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Domingo, 16 de noviembre de 2008
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Weenhayeks

Autoridades, Sanciones, Educación y Territorio

Un grupo de niños que asiste a la escuela de la aldea weenhayek de Resistencia.

AUTORIDADES

El líder de las 22 comunidades

Más de 600 familias weenhayeks habitan el Chaco tarijeño. Ellas se distribuyen en 22 comunidades situadas entre los municipios de Villa Montes y Yacuiba. Todas conforman la Organización de Capitanías Weenhayek, a la cual se suma una aldea tapiete para cerrar un todo sindical indígena en la región que se traduce en la sigla Orcaweta, fundada en 1992 y que enarbola la bandera de la demanda de territorio. Su máximo representante es el niyaat qootaj o Capitán Grande, elegido en Asamblea, al igual que sus cinco secretarios y el Segundo capitán Grande que conforman su Directorio.

En la actualidad, este líder es Moisés Sapirana, quien explica que su mandato dura dos años y que su entidad forma parte del esqueleto de la Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB), la matriz de los pueblos originarios de las tierras bajas. “Gestiono cosas para mi etnia y su cultura en los niveles municipal, provincial, departamental y nacional. Soy el que intenta coordinar con las autoridades estatales e informo de todo a mis bases. Todo se hace con control social. No hay nada que podamos realizar sin el apoyo de los demás. Si es que cumplo bien mi tarea, puedo ser reelegido. Eso depende de la votación que consiga”.

Los secretarios que acompañan a Sapirana son el de Recursos Naturales, el de Salud, el de Tierra y Territorio, el de Género, el de Conflictos, y pueden sumarse a la plancha algunos vocales. Todos operan en conjunto. Para llegar a estos puestos es necesario haber tenido un buen comportamiento en las aldeas, o sea, no contar con malos antecedentes.

El Capitán Grande emerge de la elección de cuatro candidatos nombrados por las 22 localidades weenhayeks, los que son votados en la Asamblea, la máxima instancia de decisión indígena. “Se anota en un pizarrón los votos de los representantes comunales y se elabora un acta para declarar al vencedor”.

Este sistema de mando vigente en la Orcaweta se traslada al nivel menor, las localidades bajo el mando del Capitán Comunal. Por ejemplo, el capitán de Resistencia es Emeterio Tórrez. “Tengo que ver todos los problemas en mi jurisdicción. Mi mandato es de dos años y me pueden volver a reelegir por mi comportamiento. Ya llevo dos décadas como dirigente”. Igualmente se reproduce el Directorio. “Siempre una autoridad necesita tener brazos, colaboradores, para que haya firmeza, para que pueda tener mayor valor para buscar las cosas. Es un trabajo sacrificado y se lo hace por cariño, no por dinero”.

Los weenhayeks, a la par, han logrado hallar una fórmula para lidiar con el choque de competencias que ocasiona una investidura edil-estatal que también rige en las comunidades: el presidente de la organización territorial de base, creada por la Ley de Participación Popular de 1996. El abogado del Centro de Estudios Regionales de Tarija (Cerdet), Franco Durán, sostiene que esta figura se ha anexado a la del Capitán Comunal, con lo cual se han evitado los encontronazos.

El sociólogo y director del Cerdet, Guido Cortez Franco, rememora que en la antigüedad el niyaat era el patriarca de los weenhayeks. “El anciano de la familia extendida que tiene autoridad en el clan, muchas veces el suegro, porque las hijas se quedan con él”. Antes, la gente mayor y los hombres adultos tenían mayor autoridad; ahora, los que saben leer y manejan mejor el castellano tienen más capacidad de ocupar cargos de representación. Por ello, hay rivalidad entre ancianos y jóvenes, dos generaciones.

El experto nombra otra referencia para explicar este campo: Antes, los hombres más generosos, los que podían conseguir cosas para distribuirlas entre la gente y defender al resto eran nombrados niyaat o líderes. Ahora continúa lo mismo, y en vez de utilizar la violencia física, los nuevos jefes deben usar la inteligencia para defender sus derechos.

