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El Siciliano, el último de los bandoleros románticos

Salvatore Giuliano

Por: Lupe Cajías de la Vega
Salvatore Giuliano, poco antes de ingresar al monte.

Juan Lechín y sus mineros y Salvatore Giuliano y sus agrarios compartían más de una semejanza en su biografía inicial, aunque la llegada de los años cincuenta significó para uno la victoria y para el otro el asesinato, nada menos que en manos de su primo, lugarteniente y mejor amigo, Aspanu Pisciotta. Historia que ha ocupado a Francesco Rossi, Mario Puzzo, Gavin Maxwell...

Recuerdo perfectamente la primera vez que contacté la historia de Salvatore Giuliano, El Siciliano. Rebuscaba en periódicos fechados en 1947 para recuperar fichas sobre la biografía del líder obrero Juan Lechín, cuando tropecé con la imagen de un hombre extremadamente hermoso, dodicacéfalo, como los primitivos griegos, los cretenses, de cejas espesas, mirada profunda y boca perfecta.

Un dato más para la curiosidad. Tenía los ojos oscuros bordeados con un hilillo de plata. ¡Eran ojos bicolores! Aquella fue la característica que había angustiado a la madre de Juan Lechín, Juana Oquendo, porque, como ella misma repetiría muchas veces después: eran los ojos de Cristo y de Rasputín y desde entonces supo que a su hijo le esperaba un destino inquieto. Así también recordaba María Lombardo, cuando seguía aterrada y, a la vez, orgullosa, las hazañas de su pequeño Salvatore, “Turi”, escorpiano, cuyo genio vivo siempre había protestado ante la injusticia contra un campesino que no podía vender su propio maíz o su propio vino.

Después me enteré por los comentarios de mis tías beatas, que no sólo se persignaban cada que veían a Juan y les atacaban sueños prohibidos, sino que también la imagen de Salvatore poblaba sus ilusiones más prohibidas.¡Qué hombres!, ¡qué ojos!, ¡qué brazos!.... pero, eran el mismo demonio disfrazado, precaverse era necesario.

Lechín y sus mineros y Giuliano y sus agrarios compartían más de una semejanza en su biografía inicial, aunque la llegada de los años cincuenta significó para uno la victoria y para el otro el asesinato, nada menos que en manos de su primo, lugarteniente y mejor amigo, Aspanu Pisciotta. Guión para revistas como “Life”, películas y libros que han ocupado a Francesco Rossi, Mario Puzzo, Gavin Maxwell y hoy se traducen en páginas electrónicas y pasajes en you tube.

Por 1947, el orden rosquero consideraba a Lechín como un subversivo que quebraba la ley y la paz y lo persiguió en el campamento, en la frontera, en la ciudad.

Giuliano, con sólo 20 años en 1943, había asombrado a los carabineros de Montelepre con un célebre asalto al cuartel de la pequeña ciudad siciliana, y había infringido certeros golpes al poder combinado de la mafia, la democracia cristiana y los terratenientes. Durante seis años atacó sin tregua a duques y latifundistas que por siglos habían dominado y explotado a los campesinos italianos. Aquel bandolero era protegido por sus vecinos y paisanos y durante años, hasta la terrible masacre de Portella delle Ginestre, fue considerado un moderno Robin Hood que asesinaba ricos y robaba sus bienes para entregarlos a los pobres. En 1947, cambió su historia.

Años después, conocí el trabajo del destacado historiador inglés anarquista, Eric J. Hobbsbawn, sobre los rebeldes primitivos, entre quienes están los mineros bolivianos y, especialmente, los bandoleros sociales. Entre ellos ocupa el primer lugar Salvatore Giuliano por todas sus características.

Hace unos meses, una nueva película sobre Giuliano, “Secreto de Estado”, ha renovado el interés por el legendario héroe negro pues, como ya se sospechó durante el proceso contra sus compañeros, fue el poder combinado de la Iglesia, la democracia cristiana, los servicios secretos extranjeros y la mafia el que usó a Salvatore para tender una trampa a los comunistas y socialistas, que habían ganado las elecciones sicilianas.

El último de los bandoleros románticos reúne en su biografía los aspectos más brutales del orden legal. Su historia es común a muchos otros puntos geográficos.

DE ESPARTACO A LA MAFIA

Las hazañas de Salvatore Giuliano se desarrollaron en las montañas rocosas que circundan a Montelepre y otros pequeños villorrios, al sur de Sicilia, zona disputada por sucesivos conquistadores y señoríos que han dominado a sus habitantes por centurias.

Fue zona de colonización griega y fue en sus campos agrestes que se sucedieron diferentes conflictos armados, como el paso de Aníbal, el cartaginés, y su ambición de derrocar al Imperio Romano. Más conmovedora fue la rebelión de los esclavos liderados por Espartaco, que había logrado crear un enorme ejército de desposeídos hasta que el aparato imperial lo aplastó. También fue territorio de otras intervenciones sanguinarias con saldos negativos para la población local.

