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“Fences” (Barreras)

* Fernando Molina

Su autor, el afroamericano August Wilson, obtuvo un Pulitzer por ella en los años 80. Años después de su fallecimiento, a comienzos de esta década, “Fences” fue repuesta con el mismo elenco que aparece en la película, obteniendo un Tony, el principal premio del teatro estadounidense.

Semejante recepción se explica por el poder dramático de esta recreación de la vida de un obrero negro de Pittsburgh, dominante y central, que actúa en base a un código de valores que es el resultado, a partes iguales, de una infancia desdichada, una juventud descarriada, pobreza, desventura, opresión racial (a la que él culpa exageradamente de sus problemas), alcoholismo y un fuerte convencimiento de que el trabajo es lo único que puede mantenerlo a flote.

Según su particular forma de ver las cosas, el sistema está en contra suyo y de los demás afroamericanos. Su deber, entonces, consiste en actuar a la defensiva, sin esperar nada bueno del mundo o futuro, concentrado ferozmente en la obtención segura de su sustento.

Esto mismo quiere de su hijo Cory, un adolescente al que le prohíbe jugar al fútbol americano, para evitarle la humillación que él ha sufrido en su juventud (pero que no sabemos si se dio realmente), pues era mejor beisbolista que los blancos, pero no había podido practicar profesionalmente este deporte. La obra está ambientada en 1957, fecha en la que los deportistas negros ya comenzaban a brillar en las ligas estadounidenses, pero este hombre no quiere ver los cambios. Lo que quiere es que Cory se aferre a su empleo y tenga algo suyo, como él tiene su casa (en la que se desarrolla casi toda la película), a la que ahora le está construyendo una valla (“fence”, sustantivo que terminó traducido como “barrera”).

Pero, ¿quién es realmente Troy Maxson? No un simple amargado, ni tampoco un mero padre desamorado. Se trata un hombre atrapado, por el drama de su vida, en un cerco dogmático de convicciones, con las que él mismo, no guarda demasiada coherencia. Porque Troy no es tan implacable consigo mismo como con su familia. En realidad, toda la dureza, todo el autoritarismo egocéntrico que le caracterizan parecen ser un resultado de su necesidad de aferrarse a un ideal falso, concebido a partir de los prejuicios de su medio, para evitar aceptarse como realmente es y evitar que quienes lo rodean caigan en las trampas que a él lo han arruinado como persona. “Lo que más quiero es que no sea como yo”, dice Troy de su hijo Cory.

Ser negro, ser pobre, ser trabajador, ser sensual, todo esto convierte la vida de alguien en un camino resbaladizo. Se requiere entonces de la ayuda de un catequismo básico y finalmente hipócrita, un talismán para ahuyentar con él, así sea retóricamente, la constante acechanza de derrota o, como dice simbólicamente “Fences”, del demonio y de la muerte.

Pero entonces, ¿quién es realmente Troy Maxson? Al final de la película, su esposa Rose lo recuerda como alguien “grande”, para vivir con el cual tuvo que sacrificar su propia felicidad. Lo hizo sin dudar en consideración a su propio código moral, que la llamaba a sacrificar su propia vida para estar en compañía de un “hombre grande”. Sus hijos quizá se sientan aliviados lejos de él  (“siempre estaba ahí, era una presencia que se metía en mi cuerpo”, dice Cory), pero deben reconocer eso que les recuerda su madre: “Todo lo que hizo, lo hizo por su bien”.

Me he detenido en estas explicaciones para que el lector se asome a la complejidad, la final inteligibilidad y, por tanto, la profunda humanidad de este personaje, que como todos los que lo acompañan en esta película son ellos mismos, inconfundibles, y al mismo tiempo símbolos de las vidas y los ambientes que no vemos, pero que ellos evocan. 

Como película, “Fences” es solo portadora del drama teatral. Pero éste es una verdadera obra maestra. Podemos agradecer, entonces, la oportunidad que el filme nos ofrece de acceder al trabajo de Wilson, dotado de un gran oído para percibir el dialecto y de una gran sensibilidad para captar la mentalidad de los sectores populares estadounidenses. En homenaje a su grandeza literaria, el arreglista del guión que Wilson dejó para la película (con el encargo de que la dirigiera un afroamericano, que al cabo fue Denzel Washington) no firmó como coautor.

Sobre todo, debemos agradecer la ocasión de ver, más de cerca que el público del teatro, la formidable actuación de Washington y de Viola Davis, que con su talento hipnótico convierten lo que era un pedazo de buena literatura en un pedazo palpitante de vida e imaginación.

 

* El autor es crítico de cine.

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