Si, como señala Alberto Crespo, a comienzos del siglo XIX el contrabando de tabaco era inevitable por la existencia del monopolio, durante la guerra fue incontrolable. Ramón Rivert y Moreno informó entonces que los patriotas se incautaban de la mercancía. Los insurgentes, tan fumacos como los realistas, asaltaban grandes cantidades de tabaco en la zona de Suri
Entre las curiosidades que precedieron a los movimientos revolucionarios en el territorio de la entonces benemérita Audiencia de Charcas, rescatamos el rol del tabaco, tanto en la articulación de la economía como en la desesperación de los conjurados por conseguir un “puchito”.
Seguramente no faltaban las tensiones personales entre esconder el borrador de la proclama, el mapa del arsenal o la lista de los aliados, incluso curas y jefes militares del otro lado. En ese ambiente, era necesario tener un tabaco a mano. Más el desarrollo de la guerra, sobre todo en Inquisivi y en los Yungas, afectaba el normal aprovisionamiento y entonces se sucedieron historias que ahora presento.
Los datos están en el ordenado Archivo Nacional de Bolivia, en Sucre, cuyas cajas nos muestran la historia del tabaco desde 1549, y de su comercio desde 1680. También el Archivo de la Prefectura de La Paz guarda tesoros relacionados con esta industria que tanto aportó a la economía regional y aún aporta con impuestos a través de una de las industrias más sólidas del departamento como es la Compañía Industrial de Tabacos (CITSA).
Es interesante leer la investigación del botánico cochabambino Martín Cárdenas y sus citas científicas que muestran que esta famosa planta tuvo su origen en el sur del país, en la actual provincia O’Connor de Tarija y desde ahí se difundieron sus semillas hacia el norte, hacia el Caribe. Ahí la conoció Cristóbal Colón y la llevó a España y desde esa corte a China, a Turquía y al resto del mundo.
EL HUMO Y EL RITO
La historia del tabaco es una biografía de ansiedades y de prohibiciones y con una tarea asignada de servir como moneda de intercambio económico. Los europeos se asombraron con esa hoja que doblada y prendida se metían los indios a la boca. Aspiraban, se recobijaban y botaban humo. Esa esencia fue interpretada como brujería, como hechicería propia de paganos de esos sitios embrujados. De ahí que la prohibieran el Papa con una bula especial, el Visir con la amenaza de la ejecución, el nuevo Zar, el Rey español.
Sin embargo, la adicción siempre fue mayor. Dicen las crónicas que los arcabuceros fueron los primeros fumacos, luego los curas que fumaban hasta en la misa, los turcos que fumaban negros y los chinos que fumaban como chinos. La Corona hispana, siempre avispada, se dio cuenta de que en vez de prohibir era mejor consumir y cobrar impuestos y tributos. La planta había sido llevada por Sir Walter Raleigh a Virginia, en dominios ingleses, y el famoso tabaco rubio copaba los mercados.
Entonces, los funcionarios coloniales decidieron una medida más sabia: fomentar el consumo del tabaco, sea coyuna, cigarro o cigarrillo. En las islas caribeñas ese consumo era sostenible, sobre todo en Cuba, y en otros lugares la cosecha de la planta servía para conseguir préstamos, intercambios y trueques con otros productos y por ser de fácil conservación era como un ahorro para las familias. Así se creó el famoso estanco y el monopolio real de la venta del tabaco; aunque el contrabando siempre fue más poderoso.
LA GRAN FACTORÍA DE APOLOBAMBA
Desde 1804 se sucedieron diversos informes sobre la intención de crear esa gran fábrica de tabacos (cigarros y cigarrillos) en la Misión de los padres agustinos. Los curas, igual que en otras ocasiones, tuvieron en este proyecto un importante rol. A pesar del problema de la distancia, por la correspondencia, se puede establecer que se quiso hacer la fábrica para satisfacer las demandas en La Paz y de las provincias peruanas del Perú (Puno, Cuzco, Arequipa), aprovechando la calidad del tabaco del norte paceño.
No fueron únicamente la lejanía y los enredos burocráticos los que la abortaron, sino la creciente inestabilidad política en las colonias españolas.
Hemos reconstruido al menos parte de su historia con documentos que se hallan en los archivos Nacional de Bolivia y de La Paz.
