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Domingo, 16 de noviembre de 2008
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Servicios Básicos, Salud y Religión

Una mujer weenhayek sujeta a su nieta en una de las localidades de la región chaqueña de Tarija.

SERVICIOS BÁSICOS

Dos municipios, dos realidades distintas

Las aldeas de esta nación originaria se asientan en Yacuiba y Villa Montes. En el primero, están olvidados por las inversiones ediles, y en el otro, recién han empezado a sentir los efectos de las regalías petroleras, aunque sólo en los poblados cercanos al área citadina

Cuando un weenhayek quiere construir su casa, no se preocupa por la arquitectónica, sino que escoge el lugar con más sombra; de lo contrario, está condenado a las inclemencias del calor imperante en la región chaqueña que habita, el cual supera los 40 grados centígrados. En la zona, las lluvias son en la mayoría de los meses del año una bendición fugaz, pero una maldición a fines de cada gestión porque arrastran inundaciones. Las viviendas de los miembros de esta etnia son de madera y adobe y techos de calamina, de paja o de hojas de árboles. Hasta hay hogares sin paredes, precisamente para soportar la temperatura, e incluso las camas se tienden a la intemperie cuando llega la oscuridad.

La pobreza impera en las 22 comunidades de esta nación originaria repartida en los municipios tarijeños de Villa Montes y Yacuiba, sobre todo en las incrustadas en este último. Por ejemplo, en Mora Vieja no hay luz eléctrica, servicio de agua potable ni provisión de garrafas de gas licuado de petróleo; salvo el ingreso de líneas de telecomunicaciones para celulares, algo de todas formas inservible porque el grueso de los weenhayeks no tiene dinero ni para comer y mucho menos para comprar un aparato telefónico. Son las contradicciones en el departamento más rico de la nación, por sus ingentes depósitos de hidrocarburos en el subsuelo.

El capitán de la aldea Resistencia, Emeterio Tórrez, no se guarda nada a la hora de quejarse de la triste situación. “En este lugar tenemos un pozo profundo, pero el problema es que el agua no es tratada y puede provocar enfermedades especialmente en los niños. Y este depósito se acaba rápidamente, por lo que la población se queda sin nada para tomar en menos de un mes”. Un castigo, dicho está, por el calor intratable en este sitio. “Ya me he cansado de molestar a las autoridades locales para que nos ayuden, las cuales aparecen cada año o cuando hay elecciones para prometernos lo mismo. En vano tenemos los proyectos listos para acceder a los servicios básicos, no hay inversión de dinero”.

“¿Si tenemos luz?”, la pregunta causa una sonrisa irónica en el rostro de José Luis Guerrero, ex secretario de Tierra y Territorio de la Organización de Capitanías Weenhayek y Tapiete (Orcaweta). “Llevamos 12 años exigiendo que nos otorguen ese beneficio. Y eso que supuestamente ya está todo aprobado para que instalen los cables eléctricos. Menos tenemos agua potable, ni siquiera las cisternas de los municipios llegan a este lugar, sólo a los poblados cerca de Villa Montes. Estamos olvidados y parece que los líderes originarios nos dan falsas esperanzas. En el país todo se consigue con presión, y vamos a tener que bloquear para que nos hagan caso”.

El sociólogo Guido Cortez Franco sostiene que estas limitaciones tienen relación con que esta etnia se halla dividida en dos territorios municipales. “Yacuiba es el más descuidado. El asunto es que su Alcalde estaría apoyando más a las aldeas villamontinas con la idea de agrandar su jurisdicción mediante la exigencia de los comunarios para pertenecer a los predios yacuibeños. Hay un trabajo politizado. Aparte, los poblados de Villa Montes están mejor porque hay un efecto de las regalías petroleras con la construcción de infraestructura básica”. Y hay petroleras que aplican un plan de desarrollo indígena que permite el armado de letrinas y viviendas.

