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“Dolor y gloria”: Sobre los fantasmas exorcizados de Almodóvar

Marcos Loayza

Cineasta

¿Se puede ser crítico y duro con una película sin perder el respeto por al autor, sobre todo por lo que dio en sus primeras películas?

Se estrenó en nuestro país, y es algo que hay que valorar, apenas a unas semanas de la premier de “Dolor y gloria” en Cannes. Tal vez el autor le puso demasiada pretensión, que no es lo mismo que ambición estética, pero desde el título “Dolor y gloria”, pasando por los créditos en los que no se lee “dirigida por Pedro Almodóvar”, sino “una obra de Almodóvar”, como queriendo, tal vez, ser un adjetivo; en toda la cinta son muchas cosas muy buenas que sumadas no dan el resultado esperado.

Vamos desde el inicio. El cine español, en tiempos de Franco, tenía construido su prestigio por lo que decía y lo que la censura le permitía decir, recurriendo a muchas vueltas y metáforas; pero cuando murió el caudillo, contra todo pronostico, el cine español entró en crisis. El destape dio mucha carne pero poco cine. En eso aparecieron las comedias de Fernando Colomo “¿Qué hace una chica como yo sentada en sitio como éste?” (1978) y “Bajarse al moro” (1989); y las películas de Bigas Luna “Historias impúdicas” (1977), “Bilbao” (1978); entonces aparecieron las películas de Pedro Almodóvar, cargadas de frescura, desparpajo y libertad, las primeras apenas para llamar la atención de su fuerza y talento. Después vino su madurez, lo que muchos consideramos su mejor etapa y en la que dio sus mejores películas, donde están: “Qué hice yo para merecer esto” (1984), “Matador” (1986 “La ley del deseo” (1987) y “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (1988).

En cada una de ellas había un espíritu lúdico que invitaba a participar al espectador, se apegaban como lo hicieran Rainer Werner Fassbinder y Manuel Puig al melodrama, pero rescatando de él una manera valiosa de contar historias; y como tal se narraban ficciones terribles pero nunca se tomaban demasiado en serio las mismas, es decir Pedro Almodóvar no se tomaba muy en serio a él mismo, ni a sus películas y ni las peripecias que contaba; en cada una de sus obras se tenía conciencia clara de lo kitsch para crear belleza, como una herramienta para interpelar a las vanguardias “avant-garde”.

Esa combinación resultó explosiva en su tiempo; pero, creo yo, con los años Almodóvar se fue tomando cada vez más en serio a sí mismo y lo que antes era feliz coincidencia ahora resulta un “inverosímil difícil de tragar” cuando estamos frente a un drama y no una comedia. Lo que antes era una sorpresa formal, ahora es una colección de objetos de la casa del director. Lo que antes era mostrar con desenvoltura la sociedad española y su gente, ahora es sólo una cadena de autorreferencias y autocomplacencias.

Tal vez el problema sea que el cine de Almodóvar no cuaja con el género que eligió para su última película, “Dolor y gloria”, género que él mismo llama “Autoficción”; porque el hablar en público de uno mismo entraña el riesgo que siempre tienen las memorias, en las que salen mejor paradas aquellas donde el escritor se cura en salud siendo muy cruel consigo mismo, en cambio naufragan aquellas en que el autor considera que lo suyo es algo que todos debemos, sino admirar, tener en gran aprecio. En ese sentido creo que “Dolor y gloria” será indultada sólo por sus incondicionales.

No sabemos bien por qué Almodóvar se metió de esta manera consigo mismo; en todas sus películas hay cosas de él, pero tal vez en ésta quiso exorcizar los fantasmas de aquella época dorada de “La ley del deseo”, tal vez abuenarse con alguna gente buena, o quizás hacer de esta obra, una obra que sea un parteaguas en su filmografía.

No es la primera vez que un director comparte sus demonios o su infancia con el respetable; los más notables ejemplos están en “Fanny y Alexander” (1982) de Ingmar Bergman, y “8 y medio” (1963) de Federico Fellini. Pero si en una nos presenta la rigidez de su padre, y en la otra la fragilidad frente a la creación; en “Dolor y gloria” Almodóvar nos cuenta sus gestos geniales con la parsimonia del informe de un jefe de Estado, su kitsch paradójicamente pretende ser avant-garde, todas las fichas encajan, pero la obra no consigue su propósito.

Éstas son sólo opiniones, porque hay una mayoría de críticos y público que se rindió al innegable talento del cineasta manchego.

Pero, a pesar de todo eso, Pedro se ha ganado un lugar entre los autores cinematográficos que tienen un estilo particular y único, que siempre es atrayente ver; eso tal vez entendió el jurado del último festival de Cannes, que no le dio el premio a Almodóvar, a pesar de que corría adelante en el mercado de apuestas, sino se lo entregaron a Antonio Banderas disfrazado de Almodóvar.

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