Un informe parcial era pesimista: “… Sobre la ninguna utilidad que se advierte en la empresa proyectada por el visitador comisionado (…) para establecer la fábrica de cigarros puros y venta en rama con el tabaco de las misiones de Apolobamba”. Se tenía pensada una producción (¿mensual?) de 7.200 cigarros puros labrados en las Misiones de Apolobamba con tabaco fresco, y no solamente comerciar con los mazos o el tabaco en rama.
En varios lugares de La Paz (leer el cuadro de la página 17) se producía tabaco y de gran calidad, como resaltan los informes coloniales. El tabaco boliviano fue siempre muy apreciado. En la ciudad existía una gran cantidad de estanquillos (leer cuadro de la página 16) donde se vendía tabaco de diferente forma.
TODO POR UN TABACO
No sólo fraudes, contrabandos, maldades y otras trampas rodeaban al comercio del tabaco, negocio que siempre encontró consumidores seguros, sino también el deseo, una adicción, de hacer de todo por fumar, volver al rito épico de prender fuego a una hoja seca, curada, aspirar su encanto, oler su aroma y devolver hacia los cielos el placer en volutas de humo.
No eran sólo kilómetros, sino leguas, postas, postillones, pueblos de aparecidos, tambos, mulas chúcaras, días de montañas y ríos para llevar el tabaco. En las historias de los documentos aparecen incendios, inundaciones, quejas por los malos caminos de La Paz a Cochabamba, muertes súbitas y hasta guerras. Pero el tabaco triunfante venció todos los obstáculos y llegó de una u otra manera hasta los fumacos.
La forma de empacar, que aún es usada en países latinoamericanos y en nuestros llanos, era en chipas, yutes, hojas de plátano, barriles de madera (cedro) con respiraderos, latas, cajones, zurrones de cuero con cientos de manojos cada uno. Luego llegaron otros insumos más sofisticados: maderas finas, cedros especiales y aromáticos, papeles, cartones. Los arrieros aprendieron a acomodar las petacas de cuero o los cajones de madera en lomos de mula, en carruajes, en carros, en navíos. En el fondo de las cajas se preparaban y se preparan las “camas” que pueden ser con hojas de yagua. Existe todo un arte en doblar y acomodar para que el tabaco no se seque ni pierda su aroma y sabor.
El tabaco en polvo, llamado luego rapé, llegaba en frascos de hojalata acomodados en cajas precintadas, con un peso de siete arrobas y unas 150 libras. Otros hablan del polvillo empacado en frascos de plomo, colocados con cuidado en cajones de madera con la esperanza de que lleguen completos al puerto del Callao y de ahí a los mares del Perú.
En 1756, el Director Joseph Nieto de Lara, siempre tan cuidadoso, instruía a sus subalternos buscar las mejores formas para el transporte seguro, para que ningún tabaco llegase seco, fragmentado, podrido.
Podemos notar además que el tabaco salía de la zona de producción a una factoría lejana y volvía en forma de cigarrillos. ¡Qué trabajo! Quizá por eso querían hacer de alguna forma la frustrada fábrica en Apolobamba y exportar desde ahí cigarrillos de papel, polvillos.
En muchos de los oficios enviados por el funcionario del Rey se mostraba la preocupación que tenían él y los estanqueros por la escasez de tabacos en la década de los ochenta del siglo XVII, hecho que causa “grandes angustias”. El Administrador General instruye una serie de medidas con el objetivo de no dejar sin cigarros o polvillo a los fumadores españoles, criollos e indios.
Él conocía la historia de un administrador de Tucumán, quemado años atrás por fallar en la administración de la Renta de Tabacos, y también en febrero de 1781 se habían caldeado los ánimos de los cochabambinos ante un incremento del precio de los cigarrillos. Dice Boleslao Lewin que salió la gente en cabildo y obligó a dejar sin efecto el aumento decretado.
LIBERTAD Y TABACO
A la dificultad de producir, de transportar, a la burocracia, las trancas, los desastres naturales, se sumaba el obstáculo de las luchas por las libertades.
Las rebeliones, los levantamientos, sublevaciones y revoluciones también afectaron al comercio del tabaco. Aunque todavía no existe un estudio que relacione el comercio del tabaco con las crisis políticas, podemos imaginar que la inestabilidad afectaba el circuito normal.
