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Domingo, 16 de noviembre de 2008
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Familias, Migración y Bibliografía

La familia de José Luis Guerrero, ex secretario de Tierra y Territorio, que habita en Mora Vieja.

FAMILIAS

Los ocho tipos de hombres

José Luis Guerrero es ex secretario de Tierra y Territorio de la Organización de Capitanías Weenhayek y Tapiete (Orcaweta) de la región chaqueña de Tarija. “Todas las familias son numerosas entre los weenhayeks. Tenemos hasta más de cinco hijos. A veces hasta grupos enteros, incluidos los yernos y sus pequeños, vamos a pescar por el río Pilcomayo. Así nomás uno se da cuenta de que nos gusta tener una familia grande”. El hombre de barba en forma de candado tiene una parentela que cumple con esta regla de natalidad.

El antropólogo Wigberto Rivero Pinto sostiene que la organización social básica de los weenhayeks está estructurada sobre las relaciones de parentesco, a pesar de su carácter étnico que tiende al individualismo. Dentro de la etnia son endógamos, casi todos son parientes en algún grado. La familia como unidad básica está formada por los padres, los hijos solteros y los casados con sus cónyuges. Los primeros son los dueños (lewúks) de la unidad doméstica; los otros son ayudantes (lakaós) y compañeros (kalayis) entre sí. Mientras que el yerno y el hijo casado sólo se convierten en lewúks cuando construyen su propia casa.

“La mujer y la madre son poco menos que unas siervas, por la cantidad de trabajo que se descarga sobre ellas, pero más por el modo despectivo con el que el varón las trata en la vida social; aunque éstos en los hogares suelen ser afectuosos. Los padres prefieren hijos, pero ello no significa un rechazo a las mujeres, sino que los varones desde la infancia les ayudan en las principales actividades económicas. Los hijos gozan desde pequeños de mucha libertad, la que aumenta con los años. Por otro lado, el ser dueño o lewúk no tiene la significación que se le da al término en la cultura occidental, de ahí que los hijos pueden obedecer al padre si quieren o no”.

Entre los weenhayeks se mantuvo la unión entre parejas de la misma etnia, y la aceptación de los matrimonios intercomunales, lo cual, de acuerdo con Rivero, ha sostenido la resistencia de la aculturización. En la actualidad inclusive resulta difícil encontrar relaciones entre indígenas y miembros de los municipios aledaños como Villa Montes o Yacuiba, y más aún con los de la ciudad tarijeña. No obstante, “en sus relaciones sociales es común que ellos establezcan un orden jerárquico, que expresa un juicio de valor respecto de los otros”. Es decir, a pesar de su apariencia, los hombres no son iguales y existe el siguiente orden de prelación hacia ellos.

En un primer peldaño está la familia próxima del originario (padres, esposa, hijos, nietos y otros) asentada en la misma aldea. Luego, la familia geográficamente extendida en diferentes villorrios. En tercer lugar, todos los habitantes de la comunidad. En cuarto, todos los weenhayeks. En quinto, todos los noctene. En sexto, todos los matacos mak ‘a (estos dos últimos sus parientes étnicos). En séptimo, todos los indígenas asentados en el Chaco. Y al último, todos los extraños. “Este orden de prioridades expresa un fuerte etnocentrismo, que suele aparecer en sus manifestaciones de superioridad respecto de otros grupos de la región e incluso con relación a mestizos y blancos”.

El Centro de Estudios Regionales de Tarija sostiene que la familia es el centro de la vida entre los weenhayeks. “Los lazos de parentesco generan una gran cohesión, condicionando la solidaridad entre los miembros del grupo, lo que les ha permitido la pervivencia hasta nuestros días”. Los papeles dentro de cada clan están muy bien definidos: el padre es el lewúk o dueño y ejerce su autoridad sobre todo el grupo. En una parentela extensa, la emancipación de los yernos se da cuando estos se convierten en lewúk, hecho marcado por el nacimiento de los hijos y la construcción de una flamante vivienda cercana a la de los padres de la mujer.