Pero la rebeldía de los miembros de esta etnia para someterse a las reglas y hacer prevalecer su libertad ha llevado a la división permanente entre los jefes originarios, o sea, cada grupo pretende decidir quién manda, lo cual ha provocado en la actualidad la presencia de tres capitanes grandes en la región chaqueña: uno es el reconocido por la CIDOB, la mayoría de los villorios y el Gobierno: Supirana; los otros son apoyados por los municipios que pretenderían infundir con ello la separación entre indígenas.

El comunario weenhayek José Barbón ratifica esta fragmentación política. “Ahora estamos padeciendo esto por culpa de la Alcaldía de Yacuiba, que ha nombrado otro Capitán Grande, una persona que nunca hemos visto. Nosotros, cuando cambiamos dirigentes, lo hacemos mediante una Asamblea, mediante el voto popular. No se respetan nuestros estatutos ni nuestros usos y costumbres”.

Aparte, un punto llamativo en el Directorio que conforman las autoridades weenhayeks es la presencia de la Secretaría de Género, liderada por una mujer; aunque el machismo predomina en este rubro. En el caso de la Orcaweta, este cargo es ocupado por Sofía Romero Sánchez. “Me encargo de solicitar materia prima para artesanías a la Alcaldía de Villa Montes. Sin embargo, a veces los hombres no nos valoran como mujeres. A mí, cuando ellos hacen reuniones, no me invitan ni toman en cuenta. Dicen que las mujeres no son para esto y eso a veces nos lastima. Y necesitamos que los varones nos apoyen, nos permitan salir adelante. A pesar de todo, aguantamos con paciencia”. Un tema pendiente en la organización.

SANCIONES

El juez de la antigüedad

Casi poco se habla de la justicia comunitaria entre los weenhayeks. Sus líderes prefieren evadir el tema cuando surge la pregunta. Aseguran que entre sus bases no hay una tendencia hacia la criminalidad y que son un pueblo ante todo pacífico. No obstante, hay relatos sobre el asunto. El antropólogo Wigberto Rivero Pinto señala, por ejemplo, que los ancianos cuentan que anteriormente, por la vigencia de que los miembros de esta etnia sólo podían unirse entre indígenas, los que buscaban pareja entre los habitantes de otras regiones eran castigados duramente, incluso eran enterrados vivos. Pero en la actualidad, la libertad de contraer nupcias se ha implantado en esta sociedad.

El sociólogo Guido Cortez Franco señala que el niyaat, que hoy es el Capitán Grande o Comunal que se halla a la cabeza del sistema de autoridades que rige entre los weenhayeks, en otros tiempos era el encargado de impartir la justicia originaria. El experto explica que entre el siglo XIX y el año 1930 los delitos en esta nación eran sancionados bajo la ley del Talión, o sea, con el conocido “ojo por ojo y diente por diente”; sin embargo, esta visión cambió con la influencia de la Iglesia Evangélica Pentecostal que difundió la idea del perdón y el arrepentimiento. “Ya no se debía castigar con violencia”.

Antes, a la par, las sanciones contra las vulneraciones a las reglas eran establecidas entre las familias de la víctima y el victimario. En cambio, actualmente, a veces el Capitán Comunal media en el problema, otras veces la Organización de Capitanías Weenhayek y Tapiete del Chaco tarijeño, o los pastores evangélicos, la Policía, la Fiscalía de la urbe cercana, el Centro de Estudios Regionales de Tarija… “Y en muchas ocasiones los líderes más fuertes evaden el castigo al no aceptar la autoridad a la que se han sometido. Esto porque hay un vacío legal y normativo al interior del pueblo”. Eso sí, el rumor y el chisme son utilizados como mecanismos de control social.

“Antes tenían un sistema de justicia que era muy duro: si alguien mataba a alguien, la familia del fallecido venía, se vengaba y mataba al agresor o a algún familiar. Pero los evangelistas predicaron que quien hace daño puede ir al templo, arrepentirse, llorar y así se le perdonaban todos los pecados. Y entonces hubo una confusión que poco a poco se duplicaría: se empezó a ver a la gente política urbana como que hace promesas y miente, y si tiene poder político no tiene castigo, o sea, fue un tercer modelo asimilado, el del más vivo. Y así los weenhayeks fueron conociendo sistemas de justicia no acordes con su tradición. De esta forma surgieron líderes que se vincularon a partidos políticos, se enrolaron con la corrupción y evadieron las penas comunales escapando de las poblaciones durante varios meses o años, hasta que la gente se olvide de su falta. Entonces, aprendieron a evadir la norma tal como sucede en otros modelos de justicia”.