Aunque el tabaco no era un producto de primera necesidad, los adictos lo esperaban ansiosos. Así informa el visitador Francisco de Paola Sanz, cuya visita coincidió con las grandes rebeliones indígenas de Túpac Amaru, Túpac Katari y de Tomás Catari. Es un buen ejemplo de cómo se hizo de todo por fumar un tabaco. Él conocía como pocos funcionarios reales la verdad de los lugares más remotos, más distantes, conocía cada resquicio del tabaco en su camino, desde Paraguay a Cochabamba, desde los Yungas a La Paz. Nos muestra con sus relatos la difícil tarea de llevar tabacos.
Riscos y vados eran vencibles, pero los indios rebeldes le cortaron el paso. Nada fue tan grave en su largo recorrido como encontrar a los indígenas enfurecidos, los indios que no hablaban ni entendían español y que lo mantuvieron en jaque desde Chayanta, entre Mizque y La Plata. Con motivo de las rebeliones en Chayanta y “otros alborotos locales” debió suspender su visita, aunque mandó años más tarde a don Pedro de Altoaguirre para que la concluyera, quien ya había ido desde Oruro hasta Carangas y Atacama.
Los levantamientos indígenas en los años 80 fueron una dificultad adicional a los problemas. “Hallándose interrumpido el establecimiento y fija regla de la Administración de Tabacos y Naipes (…) con motivo de las pasadas alteraciones”.
Tres años más tarde, en 1786, se realizó la visita a las provincias de La Paz. “Que con motivo de la sublevación de los naturales fue preciso practicar para ver los efectos que causó”. Se visitó Chulumani, Coroico, Suri, Sicasica, Omasuyus y Pacajes. El precio del cigarro había subido entre 60 y 400 por ciento a causa de las sublevaciones.
Aunque los resultados están fragmentados, al parecer se encontró que en todos los lugares los comerciantes habían aprovechado la convulsión para ganar más con el tabaco.
Pocos años después, en 1801, la guerra en España afectó las remesas de papel para los cigarrillos. De cien resmas solicitadas por las factorías en la Audiencia de Charcas sólo llegaron 48.
En años sucesivos, se sabía de los problemas que tenían los estanqueros de Irupana, don Antonio Farfán, y de Chulumani, don Narciso Ampuero, por los acontecimientos políticos desde los sucesos del 16 de julio de 1809 en La Paz.
En 1811, las “bullas” parecían ser menores y un tal don Remigio aprovechó para viajar y recolectar las deudas de los estanqueros. Consiguió reunir 3.000 pesos, pues los rebeldes habían asaltado a varios de ellos. Él temía que en realidad aquella rendición de cuentas era sólo un pretexto y trató de convocar, sin éxito, a los estanqueros para que pagasen las otras sumas debidas. Nada era fácil, otros pedían dinero para seguir con sus cultivos en la doctrina de Suri, como el diputado cosechero de Yungas don Francisco Arias.
Interesaba tanto satisfacer la demanda, aunque ya era época de decadencia del Estanco, como conseguir el dinero en efectivo que producía la venta. Igual que había sucedido con las tropas de George Washington, aquí también se planteó usar la renta de tabacos para cancelar sueldos a las tropas.
Probablemente por los problemas que creó la guerra en España (cautividad de Fernando VII), por el bloqueo británico al negocio español, y por los que creaban las republiquetas y guerras de guerrillas, para satisfacer a los fumacos, se resolvió que españoles y extranjeros avecindados en el reino pudiesen establecer libremente fábricas y ejercer su oficio. Esto podía alcanzar al tabaco, pero se siguió reprimiendo su contrabando.
La siguiente es otra historia, casi conmovedora: “Los guardas de las Garitas y demás empleados del tránsito desde éste hasta la ciudad de La Paz, franquearán el paso libre al arriero Florentino Torres que conduce a la Real Administración General 2.009 mazos de tabaco pertenecientes al cosechero Bernardino Burgoa, sin ponerle embarazo hasta su entrega. Cajuata y Julio 29 de 1812”.
En agosto, el tabaco llegó a La Paz, pero Bernardino había muerto en el camino. La viuda Paula Sotillo intentó recobrar la paga y realizó una serie de trámites burocráticos para fijar el precio de la carga “después de vencer tantos embarazos por los pasados acontecimientos”. Sin embargo, las “repetidas gestiones” concluyeron con la negativa funcionaria.
Imagine el lector a esa pobre viuda del cosechero tabacalero Bernardino, a los arrieros y amigos, después de un mes de camino, desde Cajuata hasta La Paz, pasando por la Cumbre, las montañas, los precipicios y los ríos, y al llegar: ¡no hay plata! Sólo dos meses después, la Real Renta se conmovió y pagó más de 500 pesos a doña Paula.