El sociólogo y director de esta entidad, Guido Cortez Franco, adiciona que el flirteo matrimonial entre los weenhayeks se daba anteriormente con los cánticos y los bailes, algo que fue dejado de lado por la influencia evangelista. “En la época de la abundancia, en verano, se organizaban fiestas en la que se tomaba la chicha del algarrobo. Los jóvenes se abrazaban rítmicamente y la mujer elegía a su pareja (ésa es la regla de esta cultura que es todavía muy matriarcal; aunque es el suegro el que manda en general). Luego la dama se llevaba al hombre al monte, y si éste la aceptaba, se quedaba en su casa; si no, se alejaba de allí por la madrugada”.

La otra forma para conseguir una compañera era que el varón debía cortejar a la mujer. Eso lo lograba tras llevar leña a la vivienda de ésta, para dejarla en el suelo. Si ella aceptaba el presente, él podía pasar a formar parte de su familia, y tenía la obligación de trabajar por lo menos durante un año con el suegro, hasta poder acceder a su independencia, según con los requisitos anteriormente explicados. “O sea, entre los weenhayeks, el hombre deja su familia propia para irse con la parentela de la mujer”. Esta práctica aún se mantiene vigente entre las localidades del Chaco. Pueblos que aún respiran costumbres heredadas de sus ancestros.

MIGRACIÓN

El comercio prohibido

Los inmigrantes entre los weenhayeks son sobre todo comerciantes, gente que se casó con uno de ellos, maestros o enfermeros. Aparte, en la lógica de esta nación no se acepta que uno pueda ser mezquino o acumule poder, por lo cual no se da que un weenhayek esté al cargo de un centro de abasto porque, si no, tendría la obligación de ser recíproco con su familia y el poblado, o sea, compartir sus productos

Cuando Domingo visitó los pueblos weenhayeks de los municipios de Yacuiba y Villa Montes, enclavados en el Chaco tarijeño, pudo apreciar que la pesca y las labores comunitarias eran encabezadas por los jóvenes. “En otras etnias no es común ver a los adolescentes porque éstos dejan sus aldeas para empatronarse”, comentó el periodista a uno de los obreros. “Eso será en otros lados, porque aquí preferimos estar en la comunidad y con nuestra familia”, respondió el muchacho. El capitán comunal de Resistencia, Emeterio Tórrez, sentencia que en su localidad “nunca hemos salido a ninguna parte para buscar trabajo. Los jóvenes se quedan”.

Sin embargo, hay otra limitación que Tórrez confiesa para que la emigración no sea un fenómeno común entre los de su villorio. “Para trabajar, uno debe de tener una profesión, si no, para qué partir”. Por ello, los weenhayeks que tuvieron la suerte de continuar con sus estudios en los niveles intermedio y medio y en la universidad son los que principalmente toman esta determinación. Así lo confirma el capitán grande la Organización de Capitanías Weenhayek y Tapiete, Moisés Sapirana. “Ya estamos empezando a tener algunos profesionales entre los de los pueblos, pero lo de bueno es que no se olvidan de sus raíces y retornan”.

El antropólogo Wigberto Rivero Pinto sostiene que la población weenhayek supera los 2.020 habitantes y que, de acuerdo con la proyección del Instituto Nacional de Estadística y los registros comunales del año 2000, su ritmo de crecimiento es “relativo”. Sobre la migración, el experto asegura que los miembros de esta nación dejan sus asentamientos para sobrevivir, en busca de empleos, de tierras cultivables y aprovechamiento de los recursos naturales renovables; aunque está claro que las migraciones fuera de su área no son significativas, o sea, no afectan en proporciones relevantes a los weenhayeks de origen y residentes en el Chaco.