El capitán de la localidad de Resistencia, Emeterio Tórrez, asegura que es él quien ayuda a solucionar los problemas internos que surgen en su jurisdicción, con la ayuda de su Secretario de Conflictos. “Me llaman y debo arreglarlos. Aplicamos nuestros usos y costumbres. Por eso es que me han reelegido varias veces, porque logro imponer autoridad y más bien todos nos respetamos en mi comunidad”. Tórrez sostiene que una de las sanciones más comunes para los transgresores de las reglas es anotar su delito como un antecedente, para que no pueda acceder a ningún cargo jerárquico en el futuro.

Adiciona que a veces se recurre en los “juicios” a los consejos del Capitán Grande de los 22 villorios weenhayeks, el cual puede apoyarse en el Directorio que se halla bajo sus liderazgo. “No aplicamos nada de pena de muerte; somos respetuosos de la vida. Nuestros castigos son leves, buscamos que el compañero que ha cometido algún delito pueda reaccionar, si no, también acudimos a la Policía y la Fiscalía. Igual pedimos recomendación de los más ancianos cuando estamos con alguna duda sobre lo que debemos hacer. Algo debe quedar claro: los weenhayeks somos pacíficos, pero otra gente opina lo contrario”.

EDUCACIÓN

Los primeros profesionales

Decenas de niños corretean sonrientes por los alrededores de una construcción de la localidad weenhayek de Resistencia en el Chaco tarijeño. El reloj marca las 16.00. Todos ellos se encuentran en el periodo de recreo. Al ingreso de la escuela comunal sobresale un pedazo de fierro que sirve como campana para el llamado del inicio de las clases. María Sánchez Pérez es una de las profesoras. “Tengo 30 alumnos de primero y hay otra educadora que se encarga de impartir la enseñanza hasta el quinto grado”. Sánchez es indígena y aplica su idioma originario con los educandos. “Nadie nos ayuda con materiales escolares y los padres no pueden comprarlos por falta de ingresos económicos”.

El capitán del poblado, Emeterio Tórrez, sostiene que por la lejanía de los otros centros educativos que imparten estudios en los niveles medio e intermedio los pequeños dejan la educación escolar y se dedican a ayudar a sus padres en el sostén de sus hogares. “Por eso estamos buscando que se realicen internados, para evitar la deserción. Por ejemplo, el colegio más cercano que brinda cursos a los más grandes está en Capirendita, a horas de caminata, y a ratos allí los tratan mal a los changos y por eso se vuelven a sus casas. Así pasó con uno de mis hijos”. Por este diagnóstico, es casi difícil que los jóvenes arriben a la universidad, aunque se están dando algunos ejemplos de superación.

La máxima autoridad de la Organización de Capitanías Weenhayeks y Tapiete (Orcaweta), Moisés Sapirana, comenta que una falencia en las aldeas de su etnia es precisamente que las unidades educativas sólo imparten clases en el nivel básico. Sin embargo, con la ayuda de grupos de evangelistas y católicos se ha conseguido que algunos muchachos que han salido bachilleres continúen sus estudios en la Universidad José Misael Saracho, de la urbe tarijeña, y en escuelas normalistas para profesores y ayudantes en enfermería. “Este año, Gilberto Márquez ha sido el primer profesional weenhayek, se ha graduado de abogacía, y pronto igual lo hará el subgobernador Federico Salazar”.

Más números sobre este asunto los maneja el sociólogo Guido Cortez Franco, director del Centro de Estudios Regionales de Tarija. Hasta el año 2005 hubo 85 bachilleres weenhayeks que se estaban especializando como maestros bilingües, 77 de los cuales eran varones y los ocho restantes, mujeres. “De este grupo, alrededor de 32 son maestros bilingües interinos y diez normalistas o en camino de serlo. Con el apoyo de religiosos católicos también se dispondrá en un corto plazo de unos ocho jóvenes formados como auxiliares de enfermería. Otros estudian para educadores normalistas en la zona guaraní de Camiri”. Un segmento social que nace entre los weenhayeks.

