Ed. Impresa La publicación rescata mitos de la ciudad de La Paz

Obrajes, el barrio que vistió a los paceños

Por Aleja Cuevas - La Prensa - 20/10/2012


Obrajes, el barrio que vistió a los paceños - Aleja  Cuevas La Prensa

Obrajes, el barrio que vistió a los paceños - Aleja Cuevas La Prensa

La zona tiene más de cuatro siglos. Un libro, con una bibliografía de 12 de textos, detalla y describe su historia.

Calles, avenidas, plazas y construcciones son la memoria viva de lo que sucedió hace cuatro siglos, en Obrajes, sitio en donde se erigió la primera manufactura que revolucionó a sus habitantes. En la actualidad, el legado del patrimonio arquitectónico aún pervive. Parte de la historia de este barrio se resume en el segundo fascículo Obrajes Patrimonial que corresponde a la colección Barrios Paceños, que será presentado por el Gobierno Municipal de La Paz, el próximo martes 30.

 breve historia. Según parte de la reseña de esta investigación, del historiador Randy Chávez, de la Unidad de Patrimonio Inmaterial e Investigación Cultural, después de la fundación de La Paz, en 1548, los españoles requerían de telas para vestir, ya que las que usaban comenzaron a envejecer y adquirir nuevas resultaba costoso. Creían que las que fabricaban los aymaras y quechuas eran inapropiadas para la confección de sus vestiduras; ante esta circunstancia, los vecinos Juan de Rivas y Hernando Chirinos solicitaron a las autoridades la licencia para establecer una fábrica de paños, lienzos y bayetas en su jurisdicción.
La investigación de Chávez señala que el Cabildo de la ciudad otorgó a Rivas y Chirinos los terrenos baldíos de Saillamilla, situados a una legua de la ciudad, en una cañada cubierta de árboles, arbustos y matorrales, con ligera planicie sobre el margen izquierdo al río Choqueyapu y contenía un manantial de aguas termales. Con la ayuda de los indígenas mitayos de las proximidades de La Paz se aparejó el terreno y se edificó la primera industria textil. Con el tiempo, las telas de Hernando Chirinos se hicieron populares e instalaron un almacén para la venta en lo que hoy se conoce como la calle Potosí. Con parte de las ganancias se adoctrinaba a los mitayos aymaras y quechuas que trabajaban en los telares.
Siguiendo la información del historiador, en 1577, el virrey Francisco de Toledo, ante la importancia de este establecimiento, promulgó una ordenanza que reglamentó el funcionamiento de estas manufacturas y prohibió el uso del traje incaico y lo reemplazó por vestuarios usados en las serranías de España.
A la muerte de Rivas y Chirinos la manufactura fue heredada a sus sobrinos Enrique y Juan de Salazar, y en 1711 figuran como propietarios Bernardino Salazar y su hermana Laura de Salazar.
La historia cuenta que a la muerte de los propietarios se inició un largo pleito entre la Compañía de Jesús, que radicaba en La Paz, y los herederos que pretendían tener los derechos de la manufactura. Sin embargo, los jesuitas ganaron en definitiva el juicio. Esta orden, por cédula Real de 1751, hizo construir 80 telares, 18 hornos y fabricar cordellates, pañetas, bayetas y frazadas. De esta manera se aumentó el número de mitayos, obreros y como éstos no eran suficientes se les autorizó emplear a los presidiarios de la Audiencia, de Charcas. Esta fábrica estaba respaldada por una organización religiosa, que contaba con instalaciones de herrerías, molinos, lavaderos de oro, industrias de tabacos y fábrica de paños. La extensión de sus posesiones compendió desde el valle de Putu Putu (actual Miraflores) hasta la actual Zona de Calacoto.
En 1767, Carlos III ordenó la expulsión de la Compañía de Jesús de las colonias americanas, por lo que los jesuitas abandonaron sus colegios en medio del asombro y pesar de los habitantes. Después de casi tres décadas de la expulsión, la producción de telas decayó, y los edificios y los terrenos dependientes de Obrajes fueron puestos en subasta pública.
Después de la sublevación de 1781, acaudillada por Túpac Katari, el sur de la ciudad fue convertido en haciendas particulares como parte del castigo a las comunidades indígenas que apoyaron al líder aymara-quechua. Los terrenos de Obrajes se convirtieron en haciendas de cultivo y con el tiempo se construyeron casas de campo, en donde se servían comidas y bebidas en tiempo de Carnavales, ocasión en la que las familias acaudaladas usaban cucharas de oro, cocinaban chocolate en ollas de plata, servían sucumbé y mistela en copas de considerable costo; y las comidas, en platos de plata.
El 14 de septiembre se celebraba la fiesta del Señor de la Exaltación, patrón de Obrajes. Los fieles asistían para rendir devoción a la efigie con repletas misas de culto. En el primer templo (erigido donde se encuentra el actual) se veneraba a la imagen sagrada, dicho establecimiento fue mandado a construir por Teresa Villaverde, cuyas iniciales de su nombre mandó a grabar en la puerta.
Para el siglo XIX, el sector sur de la ciudad fue dividido en 19 extensas participaciones, que corresponden a los actuales barrios de Obrajes, Següencoma, Calacoto, Achumani e Irpavi; estas propiedades se encontraban en poder de personas que poseían cuantiosas fortunas, y algunas de estas tierras estaban al servicio de las órdenes religiosas.

1.890 el escritor Julio César Valdez describió a Obrajes como un equivalente a Chorrillo, en Lima, o Versalles, en París.

Algunos datos de interés
Los días de campo también se realizaban en la época de Cuaresma, en la que abundaban los choclos, frutas y flores, en Obrajes. Los invitados contribuían con vino, pisco, caldo, humintas y ajíes,
En 1817, el teniente coronel Sánchez Lima, Gobernador de La Paz, ordenó la construcción de un puente de cal y piedra (que se mantuvo hasta 1885) sobre el río Chuquiaguillo, el que en la estación de lluvias interrumpía el paso a Obrajes. La obra fue construida para favorecer a una de las bellas damas de ese tiempo, doña María del Pilar Cruzado, a quien Sánchez también obsequió una casa de campo de los corregidores, situada cerca de la plaza 16 de Julio.