Era 1812, año de guerra, de guerrilleros conspiradores en los campos. Con ese contexto de batallas y rifleros, de sublevados y fincas arrasadas, el comercio era cada vez más caótico.
En esos años, hasta 1816, la guerra de republiquetas era especialmente notable en las zonas donde se producía tabaco: los Yungas, Mizque, Tomina, Yamparáez y los valles Grande y Chilón, donde actuaban los Padilla, Arenales y Warnes. Justamente en la Florida, en la mejor zona tabacalera actual, tuvo lugar la famosa batalla que dio nombre a la provincia y luego a la calle de cafés para fumacos en pleno centro de Buenos Aires.
Otros ejemplos tenemos que muestran que además de las dificultades en el camino había que vencer la burocracia, las famosas trancas que siguen hoy día. Desde San Roque, don Cipriano Michel consiguió permiso del responsable Antonio Marchante para llegar a La Paz con sus 1.250 mazos de tabaco de su propiedad; él era cosechero licenciado, toda una autoridad.
La adjunta guía decía solamente “ocho cargas”, así que el licenciado debió hacer en cada guarda “el reconocimiento de estilo”.
Consiguió finalmente un decreto de tal reconocimiento que, como les gusta a los burócratas, es confuso y aburrido, porque le pagaron por peso a seis pesos la arroba, de “los concurrentes a seis pesos arroba, y en seguida se pagaron los expresados mazos que tuvieron 42 arrobas y doce y media libras neto importa 255 pesos”. Parece que no todos los mazos llegaron en buen estado. Era 1812.
Los años de la larga guerra fueron los más desastrosos para el tabaco, tanto en esta parte de las colonias como en los países vecinos.
Si, como señala Alberto Crespo, a comienzos del siglo XIX el contrabando de tabaco era inevitable por la existencia del monopolio, durante la guerra fue incontrolable. Es difícil saber si se mantuvieron las cifras, pues el contrabando exitoso no deja documentos ni procesos, pero sí sabemos que en 1815 existía una gran escasez de tabacos puros y en polvo.
El Administrador Ramón Rivert y Moreno informó que los patriotas se incautaban de la mercancía y que muchos empleados debían ir armados para enfrentar a esas fracciones o a los contrabandistas. Los insurgentes, tan fumacos como los realistas, asaltaban grandes cantidades de tabaco en la zona de Suri. Con el avance de las tropas libertarias, los empleados abandonaban las aduanas, las tercenas, y en los últimos estancos el tabaco se podría por la humedad. No había nadie para cuidarlo.
Un informe de esa época resume las ganancias de 1808 a 1814 en 39.299 pesos, pero “desde la desgraciada crisis de la revolución”, la “renta se encontraba como huérfana, sin dirección, sin amparo, ni fomento”.
A MANERA DE CODA
La crisis duró casi todo el siglo XIX y recién a fines de esa centuria algunos comerciantes paceños y dueños de estancias en Inquisivi y en Cajuata, Suri, volvieron a activar las plantaciones y los puestos de venta.
Luego hubo otro intento de monopolio, desde los gobiernos liberales. Nuevos tributos y controles, nuevos contrabandos. Recién en los años 30 floreció el moderno comercio del tabaco con el Astoria, el Derby de los Kavlin y el famoso cigarro de los Villa, de Sucre, que impusieron hasta el día de hoy la frase bolivianísima “Dame una Villita”.
Basado en la investigación de la autora sobre la “Historia del Tabaco en Bolivia”.
Los productores del siglo XIX
El Marquez de Selva Alegre fue nombrado Corregidor de La Paz, donde tomó posesión el 28 de octubre de 1753. El Administrador interino era Álvarez Nava, el Fiel de Tercena Fernando Sanz Guerrero, el visitador Gerónimo Maidana (Aranzáes, Diccionario Histórico Biográfico de La Paz, La Paz, 1915, p. 513, citado por Jáuregui IN: Historia, 1980, p. 60).
Como se detalla para la Administración de La Paz, de acuerdo con la circular proveniente desde Buenos Aires con fecha 26 de noviembre de 1801 y presentada el 6 de marzo de 1802. El Administrador ganaba 1.200 pesos anuales y, a la cola, el Sobrestante de la Fábrica de cigarrillos recibía 120 pesos. Existían 16 estanquillos que percibían el 5 por ciento sobre las ventas.