El ex secretario de Tierra y Territorio de la Orcaweta José Luis Guerrero sostiene que se tiene que aprovechar al máximo el auge de profesionales entre los de su etnia, para que luego vuelvan a sus comunidades y apliquen sus conocimientos para el beneficio de sus compañeros y familiares. “Muchos nos dicen que somos gente no inteligente, nómada, pero todo eso es mentira. Los weenhayeks que se han capacitado han demostrado todo lo contrario, o sea, somos personas que podemos compartir un desarrollo como cualquier ser humano, como cualquier ciudadano, y eso es lo que las autoridades no quieren que los weenhayeks sean algo y así les increpen”.

La enseñanza bilingüe, en castellano y lengua weenhayek, fue impulsada por la Misión Evangélica Sueca en las escuelas indígenas. Ello posibilitó el establecimiento del alfabeto de esta nación originaria. Actualmente, hasta nivel básico, las clases son impartidas bajo este sistema. Los infantes aprenden a leer y escribir en el idioma de sus antepasados, pero al llegar a la secundaria, ellos sólo pueden acceder a una educación bajo el sistema castellano. “Eso vamos a tener que trabajar un poco. No podemos dejar que nuestros jóvenes sean apropiados por otra cultura cuando ascienden en los centros educativos”, dice el capitán Sapirana.

Cortez rememora que el apoyo del evangelismo en esta área tampoco fue gratuito. Resulta que esto tomó forma ante la imposibilidad de los misioneros de insertar a esta etnia en la agricultura. “Los proyectos productivos de los primeros 25 años fracasaron porque el weenhayek es sobre todo pescador y recolector y no puede esperar tres meses para que crezca un árbol porque tiene la posibilidad de partir al río Pilcomayo y conseguir sustento en pocas horas; aparte de estar limitado por los efectos negativos del calor y la falta de agua”. Es así como las escuelas bilingües llegaron los años 70, algo que actualmente es muy apreciado por estos indígenas.

No obstante, todavía falta mucho para lograr que los weenhayeks dominen la estructura gramatical de su idioma, es decir, para que lo escriban de forma correcta. Sánchez opina que ello se puede lograr sin dejar de practicar su lengua en los colegios de niveles superiores. “A mí me costó tiempo y paciencia aprender lo que hoy sé. Y es que si a un niño o joven le dictan y le hacen leer todo en castellano, lógicamente que va a dejar su idioma materno. Y esto es algo que debemos reservar como pueblo weenhayek”. Sapirana coincide con la educadora y anuncia que se trabajará con el Ministerio de Educación para potenciar a esta formación bilingüe.

TERRITORIO

Contra los ganados y los ductos

“Van más de 15 años de lucha y todavía nos falta mucho”. Las palabras de José Barbón se han vuelto una letanía sin fin. La demanda territorial plena del pueblo weenhayek asentado en el Chaco tarijeño aún no se plasma en títulos estatales; no obstante, ha logrado la aprobación de un porcentaje mínimo de su petición; pero aún falta la batalla final con los ganaderos. Esta nación originaria espera acceder a este requerimiento para implantar una gestión sostenible en sus predios ancestrales ante el daño ambiental que sufren sus recursos naturales, sobre todo las aguas del río Pilcomayo, y los terrenos por donde pasan ductos gasíferos.

El antropólogo Wigberto Rivero Pinto sostiene que el Decreto Supremo 23500, de 1993, otorgó a esta etnia la propiedad de más de 195.000 hectáreas repartidas de la siguiente forma: área 1, provincia Gran Chaco, secciones municipales Villa Montes, Crevaux, d’Orbigny, Villa Ingavi, con una superficie de 194.435 hectáreas, y área 2, sección Palmar Grande, con 1.200 hectáreas. O sea, así se dio nacimiento a una tierra comunitaria origen reconocida por el Instituto Nacional de Reforma Agraria. No obstante, hay voces que contradicen todo esto.