En el siglo XIX, los campesinos se organizaron en logias y grupos de bandoleros para la autodefensa, en diferentes poblados del sur italiano, tal como sucedía en España meridional, en Ucrania.

En Sicilia apareció la Mafia, palabra que en árabe significa “ayuda mutua”, inicialmente una hermandad para evitar los abusos, bajo la consigna de honor y el respeto, y más tarde una asociación con fines criminales, muchas veces ligada al propio poder político y económico, a cambio de “impuestos” o “garantías”.

Es interesante entender que el bandolerismo social cumplió en diferentes zonas rurales la única posibilidad de resistir los abusos del patrón, latifundista o empresa agrícola. Hobbsbawn explica que éste reemplaza a la organización social o política y se da donde no existe el sindicato o el partido. Es un rasgo típico que un hombre se vuelve bandolero cuando hace algo que el Estado considera ilegal (por ejemplo y sobre todo contrabando), pero ese “algo” no es considerado delictivo a los ojos de sus propios paisanos o vecinos. Es más, lo consideran justo pues muchas veces es la forma de subsistencia, de resistencia, y de crear circuitos económicos que no proporcionan ni el Estado ni los oligarcas.

Son muchas las historias de agrarios que por vender un queso ajeno, matar una oveja o robar una gallina, sufren persecución, tortura, apresamiento y hasta muerte. En el caso de Salvatore Giuliano, un intento de pasar unos productos al mercado negro, para solventar la boda de su hermana, significó detención y la amenaza de tortura, como era usual contra los campesinos sicilianos. Mientras, el traficante de varios camiones tenía la vía expedita; bastaba pagar el soborno adecuado al policía, al alcalde.

Giuliano se rebeló y, aún sin querer, herido, mató a un carabinero. Su destino estaba echado. El pueblo lo protegió, lo escondió. La policía apresó a su padre, a sus parientes, a sus vecinos. Giuliano los rescató, casi solo, con una ingeniosa trampa a la comisaría. Empezaba su leyenda.

Como suele suceder, según los historiadores, él también es un bandolero joven, soltero, sin compromisos más que con su rebeldía y con un lazo muy marcado con la madre. Este tipo de forajido no es considerado culpable por sus paisanos, aunque robe y asesine. Mientras no ataque a los pobres y, particularmente, mientras respete los valores locales: la familia, la devoción a la virgen y a las fiestas santorales.

Giuliano logró un impresionante apoyo en su territorio, incluso con un túnel que le permitía llegar a su casa, a la de la vecina/amante, y a la de los padres de los muchachos que preferían escapar de la pobre existencia de labriegos ingresando a su banda. No le faltaba comida, escondite, y hasta vigilancia social para llegar a visitar a su madre.

Sus aventuras duraron seis años, todo una sorpresa, y pudo escapar de los cercos de policías y militares. Aunque desde un inicio, su revuelta tuvo un visto político y contrario a diputados y gobernantes, su principal preocupación era conseguir comida para los pobres, las viudas, los huérfanos. No por ello tuvo relaciones con los comunistas o socialistas, aunque algún dirigente era su amigo. Desde el inicio de su lucha enarboló la bandera tradicional siciliana y apareció como cabeza de un movimiento independentista italiano, aunque sin clara ideología.

En el territorio de Giuliano no había una asociación campesina, aún durante el gran alzamiento campesino nacional, en 1893. Era una zona donde la gente votaba poco y no tenía ni fe ni confianza en las elecciones, los referendos o el sistema político.

Aunque la mafia organizada quiso ganarse a Giuliano o, por lo menos, neutralizarlo, el joven se salió de su control y robaba a marqueses y terratenientes, aunque éstos estaban “protegidos” porque regularmente pagaban su cuota a los mafiosos.

La hermandad recién se organizaba luego de la persecución de los fascistas pues Benito Mussolini había sido uno de sus principales enemigos, quien no aceptaba compartir su poder con nadie.

Como dice Hobbsbawn, Giuliano —igual que otros bandoleros similares— no era un revolucionario, sólo un rebelde contra tanto abuso. Como otros, no comprendía las fuerzas de la nueva sociedad y sólo se limitaba a atacar lo que no entendía. Carecía de ideología y esa era su debilidad.

LA MASACRE DE PORTELLA...

En 1947, la situación política italiana había cambiado. Pasada la peor etapa de la reconstrucción post Segunda Guerra Mundial, las fuerzas políticas encontraban su acomodo. En territorio italiano, el voto socialista/comunista se incrementaba paulatinamente en todo el país. Sorprendía su crecimiento en Palermo, Sicilia, a pesar del control de la mafia, aliada soportada por el Gobierno de Roma.