Las administraciones foráneas eran las de Chungamay, Larecaja, Pacajes, Caupolicán, Yungas, Sicasica y Omasuyus, las cuales recogían para sí el 8 por ciento de ventas efectuadas en las Tercenas y el 2 por ciento sobre el “líquido resultivo de las ventas efectuadas en los estancos después de la rebaja del 5 por ciento.
La Administración de Larecaja, con asiento en Sorata, estaba a cargo de 20 pueblos; lugar especial porque abastecía a importantes asientos mineros y porque habitaban en la villa muchos españoles, gustosos de fumar un buen tabaco.
La Administración de Omasuyus, con sede en Achacachi, tenía tratamiento preferencial por estar bajo su jurisdicción el Santuario de Copacabana, que en las fiestas duplicaba su población.
La Administración de los Yungas, con asiento en Chulumani, surtía 13 pueblos. Era la más importante zona de producción de tabaco, aunque también de coca.
La Administración de Pacajes, con asiento en Caquiaviri, tenía bajo su control a 14 pueblos y estancos en todo su territorio.
La Administración de Sicasica era vital para 16 pueblos y varios asientos mineros. Era de las más importantes, por la distribución y por la producción que ya vimos, en Cañamina, frontera con el sur yungueño, que a su vez producía coca en Coripata, en Coroico (Jáuregui, 1996, p. 143).
La venta de cigarros en los pueblos funcionaba plenamente en Pucarani, Laja, (G)uarina, Copacabana, Santiago de Huata, Ancoraimes, Carabuco, Guaicho (ALP, A.T. 1788, C.1 D. 39). Aunque no se especifica quiénes compraban las existencias —que no eran muchas—, podemos ver que había fumacos y que probablemente no todos eran criollos, sino también mestizos y quizá indios.
El estanquero Ignacio Ruiz y Silva, desde Obrajes, distribuía tabacos a Palca, Changamayo, Irupana, Ocobaya, Chulumani, Chirca, Chupe, Coripata, Coroico (Id., A.T. 1804, C.2 D. 29).
En 1790, otro ejemplo, se repartió suficiente tabaco en las provincias de Omasuyus, Pacajes y Yungas, tanto cigarrillos como polvillo habano (Id., A.T. 1790, C.1 D. 51).
Manuel Baldiviezo era estanquero en Caracato y Manuel José de la Calle en Larecaja; Doctrina de Araca, Miguel Benítez y Andrés Rosado de Mecapaca; Cayetano Silva en Tiahuanacu; Gregorio Hinojoza en Calacoto. Mururata cubría las falencias de producción en Coroico.
Nombres como Mapiri o Cajuata, Suri, Coroico, Chulumani, comenzaron a ser populares en relación al tabaco. Igual que los de Irupana, Ocobaya, Chulumani, Chirca, Chupe y Coripata, con mucha fuerza. Además de productores, los de Yungas eran estanqueros, desde la salida por Potopoto (Miraflores) a Irupana, Ocobaya, Chulumani, Chirca, Chupe, Coripata, Pacallo y Coroico.
Los estanquillos de La Paz
La venta de tabaco abarcaba toda la ciudad paceña y había un responsable en cada zona:
Calle Santo Domingo: Bárbara Higuera
Barrio Churubamba: Miguel Olaguibel
Calle San Francisco: Gregorio Miranda
Calle San Agustín: Francisco Borja
Barrio de Mejavire: Mateo Ratón
Puente de Coscochaca: Tadeo Cordero
Calle Colquechaqui: Pedro Moreno
Caja de Agua: Isidro Lucero
Calle de Pescadería: Melchor Ramírez
Calle de las Recogidas: Bonifacio Sánchez
Calle de Huayrapila: Francisco Gómez
Calle de las Concebidas: Manuel Hurtado
Calle del Comercio: María Josefa Paredes
Calle de los Tambos: Andrés Ximénez
Plazuela de San Francisco: Francisco Monterrey
Calle Ancha: Hilario Miranda
Calle de Laguacato: Juan Baptista Hurtado
Doctrina de Mecapaca: Miguel Benítez
Chacarilla de Potopoto: Toribio Cano
Calle de San Sebastián: Eugenio Saavedra
Calle de Chirinos: Roque Noguera
Calle de la Misericordia: Melchora Álvarez
Barrio de Chajuapata: Josef Aquiza
Calle de la Cárcel: Pedro Morales