El sociólogo y director del Centro de Estudios Regionales de Tarija (Cerdet), Guido Cortez Franco, aclara que la trampa estuvo en que todo esto se ligó al saneamiento de tierras, lo que provocó que, de las 195.847 hectáreas demandadas, hasta la fecha sólo se hayan certificado 21.970 hectáreas en beneficio de los weenhayeks, lo que significa poco más del 12 por ciento. “El resto está en manos de propietarios ganaderos, y será complicado expropiarles tierra. Legalmente es posible, pero es difícil el manejo de la protesta social de este grupo que cree que los indígenas no necesitan la tierra porque alegan que no son agricultores, y no se entiende el manejo territorial de pueblos recolectores”.

¿Por qué los weenhayeks vieron la necesidad de acceder a una tierra comunitaria de origen? Cortez recuerda que para 1990 once aldeas apoyadas por la Misión Evangélica Sueca contaban con la posesión legal de 5.600 hectáreas, mientras que otras seis se asentaban en unas 1.500 hectáreas que eran reclamadas por ganaderos. En síntesis, esta cultura con aproximadamente unas tres mil personas disponía de unas dos hectáreas y media per cápita para entonces. Y tomando en cuenta su naturaleza recolectora de características seminómadas, la extensión disponible y habitable era notoriamente insuficiente.

El abogado del Cerdet que asesora a esta etnia en Villa Montes, Franco Durán, señala que el saneamiento recortó lentamente la petición territorial de los weenhayeks, lo cual benefició a otros actores. “El Decreto Supremo 23500 fue una verdad a medias. Se ha calculado que con el proceso de saneamiento se va a llegar al acceso de entre 100.000 y 98.000 hectáreas. Existe el compromiso del Gobierno actual, ha habido un avance grande con más de 21.000 hectáreas certificadas, sin embargo todavía seguimos en la pugna, resta mucho”.

El ex secretario de Tierra y Territorio de la Organización de Capitanías Weenhayeks y Tapiete (Orcaweta) José Luis Guerrero arguye que sus principales enemigos, los ganaderos, no justificaron aún la función económica social de sus propiedades. Con miras a su objetivo, los weenhayeks están unidos a la Confederación de Indígenas del Oriente Boliviano y cuentan con un documento para acrecentar sus expectativas: el estudio estatal de identificación de necesidades espaciales que recomendó la dotación de más de 300.000 hectáreas para el desarrollo de este pueblo.

Pero otro asunto que preocupa a los originarios es el deterioro de su hábitat. Las explotaciones hidrocarburífera y forestal y el sobrepastoreo del ganado vacuno y el caprino han afectado su economía y subsistencia con la disminución de plantas útiles, animales silvestres y especies melíferas. De todo esto, sólo reciben indemnizaciones por parte de firmas petroleras, lo cual también se ha traducido en el financiamiento de algunos proyectos económicos.

Cortez dice que entre los años 2001 y 2005 las empresas energéticas entregaron compensaciones individuales, pero a unas pocas personas con derechos de concesión en el río, como consecuencia de impactos ambientales y sociales producidos por el tendido de ductos. Estos montos de dinero no han modificado estructuralmente su posición social y han sido aprovechados coyunturalmente. Es decir que no se ha comprado maquinaria o bienes de capital para con ellos dedicarse a alguna actividad productiva. O sea, la pobreza sigue imperando entre los weenhayeks.

El capitán grande de la Orcaweta, Moisés Sapirana, sostiene que el desarrollo tiene que llegar a los casi 6.000 weenhayeks que habitan en el Chaco tarijeño. Y postula que una de las salidas para ello es la implantación de la autonomía indígena en el territorio que sea reconocido por el Estado. Guerrero complementa que en esto se apunta a un modelo de autogestión para no depender de los municipios ni de la Prefectura, instancias que poco o casi nada han hecho por lograr el crecimiento de esta etnia.

Y lo que más les intranquiliza es la contaminación de su principal fuente de alimentos, el Pilcomayo. Rivero afirma que éste agoniza por los desechos tóxicos que provienen de las cabeceras del manantial en las regiones mineras de Potosí, donde las grandes empresas privadas llevan a cabo explotaciones de minerales; a esto se suman las prospecciones petroleras, el desmonte sin control del bosque y las prácticas agropecuarias inadecuadas que afectan de manera grave al ecosistema de la zona. Barbón resume su miedo con la siguiente frase: “Si seguimos así, todo lo que está aquí va a morir, igual nosotros”.

 
 
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