No olvidemos que los servicios secretos estadounidenses no estaban quietos desde 1945 para evitar que la derrota nazifascita se convirtiese en una victoria comunista. El objetivo mayor no era apresar y juzgar a los antiguos criminales de guerra (vr.gr. Klaus Barbie) sino utilizarlos para frenar el avance de la izquierda. Italia era un país clave, en pleno centro europeo y con todo su simbolismo para occidente; España estaba neutralizada con Francisco Franco, no importaba su alianza con Adolfo Hitler.

Los triunfos comunistas asustaban también a la Iglesia Católica institucionalizada, que no terminaba de borrar las huellas de su colaboración con el fascismo. La llegada de los “rojos” no sólo afectaría las romerías y misas, sino sus privilegios y el enriquecimiento de su estructura.

Al parecer, y nuevas investigaciones así lo demuestran, hubo una conjura de jefes políticos —incluyendo al propio Ministro del Interior—, de curas y de los mafiosos para matar dos pájaros de un tiro. Usar a Salvatore Giuliano para detener una gran marcha de socialistas y comunistas y, al señalarle como responsable, Giuliano no contaría más con el respaldo de los pobres campesinos.

Aparentemente, la mafia utilizó al propio padrino de Salvatore para prometerle una amnistía para él y sus lugartenientes (traslado secreto a Estados Unidos, donde lo acogería la “familia” Corleone) a cambio de detener la manifestación comunista del Primero de Mayo de 1947 de las dos localidades más izquierdistas: Piari dei Greci y San Giuseppe Jato, encabezada por el líder local, el senador Lo Cuasi.

Lo convencieron alertándolo sobre el ateísmo y falta de respeto a los valores que pregonaban los marxistas. Salvatore envió dos grupos con la instrucción de disparar al aire, según dicen sus defensores. Las nuevas indagaciones con base en el juicio de 1956, afirman que hubo un tercer grupo, el paramilitar que fue el que realmente disparó contra la gente. Según otros, él fue consciente de la masacre.

En todo caso, al encontrarse las columnas de manifestantes en Portella delle Ginestre, ráfagas de ametralladora detuvieron la marcha y pronto cayeron una docena de muertos, incluyendo mujeres y un par de niños. Decenas de heridos quedaron regados por el campo.

DECADENCIA Y MUERTE

Quizá nunca se sepa realmente qué sucedió. La masacre quedó como una impronta en las luchas sociales italianas y aún hoy hay una estela que la conmemora en pleno campo siciliano. Los políticos y mafiosos lograron su objetivo doble. El ascenso comunista quedó trunco con la muerte de sus líderes locales; el que se salvó en el lugar fue asesinado luego y el miedo secular volvió a los campos.

Por su parte, Giuliano perdió el apoyo popular y los vecinos lo señalaron como responsable de la muerte de sus propios compañeros. Corrió el rumor aterrador: Salvatore había aceptado dinero de Don Croce, el capo de los mafiosos.

Dejó de tener la protección del pueblo y sus hombres más cercanos se alejaron, muertos o fugitivos. Hasta 1950, su existencia en las montañas fue de sobrevivencia, con pocos ataques osados.

La mafia le ofreció el escape hasta Nueva York, Estados Unidos, conspiración que mereció un extenso libro de Mario Puzzo, que relaciona el caso con Michael Corleone y el propio “El Padrino”.

Apartado, con sólo la ayuda de sus parientes cercanos, Salvatore aceptó el traslado. Sin embargo, jamás tomó el barco: su más íntimo amigo y compinche desde la niñez, su primo, Aspanu Pisciotta, lo asesinó. Este pasaje y sus razones también son materia de otro libro, de Maxweel, “con amigos así, quién necesita enemigos”. Pisciotta fue apresado y fue el que rebeló la trampa a Salvatore en Portella; murió envenenado en la prisión.

Ninguno sabía, más que la madre, que Salvatore Giuliano tenía una carta de triunfo: un Testamento político, cuya copia entregó a su joven esposa para sacarlo de Italia. La historia de este documento es otro espacio de especulación.

Mientras Lechín y sus mineros conquistaban las calles paceñas en abril de 1952, los historiadores consideraban que la muerte de Salvatore puso fin al último de los bandoleros sociales. La falta de ideología, de partido organizado, marcó la diferencia entre ambos grupos de rebeldes primitivos. Las guerrillas latinoamericanas heredarían históricamente parte de esos métodos.

Aquel bandolero era protegido por sus vecinos y paisanos y durante años, hasta la terrible masacre de Portella delle Ginestre, fue considerado un moderno Robin Hood que asesinaba ricos y robaba bienes para los pobres

La mafia le ofreció el escape hasta la ciudad de Nueva York, Estados Unidos, conspiración que mereció un extenso libro de Mario Puzzo, que relaciona el caso con Michael Corleone y el propio “El Padrino”

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