El sociólogo Guido Cortez Franco subraya que sobre este tema hay que tomar en cuenta que el territorio weenhayek transcurre entre Bolivia y Argentina. Y al no existir en el imaginario de sus miembros el concepto de frontera, y más aún, al mantenerse presente en éste la continuidad territorial de sus antepasados, ellos fluyen entre los dos países sin que para ellos eso signifique una migración. “Sucedía que antes varios salían a buscar pareja en la nación vecina y se quedaron allí. Y hoy es común que muchos retornen a Bolivia para acceder a su Bono Solidario y que otros vuelvan a Argentina para poder cobrar algún subsidio del Estado”.

“En segundo lugar, entre 1870 y 1970 había una migración periódica estacional de familias weenhayeks bolivianas para trabajar en los ingenios de caña de azúcar en Jujuy. Estaban en esos sitios por lo menos entre dos y tres meses y después regresaban a sus comunidades. Pero esto igual terminó con la mecanización de esta industria y provocó un fuerte cambio de vida entre los de esta etnia. Aparte, a nivel interno, no hay migración weenhayek hacia la ciudad de Tarija; y sólo se puede dar cuando uno de ellos se casa con una citadina, lo cual también es complicado. En otras palabras, no hay una migración significativa para traspasar su territorio”.

El weenhayek desconfía de todo aquello que se halla fuera de los límites de sus dominios. Sin embargo, eso no pasa con los que llegan de otros confines regionales y buscan predios para asentar su vida. Es que el círculo de esta nación se ha abierto un poco a los integrantes de otras culturas, sean criollas, mestizas o indígenas. Entre los primeros, Sapirana resalta lo que sucedió hace varias décadas con la llegada de los ganaderos, con quienes ahora tienen problemas territoriales por el avasallamiento que practicaron para que sus haciendas abarquen cada vez más espacio. “Ellos se aprovecharon de nosotros y siguen haciéndonos lo mismo”, dice con un dejo de lamento.

La migración hacia los terrenos weenhayeks también se expresa en la estancia de tres familias tobas entre los habitantes de la localidad de Capirendita, en Villa Montes, las cuales se dedican a la artesanía y la pesca en el río Pilcomayo, y pertenecen a una etnia que fue perseguida y eliminada durante la época colonial, la cual era conocida como una de las principales tribus guerreras del lado sur de Bolivia. Eso fue lo que llevó a que los españoles aplicasen una serie de acciones para diezmarla; los sobrevivientes tuvieron que ocultar su origen y dialecto para poder pasar inadvertidos. No obstante, los tobas no figuran como pueblo originario.

Cortez aclara que los inmigrantes entre los weenhayeks son sobre todo comerciantes, gente que se casó con uno de ellos, maestros o enfermeros. Aparte, en la lógica de esta nación no se acepta que uno pueda ser mezquino o acumule poder, por lo cual no se da que un weenhayek esté al cargo de un centro de abasto porque, si no, tendría la obligación de ser recíproco con su familia y el poblado, o sea, compartir sus productos bajo pena de que su local sea destruido. Por eso, ellos dejan que esa tarea sea desarrollada por un criollo, quien paga una mensualidad a la aldea donde se ubica su puesto de venta: unos 100 bolivianos.

BIBLIOGRAFÍA

El idioma que sigue vivo

Los ancianos weenhayeks tienen poca esperanza de que los tiempos mejoren en la zona chaqueña donde se asientan las 22 poblaciones que pertenecen a su etnia, salvo pocas que están a kilómetros del municipio de Villa Montes. Se han resignado al olvido estatal. Sus deseos de superación se han visto doblegados ante la falta del desarrollo. “Las autoridades nunca se acordaron de nosotros. Si ni siquiera nos pueden instalar un pozo de agua, es difícil que puedan solucionar nuestro principal problema, la falta de trabajo, para que podamos tener un poco de dinero”, comenta José Barbón en la localidad de Mora Vieja.