Moisés Sapirana es consciente de la dejadez estatal hacia los weenhayeks. La máxima autoridad de esta etnia en la región chaqueña expresa así su parecer: “Hemos sido personas discriminadas. Cómo no vamos a poder tener acceso a los servicios básicos. Por qué siempre nos miran como personas de segunda clase. Por eso exigimos que se implante la autonomía indígena en el territorio que ocupamos. Se lo hemos dicho al Prefecto de Tarija porque en la primera sección la gente vive en chozas y no tiene nada de apoyo. Y en cambio nos dicen de que los ingresos del gas servirán para el cambio. Todavía no se está sintiendo esto”.

Las vías de acceso a las localidades indígenas dejan igualmente mucho que desear. Son de tierra y quedan intransitables cuando arriba la temporada de lluvias. Tórrez informa que se tiene programado asfaltar toda la carretera que pasa por los villorios. “Sin embargo, si ni siquiera nos ponen agua ni luz, es difícil que nos otorguen un camino bueno”. Sus quejas merman su resistencia; algo paradójico, porque habita una aldea con ese nombre. Guerrero tampoco guarda grandes expectativas sobre el futuro. “No figuramos ni en los planes operativos anuales. No hay nada por aquí. Vea nada más. Mora Vieja luce cada vez más triste y nuestros hijos son los que nos preocupan”.

SALUD

Sin permiso para bailar

El poblado weenhayek de Resistencia, en el Chaco tarijeño, se puede preciar de ser uno de los bendecidos con la presencia de una posta de salud. Es que estas construcciones brillan por su ausencia en la mayoría de las 22 comunidades de la etnia en la región. Sin embargo, las limitaciones cunden en el centro de salud de Resistencia. Luce deteriorado y con poco espacio para cumplir con los requerimientos de los pacientes. La enfermera Lourdes Méndez informa que la edificación no fue apoyada ni por el municipio de Villa Montes ni por la Prefectura local, sino por los catequistas de la Misión Evangélica Sueca. O sea, el sitio es una herencia dejada por esta congregación.

“Pase, le voy a mostrar la silla odontológica y la sala de internación”, invita Méndez. Al entrar en uno de los tres ambientes de la posta se puede apreciar una banqueta de madera y una cama de una plaza tendida en una esquina. “Tampoco tenemos muchos medicamentos”, comenta mientras muestra un armario-farmacia. “Se precisa un médico permanente, un laboratorio y personal de apoyo porque a veces viajo a talleres y el puesto queda cerrado. En esos casos debo dejarle los sueros y las pastillas a la autoridad comunal. Y si el enfermo está grave, tenemos que caminar un kilómetro para encontrar un teléfono y llamar a la ambulancia”.

La profesional asevera que tiene actas en las cuales los líderes municipales se comprometieron a atender sus demandas. Pero nada. El capitán de Resistencia, Emeterio Tórrez, solamente atina a pedir un favor tras el diagnóstico. “Por favor, escriba que sufrimos por estar así de olvidados. A veces hay picaduras de víboras y no se cuenta con medicamentos”. El ex secretario de Tierra y Territorio de la Organización de Capitanías Weenhayeks y Tapiete José Luis Guerrero vive en Mora Vieja, un sitio sin ningún servicio básico y más necesitado que Resistencia. “Las pocas postas que hay en nuestro territorio están dispersas. Hay que hacer magia con los pacientes”.

No habrá centros de salud, empero, el estudio de la medicina ya genera un fenómeno importante entre los indígenas weenhayeks. El sociólogo Guido Cortez Franco señala que hasta mediados de los años 90 este grupo social era homogéneo en cuanto a nivel de ingresos y actividades económicas. Y con el apoyo de religiosos católicos dispondrán en un corto plazo de unos ocho jóvenes formados como auxiliares de enfermería, los cuales, junto con otros que cursan educación, “se están constituyendo en un incipiente segmento que se está diferenciando socialmente del resto al contar con un modesto ingreso económico de manera regular”.

