtengan mejores precios por sus productos. Romero manifiesta que ella personalmente solicita a la Alcaldía de Villa Montes la dotación de materiales para poder fabricar los trabajos. “No carecemos de mercado y la gente que valora lo que hacemos nos paga el precio que consideran. A fin de vender lo que tenemos, a veces rematamos”. Ella tiene el taller en su casa, con un ambiente para exponer los bolsones, collares de semillas, las manillas, las caras alargadas y muñecos de madera.
Las mujeres trabajan en grupo cuando tienen pedidos numerosos. No obstante, con la actual tensión política en el país y porque las autoridades de Villa Montes y Yacuiba catalogan a los weenhayeks como seguidores fieles del oficialista Movimiento Al Socialismo, las puertas edilicias se han comenzado a cerrar para las artesanas, evitándoles así ayuda para promocionar sus artículos. “He pedido como siempre con un formulario mis pedidos en los últimos meses y no me han dicho nada por el hecho de que me acusan de masista. Pero eso es normal, porque a nosotros siempre nos han marginado y discriminado. Queremos que nos apoyen con el armado de talleres”.
“Nosotras vivimos de nuestras artesanías”, sentencia Romero. Aparte, ha surgido otro problema que se vislumbra como un bloqueo para la realización de sus artesanías. Las caraguatas, su principal insumo, están escaseando y aparte hay ganaderos que han cercado las haciendas donde crece esta planta, para evitar que las féminas accedan a ellas. “Sólo en dos partes de nuestro territorio hay estas fibras y nos están prohibiendo sacarlas. El otro día el dueño de una propiedad ha echado a una compañera que ha ido a buscar caraguatas. Sin esto ya no podemos tener entradas (dinero). Vamos a asumir determinaciones para que nos dejen acceder a esos lugares”.
FOTOS • Javier Paz Arteaga