“Ahora todo depende de los jóvenes”. La misión es asumida con orgullo por el capitán de la comunidad de Resistencia, Emeterio Tórrez. “Vamos a salir adelante, para eso las autoridades nos tenemos que movilizar y tenemos confianza en que de aquí a unos años siquiera tengamos luz eléctrica y agua potable. Ya es hora de que las promesas de los alcaldes, los subprefectos y Prefecto sean realidad. Los weenhayeks merecemos que nos presten un poco de atención. Tenemos derecho a vivir con dignidad”. Mientras emite sus palabras, Tórrez mira de reojo su vivienda y la posta sanitaria de su aldea, pruebas de la precariedad reinante.

El sociólogo Guido Cortez Franco arguye que esta situación ha provocado una baja en la autoestima de los integrantes de esta nación. Antes, en relación con otras etnias, creían que vivían relativamente bien; ahora, en comparación con la población criolla, no pueden conseguir los alimentos vendidos en el mercado. “Hay un sentimiento de inferioridad que se explica por mitos”. Antes, ellos valoraban su grupo de referencia y despreciaban el conocimiento de otros hábitos culturales o mezclarse con otra gente; ahora, los adultos mantienen ello y los jóvenes están confundidos entre continuar su forma de vida y creencias o seguir sus estudios.

¿Cuál es hoy la principal dificultad de los weenhayeks? Cortez no dubita. “Es la falta de una norma de justicia propia, que tiene que ver con las injerencias de las iglesias católica o evangélica, que les hacen adoptar formas de conducta que no funcionan. Y está el problema de que, al habitar lugares muy secos y calurosos, la gente muere a los 45 años por Chagas, tuberculosis. Esto significa que hay un Estado ausente. Hace cinco años había más discriminación y marginación con este pueblo porque no se entendía que sus miembros no aceptan órdenes y reglas y que son muy orgullosos”.

El antropólogo Wigberto Rivero Pinto remarca el peligro de los daños que rondan al medio ambiente que rodea a los weenhayeks. “Está la contaminación del río Pilcomayo con desechos tóxicos que provienen de las cabeceras del río en las regiones mineras de Potosí. Cortez coincide con este experto. “Esta degradación ambiental explicaría un aspecto de la crisis social y económica en la que está inmersa este grupo”.

En cuanto al idioma weenhayek, Cortez asegura que su alfabeto fue elaborado por los lingüistas que llegaron con los misioneros suecos a los confines del Chaco. Actualmente, los niños tienen textos que les enseñan de esta forma hasta cuarto básico; luego los niveles más altos son impartidos completamente en castellano. Sin embargo, la cultura oral es la que mantiene viva su lengua, la cual es hablada en el ámbito familiar. Las historias y los cuentos son relatados en weenhayek. Y también la radio ayuda en esta tarea. “Existe una compañera que tiene un programa diario en el cual sólo emplea este idioma”.

Rivero alega que esta lengua todavía no se halla clasificada. Sin embargo, según la enciclopedia Wikipedia, este idioma forma parte de la familia lingüística mataco-guaycurú, subfamilia mataco-mataguayo. Un grupo que incluye a otras etnias, como las de chorote, maká, chulupí, mataguayo y vejoce. Se habla de tres dialectos aún vigentes y que son practicados tanto en el lado boliviano como en el argentino: el vejoz o wehwos, hablado por los wichís presentes por el río Bermejo; el güisnay (o weenhayey: gente desconocida), ejercitado por los wichís que están por el río Pilcomayo, y el noctén u oktenai, practicado en Bolivia.

“Yo sólo sé que mi idioma lo hablaban desde los abuelos de mis abuelos”, dice José Barbón. Así es esta nación originaria de la región chaqueña de Tarija. Conformada por personas que desconfían de los forasteros. Un pueblo aún rebelde, tal como lo fueron sus antepasados con los colonizadores y los misioneros durante siglos. Una etnia que clama atención estatal para mirar con mejores perspectivas el futuro. Un grupo que confía en las aguas del río Pilcomayo para sobrevivir. Hombres que no sonríen con facilidad: los “carilargas” weenhayeks.

Investigaciones

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