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Sobre la lengua de Adán de Villamil de Rada

Simón Avilés

Si se pudiera responder de dónde venimos, de qué somos, que un Dios existe y que es el mismo que vive en la Biblia, el Corán, la Torá… Que no sólo se pueda demostrar que la divinidad existe, sino de paso probar que el lugar de donde uno es fue el origen de la humanidad, que de tu tierra es Adán, que tu lengua es la lengua de Dios, que tu tierra es el Edén y que tú, por lo tanto, provienes de algo más grandioso de lo que creías. Destino, fatum, sería haber nacido en el Edén y hablar la lengua del Dios.

¿Cuántas personas pueden decir eso? Tu familia, tus amigos, tu gente. ¿Y que significaría eso?

La lengua de Adán es la propuesta de esta ambiciosa búsqueda y creencia.

Emeterio Villamil de Rada -un hombre septuagenario, en el declive de su vida, un hombre que buscaba retornar a su país, que se sabía cerca de la muerte, que casi literalmente no tenía donde caer muerto- creía que el Edén era en Sorata y que el aimara fue la lengua con que Dios creó el mundo.

El libro de su autoría que llegó a nuestras manos es en realidad el proyecto (inconcluso) concebido con la idea de construir una enciclopédica investigación y demostración de estas hipótesis.

La lengua de Adán (1888) no fue escrita para ser publicada, sino para llegar a gente potencialmente interesada que pueda financiar o apoyar dicha titánica tarea. Emeterio Villamil de Rada escribe la Lengua de Adán como una introducción al trabajo que implicaría demostrar semejante afirmación.

Lo glorioso y reprochable es que no se cuestiona científicamente la posibilidad de que esto no sea cierto.

Villamil de Rada no duda de lo que propone al mundo, está seguro de que su descubrimiento es verdad. Está convencido, está enamorado de su idea. Cumpliendo ciertos estereotipos de anciano enamoradizo no puede más que escribir un argumento  intricado y romántico para convencer al mundo que lo que es verdad para él, lo es para el mundo; que su amor es puro, y por tanto inapelable.

Es difícil la lectura del libro, innegablemente: entre puntos claros que describen que su futura demostración deberá realizarse en la escritura de 18 tomos, aparecen ya los argumentos de su certeza. Villamil de Rada entremezcla su estructurada propuesta, casi impacientemente, desesperadamente, con sus “deducciones” lingüísticas y etimológicas.

A partir de tres palabras aimaras (ali: árbol, aru: la palabra, y uru: la luz), el sorateño recrea y conecta el mundo entero y la civilización humana con lo aimara. Nombres de las cosas en griego, alemán, inglés, ruso, chino, etc. se enlazan en sus argumentos casi poéticos con palabras aimaras. Nombres de personajes y lugares históricos y religiosos se demuestran conectados igualmente con el verbo aimara y, en manos del aimarista, recuperan sus significados “originales”.

Es una caótica demostración que constantemente deduce que todo está conectado al aimara. Las lejanías lingüísticas se deben simplemente a la deformación del tiempo y la distancia: las lenguas han ido mutando, han seguido su camino, pero aún se vislumbra su conexión con la lengua de Adán, el aimara.

Los hombres han salido del Edén y se han distribuido por el mundo, han cambiado, pero vienen de lo aimara y vienen de la región aimara, de América, la cuna del hombre de Dios y de todos los hombres.

Es difícil leer sus conjeturas e intencionados juegos de estilo mezclados con una propuesta sincera y rescatable, pero al mismo tiempo es magnífico poder entrar en la intimidad deductiva de un hombre convencido que ha descubierto El Código para descifrar el universo y al hombre.

La voluntad y entusiasmo permean la escritura de Villamil, tal vez también la desesperación del saberse pronto a la muerte, pero si de algo se puede hablar o disfrutar a más de 100 años de esta obra, es todavía de ese empuje y arrojo.

Lo genial en La lengua de Adán no es la propuesta: hubo muchos intentos fallidos de demostrar que tal lengua o cual otra es la lengua de Dios, como bien indica  en la introducción del editor Mauricio Souza en la nueva edición de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia.

Emeterio Villamil de Rada no sostiene una propuesta original, pero su propuesta científicamente dudosa, es una propuesta de nuestro país. Su valor está en los detalles de contarla y no en su validez.

Es un mito moderno de nuestra cultura. Mi conocimiento previo a su lectura transita lo anécdotico: “hay un libro boliviano que dice que Sorata es el Edén y que el aimara es la lengua de Dios y de Adán, la madre y padre de todas lenguas”.

Sin saber más,  Villamil de Rada ya era un símbolo interesante y peculiar dentro de lo que yo tenía en mi imaginario de lo intelectual nacional.

Quizá su difícil lectura o peculiar construcción del texto incite el interés de lectores muy específicos. Pero la posesión de un libro-artefacto, objeto, que representa la intención y creencia de algo tan grandioso e increíble, es sin dudas algo muy atractivo. Es como tener una copia de uno de los textos apócrifos de un cuento de Borges.

Además, es algo hermoso jugar con la idea de que dentro de todo lo improbable esto pueda ser cierto. Porque ¿qué significaría eso?, que Villamil de Rada realmente sea el poseedor de la verdad y que el aimara es la lengua de Dios: Que parte de lo que somos no es el reflejo del mundo, que en realidad somos la figura que se posa frente al espejo y el reflejo es el mundo.

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