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Manchester junto al mar

Cuerpo

(*) Mauricio Souza Crespo

1. Las películas de Kenneth Lonergan se organizan y giran alrededor de una experiencia destructora, de un accidente que interrumpe la vida, de una iniquidad sin remedio. Aunque, bien miradas las cosas, no son esas intensidades dramáticas las que, por sí mismas, despiertan su curiosidad narrativa: a él le interesan más bien los afectos y desafectos que estas pérdidas o violencias del universo provocan en sus personajes. O, si se quiere, lo suyo no son las apoteosis rutinarias del melodrama sino los largos epílogos, las historias posteriores: es, en suma, un retratista del trauma.

Las tres películas que ha escrito y dirigido —“Cuenta conmigo” (2000), “Margaret” (2011) y “Manchester junto al mar” (2016)— son todas ellas narraciones sobre sobrevivientes de una catástrofe y, lo que es más importante, de la perduración de esa catástrofe en sus estragos y daños. Si Lonergan se ocupara de Edipo, la suya sería una comedia sobre un hombre viejo y desfigurado, esperando la muerte en el destierro junto a una hija que apenas lo soporta.

 

2. En Manchester junto al mar (2016) el sobreviviente es Lee Chandler, un hombre joven, blanco, de “clase trabajadora”  (interpretado por Casey Affleck). Nada elocuente, apenas capaz de articular frases breves y defensivas, tartamudeante, Lee ocupa sus días en los deberes de un portero o encargado de mantenimiento: palea nieve, saca la basura, destapa inodoros, repara fugas de agua. En la descripción de Lonergan, ésta es una disciplina física monacal, como si esos silenciosos ejercicios del cuerpo lo absolvieran o alejaran de las incomodidades del contacto con el mundo.

 

3. Aunque decir que Lee Chandler se protege del “mundo” es una imprecisión: en los hechos, está escapando de las mujeres. Esta misoginia la comparte con la película, en la que los afectos retratados son afectos entre hombres: padre e hijo, tío y sobrino, hermano y hermano, amigo y amigo. Las mujeres o están ausentes o están ahí para juzgar y castigar.

4. Casey Affleck, el hermano menor de Ben, es un actor que ha desarrollado ya un estilo: esquivo en sus manifestaciones verbales, minimalista en el repertorio de sus gestos, peculiar en su dicción y voz. En “Manchester junto al mar” esas maneras extienden y complementan una suerte de memorable ejercicio de contención: Affleck interpreta al Lee postraumático como incapaz de mirar a los ojos de sus interlocutores, incómodo con sus manos, siempre agachado, sesgo alfil que, a la vez, es directo y brutal en el claro diagnóstico y conciencia de su devastación.

 

5. Los materiales que convoca Lonergan no son ajenos al melodrama: muertes accidentales, culpas infinitas, orfandades repentinas, paternidades involuntarias. Pero tal vez no los sentimos así por que el melodrama siempre ha sido una cuestión más de modos que de contenidos y los modos de Lonergan son otros. Sin mayores orientaciones, por ejemplo, la película mezcla los diferentes momentos de su historia, en un arco temporal de cerca de 10 años: al muerto de una escena lo vemos vivo en la siguiente. Esto, que suena caprichoso, termina siendo uno de los encantos de la película: si en el trauma el pasado es una presencia indestructible, los lúcidos saltos temporales de Lonergan son como la versión narrativa de esa sospecha. Para Lee, nada ha sido o será superado.  

 

6. De hecho, los encantos mayores de esta película tienen que ver con la exploración de un tono: lo que se cuenta es terrible, pero en ningún momento las formas de contar eso que es terrible lo son. Lonergan evita acercarse, en más de un sentido, ahí donde un melodrama clásico lo haría (con primeros planos o explicaciones) y más bien deja, a media distancia y con cierto ademán de no meterse, que sus personajes actúen y hagan chistes y cometan torpezas y no reaccionen como se supone que deberían hacerlo en sus circunstancias. Nunca abandona la idea de que quizá las tragedias no tienen por qué ser trágicas.

 

(*) El autor es crítico de cine

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