Pero este nombre estaba destinado a desaparecer: en primer lugar porque era demasiado genérico, poco original si se quiere; en segundo lugar porque no llevaba el nombre de un santo, lo que hacía de éste un sitio desprotegido de la mano de Dios y, finalmente, para la visión indígena no significaba nada
El pasado 20 de octubre festejamos los 461 años de fundación de nuestra ciudad y aunque la magnífica celebración del bicentenario del grito libertario lanzado un 16 de julio opacó de cierta manera la remembranza de la fecha de creación oficial de este territorio, creo conveniente rendirle homenaje a La Paz más allá de los sentimientos de resentimiento que pueda inspirar esta “fundación”, y en lugar de pensarla como un estigma de conquista y opresión, quisiera sentirla como el punto de partida para un maravilloso ensamble de engranajes que conformaron si bien por veces una jarcia en el sentido más sañudo de la palabra, también un motor de resistencia, adaptación y —por encima de todo— conservación desde el primer momento de la intrusión española.
Es ahí donde considero la importancia de los sucesos a la llegada de los peninsulares, cuando el choque de culturas y el descubrimiento del otro llevaron a un sinnúmero de cambios y articulaciones, muchos de los cuales han desaparecido por completo al ser sustituidos, y han sido condenados al olvido. Tal es el caso del nombre perdido de nuestra ciudad que hace su aparición en una obra geográfica de Antonio de Herrera y Tordesillas titulada Descripción de las Islas, y Tierra Firme del Mar Océano, que llaman Indias Ocidentales (1), mejor conocida como Descripción de las Indias Ocidentales, publicada en 1601, donde el autor menciona y brevemente refiere el nombre, fundación, fundador y características de las poblaciones desde la isla de La Española hasta las Filipinas —es decir, todo lo que hasta la época se consideraba dominio español—, seguido de ciertas leyes y los nombres de las autoridades que allí gobiernan.
Aunque fue también prolífico traductor de textos franceses e italianos, Antonio de Herrera es ante todo historiador y sus trabajos más conocidos tienen relación con la historia europea, siendo éstos prolíficos hasta 1589, cuando su fama le llevó al puesto de Primer Cronista Mayor de Indias (1596) y de Castilla (1598). Cronista de segunda mano, pues nunca se encuentra en las Indias, su puesto le granjea un cómodo acceso a todos los escritos indianos de la época, incluso a aquellos manuscritos que al presente se han perdido.
Herrera posee además un interés por la geografía y esto se ve reflejado en su Descripción de las Indias Occidentales, donde además de un interés por referir con la mayor veracidad posible los datos recopilados (2), puede observarse una tenaz rivalidad con Américo Vespucio (3). Sin duda alguna, el trabajo de Herrera tiene autoridad suficiente para ser consultado y siendo esta descripción una situación meramente geográfica, no hay nada que nos haga pensar en intenciones de encubrir o inventar datos dado que no existe provecho alguno en tal intento.
Aunque su fundación oficial como “Nuestra Señora de La Paz” se da en 1548, es bien sabido que el asentamiento de Chuquiago o Chuquiabo existía desde muy antiguo y aunque la primera expedición a la región realizada por Diego de Almagro no estuvo específicamente en nuestro sitio, en 1538 Gonzalo Pizarro pone pies en el valle anoticiado de su riqueza aurífera. Así pues, la presencia española en el área se registra desde antes de 1548 —de hecho, incluso se sabe que hubo una lucha contra la penetración de los extraños hombres barbados que cargaban la cruz.
Ahora bien, sin duda alguna, la cuestión de las toponimias trajo ciertas dificultades a los recién llegados: mi hipótesis es que justamente al momento de asentarse aquí surge el nombre al que me refiero pues era costumbre de los españoles bautizar los sitios con nombres castellanos usualmente relacionados con la religión católica y sus santos o con acontecimientos memorables, pero este nombre no tiene relación ni con lo uno ni con lo otro quizás por la cuestión de la guerra civil que se estaba gestando entre Pizarro y Almagro.