No obstante, aún resta tiempo para que estos profesionales pasen a colaborar en la labor médica en los villorios de esta etnia, los que mientras tanto siguen vulnerables a las enfermedades tradicionales de la zona. “Son los niños los que generalmente se enferman con infecciones que les causan diarrea y fiebre por tomar agua que está mala”, revela Guerrero. “Otros se quedan postrados en la cama porque consumen el agua del río Pilcomayo, el que está contaminado por minerales y químicos; es una cloaca”. Tórrez emite criterios similares: “Igual pasa con nuestros pequeños que beben líquido de los pozos”. Las quejas se reproducen en otras localidades visitadas por esta revista.

Méndez arguye que los males más comunes entre los weenhayeks son las diarreas, las infecciones respiratorias agudas, los provocados por los parásitos y la gastritis. “Y hace tres años que venimos encontrando a muchos mayores que padecen de hipertensión arterial, la mayoría mujeres embarazadas. A la par, se han presentado casos de malaria, pero ésta fue adquirida en otras ciudades. También por aquí las vinchucas son muy comunes y el municipio Villa Montes retiró la aplicación de insecticidas porque habrían estado dañando a las gallinas y las personas, pero hasta ahora no ha reemplazado el tratamiento contra este bicho peligroso para la salud humana”.

Y si la medicina occidental tiene poco alcance en la zona, ¿los weenhayeks se remiten a la tradicional? Tórrez indica que las recetas de sus ancestros siguen vigentes, sobre todo gracias a los más ancianos. “En Resistencia tenemos un viejito que se llama Calixto Díaz y una señora, Martina Pérez, quienes saben curarnos si nos entra cualquier cosa en los ojos. No les llamamos curanderos ni nada, sólo por sus nombres”. Méndez afirma que coordina con estas personas para sanar a algunos enfermos. “Cuando ellos no pueden, yo me hago cargo, y viceversa. Tratamos de llevarnos bien”.

Cortez comenta que las recetas tradicionales de los weenhayeks fueron reprimidas por la catequización evangélica, y por lo tanto han sido olvidadas por la mayoría de la población. “Hasta ahora hay una visión pentecostal que es demasiado estricta y ha reprimido la curación con la medicina nativa, porque se la alinea con la brujería, uniéndola con el paganismo y el diablo”. Eso también se dio con los rituales, cánticos y bailes que eran aplicados por el yabú o brujo para sanar a las personas. Una prohibición doctrinal que establece la imposibilidad de entrar con coca en los templos protestantes erigidos en el territorio de esta nación.

RELIGIÓN

Los demonios “ahatay”

Jonás Pérez Ramírez es uno de los más respetados personajes de la localidad weenhayek de Resistencia, en el municipio chaqueño de Villa Montes. Es el pastor de la Iglesia Evangélica Asamblea de Dios. En el ingreso del templo, a su cargo durante cinco años, hay una inscripción que reza: “Personería Jurídica. Resolución Suprema 170682”. El hombre porta un sombrero de cuatrero en su cabeza, que deja al momento de penetrar a la capilla. Al sitio tampoco entran aquellas personas que se hallan acullicando o masticando hojas de coca, a pesar de que ésta es una costumbre muy arraigada entre los integrantes de esta cultura.

Muestra la guitarra, el tambor y el bombo que son empleados para musicalizar sus plegarias; se hallan al frente, cerca del púlpito. Unos cuantos bancos de madera anteceden al escenario principal. La construcción de adobes, maderas y calamina exprime el cuerpo de cualquier visitante, más aún por las altas temperaturas que rigen en la zona, las que superan los 40 grados centígrados. Eso poco parece importar a Pérez, quien está más preocupado en el trozo de sábalo cocido a punto de degustar. “Trabajo como creyente y doy los cultos casi todos los días. La mayoría de los habitantes de aquí viene a las misas de los domingos”.

El capitán de la población, Emeterio Tórrez, afirma que los casi 200 habitantes de Resistencia son evangelistas. La ecuación religiosa se repite en las 22 aldeas de esta etnia en la región tarijeña. El capitán grande de la Organización de Capitanías Weenhayek y Tapiete, Moisés Sapirana, sostiene que la incursión pentecostal marcó a su nación, sobre todo por la presencia de misioneros suecos en su territorio. “Ellos fueron los que nos civilizaron, pero antiguamente éramos católicos. La evangelización nos ha ido cambiando, y ahora se perdieron usos y costumbres, como las brujerías y hechicerías”. Casi nadie habla ya de todo esto.

Se puede decir que el sincretismo no ha sido una opción entre los weenhayeks. Sus mitos ancestrales están olvidados; se mantienen entre los más ancianos. “Es la influencia de 60 años de presencia evangelista”, dice el sociólogo Guido Cortez Franco, quien relata que fueron primero los jesuitas los que intentaron influir en los miembros de esta cultura en la época colonial; no tuvieron éxito. Pero sí los franciscanos, que lidiaron con problemas como que los indígenas rechazaban el casamiento religioso y “porque existió un cura que embarazó a varias niñas”, por lo cual hubo un grupo originario que rechazó a las sotanas.

El antropólogo Wigberto Rivero Pinto sostiene que los matacos (como se conocía a los weenhayeks) salieron airosos del exterminio y el despojo español, implantado durante la conquista del Chaco, gracias a la tarea de los curas católicos. Detalla que éstos ingresaron a la región en 1609, pero fue recién en 1775 cuando se fundó en Tarija el Colegio de Propaganda Fide, a cargo de los franciscanos; y hasta el año 1860 se fundaron 22 misiones; la última fue la de San Francisco del Pilcomayo, hoy Villa Montes, en la que se refugiaron los matacos, sin dejar de lado a la Misión de San Antonio.

En 1905, el Gobierno decretó la secularización de la Misiones del Sur, donde algunos sectores de los pueblos originarios gozaban de relativa protección. A partir de entonces sus territorios se cedieron en concesiones a estancieros y a empresas extranjeras. Y fue a mediados del anterior siglo cuando los weenhayeks fueron abordados por los catequistas de la Misión Evangélica Sueca, quienes se insertaron en varios villorrios y les inculcaron su doctrina, los apoyaron en el ámbito educativo mediante la enseñanza bilingüe; aunque en detrimento de sus costumbres, por considerarlas en franca contraposición con la “palabra del Señor”.

Rivero afirma que la catequización de los protestantes provocó transformaciones lamentables en la identidad weenhayek, sobre todo en su religión y mitología, ya que eran “animistas y muy ritualizadas, porque mantenían una diferenciación al interior de la sociedad por representaciones totémicas, relacionadas con el sistema de parentesco, que expresaban diferentes ángulos de visión del mundo, confluyendo todos en una divinidad central del panteón propio”. Wikipedia dice que junto con sus parientes del lado argentino, los wichís, los weenhayeks tenían creencias afines al animismo y el chamanismo: rendían culto a los seres de la naturaleza y poseían la noción de un ser superior, Tokuah o Tokuaj, que regía al mundo.

El Centro de Estudios Regionales de Tarija alega que existe una relación profunda entre los weenhayeks y su entorno. “Sus mitos muestran que cada recurso natural tiene su protector (ahats) y que cualquier modificación a ese estado natural trae un castigo. De ello resulta la obligación de no modificar su hábitat, ni de consumir más de lo necesario”. Cortez manifiesta que aún falta mucho por comprender sobre los valores y creencias que maneja esta etnia: las libertades de movimiento y de acción, la igualdad restringida, el rechazo a la autoridad y la dominación, la creencia sobre los espíritus de los muertos que permanecen un tiempo en la tierra.

El evangelismo igual marcó la pérdida de su música y sus bailes, por catalogarlos como una adoración al diablo. Y los weenhayeks no pregonaron el catolicismo porque no aceptan intermediarios para hablar con la divinidad. Aunque algunas creencias se mantuvieron entre ellos, como el quemar las posesiones materiales de los muertos para que éstos no los persigan. Llamar ahatay a los “demonios pálidos que traen la muerte”, denominación que fue trasladada de manera resentida a la gente criolla, mestiza. “Para ellos no hay diferencias entre potosinos, cruceños, tarijeños, europeos... todos son ahatay”.

 
 
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