Sea cual fuere la razón y el origen del apelativo, me interesa demostrar que La Paz fue conocida por su nombre perdido por lo menos hasta finales del siglo XVI, momento en que su uso se dejó de lado pues el de Nuestra Señora de La Paz y Chuquiabo se habían asentado perfectamente en la mente de sus habitantes y visitantes, lo que es bastante lógico pues el primer nombre evocaría siempre la pacificación de la guerra civil entre Pizarro y Almagro, haciéndolo inolvidable al menos para los peninsulares, y como los indios le conocían desde antiguo con el nombre de Chuquiabo, esta nomenclatura no cambiaría en absoluto incluso hasta nuestros días.
Pero este nombre perdido estaba destinado a desaparecer: en primer lugar porque era demasiado genérico, poco original si se quiere; en segundo lugar porque no llevaba el nombre de un santo, lo que hacía de éste un sitio desprotegido de la mano de Dios y, finalmente, para la visión indígena no significaba nada por lo que, no habiendo quién le dé legitimidad, simplemente desapareció en la historia y en los viejos oficios y manuscritos de los cronistas e informantes de la época; y siendo que nadie le extrañó en absoluto ha quedado incluso borrado de los magines de nosotros, sus propios hijos.
A partir del siglo XVII, la tumba se hace más profunda: ni siquiera Concolorcorvo lo conoce, no sabe de él Charles Wiener ni nos habla de él Nicolás Acosta; Alberto Crespo y Mariano Baptista guardan silencio, y Fernando Cajías —quien más tempranamente ha escrito una relación sobre La Paz— no le menciona. Ha quedado en el olvido este nombre, ha muerto pues y deseo darle vida, aunque sea sólo por un momento y quisiera que usted, lector, me acompañe a manera de homenaje a nuestro suelo; démosle vida a este nombre muerto sólo por romance, por nostalgia, por ponerle más vidilla al asunto.
Le doy paso a Herrera —pues a él le debemos el dato— para que nos hable de La Paz:
“La ciudad de nuestra Señora de la Paz, por otro nonbre pueblo nuevo, y Chuquiabo, en medio del Collao 100. leguas del Cuzco, y 80. de la Plata, tiene monasterios de Franciscos, Agustino, y de la Merced, con mucho vino y muchos ganados, fundola el Capitán Alonso de Mendoza año de 1549. siendo Presidente el Governador del Pirú, el Licenciado Pedro de la Gasca, Obispo de Siguenza, que fue después.” (4)
Éste es, lector mío, el nombre muerto de nuestra ciudad: Pueblo Nuevo, nombre que probablemente se usó por muchos años hasta que cayó en el olvido; nombre irónico —como ha sido mucho en la Conquista— pues de nuevo no tenía nada, pero nombre al fin.
Acerca del año de fundación, a primera vista podría parecer que Herrera se equivoca pues todos sabemos que La Paz se funda en 1548 y no así en 1549, pero al parecer, los cronistas del siglo XVI no se ponían de acuerdo con respecto al año de fundación y Herrera coincide con Cieza de León cuando afirma que nuestra ciudad no se fundó sino hasta el 49. Son las actas capitulares las que despejarían las dudas sobre el año en cuestión.
Finalmente, saludo y felicito a mi ciudad, a su gente y en especial a todos aquellos que odian el frío, que detestan el desorden, el bullicio, pero aman tanto su tierra que a pesar de todo se quedan en ella. Por favor, recuerden este nombre perdido de Pueblo Nuevo, coméntenlo, díganselo a alguien más, me parece una bonita forma de homenajear a nuestros antepasados por sus hechos, olvidémonos de esa mala costumbre de culpar a los demás, esta gente creó dioses, sueños y afectos igual que nosotros. Si hay que culpar a alguien, culpemos a las circunstancias.
FOTO • Javier Paz Arteaga