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FERNANDO MOLINA

“Bohemian Rhapsody”: una película para los tiempos que corren

Uno puede ver y disfrutar de “Bohemian Rhapsody” por razones musicales. Quienes gusten de la banda Queen, que no son pocos, encontrarán en esta película una ocasión excelente para escuchar nuevamente su obra, para conocer el “making-of” de su mayor éxito, la canción que da nombre a la película, y para ver recreada en la pantalla grande una parte sustancial de su extraordinaria presentación en el concierto Live Aid (1985).

Sin embargo, puesto que este filme no es un documental sobre uno o varios conciertos, sino una biografía del principal miembro de Queen, el finado Freddy Mercury, uno debiera poder disfrutarlo también por razones cinematográficas. ¿Y cómo vamos en este apartado? Pues regular, hay que admitirlo. El relato de la vida de Mercury no sólo es impreciso o incluso inventado —según los especialistas que se han referido al tema—, sino también mojigato, conservador por los cuatro costados, al punto de que bien podría ser la historia de alguien que no fuera gay, que se hubiera contagiado de sida en un único acto sexual desafortunado y que, como remate, encajara el golpe con la elegancia de un personaje caballeresco en una novela de género. Todo falso, pero no porque no haya ocurrido realmente (reclamar por esto sería negar la libertad del arte), sino porque resulta evidentemente menos de lo que se debiera decir, menos que lo que el desarrollo lógico y el final del personaje exigen que se diga, menos de lo justo. Y entonces es “falso” por esto: por su condición de cosa que se suspende y se reprime.

No sostengo que la película debiera haber sido necesariamente oscura y angustiosa. Un final trágico define a una pieza como drama, pero no agota sus posibilidades expresivas. Sin embargo, convengamos en algo: un filme tan convencional sobre un personaje que fue lo contrario de esto, es decir, un ser excéntrico y original, rupturista y voluptuoso, no puede funcionar y evidentemente no funciona. El sistema de aproximación a la vida de Mercury del guionista Anthony McCarten —que por otra parte es un súper buen escritor— ha sido el de las hagiografías: ejemplarizador. La verdad y la vida, dice McCarten, residen en las amistades simples. El sujeto atraviesa por el túnel del sufrimiento hasta llegar a la luz de la redención. Rectamente y sin distraerse en meandros.

Las razones de la deriva creativa de esta película no son imposibles de descifrar. Hay que tomar en cuenta los tiempos en los que vivimos, que son los tiempos de Trump, Putin y Bolsonaro. En esta “era” se está deseando devolver a los maricones y a las orgías, y en especial a las orgías de maricones, al armario. No cabe la menor duda. Éste es el deseo que hace latir los corazones reaccionarios del planeta y que está siendo acogido por unas multitudes preocupadas por las consecuencias de la libertad moderna.

La película comienza mostrando a un joven muy peculiar en la Londres de los años 70: descendiente de africanos, proveniente de Zanzíbar, él mismo llegado a la ciudad inglesa como inmigrante, Freddy (interpretado estupendamente por Rami Malek) tiene unos curiosos problemas dentales, un gran oído musical y un deseo profundo de adaptarse al entorno en el que vive, al punto de negar su origen nacional y familiar. Los ingleses, entretanto, lo llaman “paky”, pues a simple vista lo catalogan como un pakistaní más.

Su pasaporte a Inglaterra, claro está, se llama música. El joven es seguidor de una banda local que pronto lo transforma en su vocalista. Con lo que sobreviene lo previsible: Freddy aprovecha la oportunidad de destacar, logra el éxito que buscaba, comienza a disfrutar y a sufrir los efectos del poder que ha adquirido, se ve afectado por una sucesión de cambios irreversibles… Todo esto lo narra Bryan Singer (por lo menos hasta el momento en que se lo despide del cargo de director) sin mucha inspiración y apelando a clichés, aunque también con la ayuda de unas secuencias musicales memorables y emotivas, como ya he dicho. A la mitad del metraje, Freddy, que estaba felizmente casado, se da cuenta de que es gay. Manteniendo a su exmujer como su mejor amiga, resulta igualmente asaltado por la incomprensión y la soledad, lo que lo mete en la carrera autodestructiva que terminará en su muerte.

“Bohemian Rhapsody” ha sido un (relativo) fracaso de crítica y un éxito de taquilla, una combinación que hubiéramos podido prever si tomábamos en cuenta lo ya dicho acerca de su complacencia para con los tiempos conservadores que corren, y al mismo tiempo la postura política de la mayoría de los críticos, inclusive de quien esto escribe. La gente, por su parte, se halla ansiosa de consumir fábulas luminosas en las que los marginales de la sociedad se conviertan en leyendas de la cultura pop, y en las que no haya partes “feas” que arruinen la banda sonora.

 

El actor

Rami Malek se ha hecho popular por interpretar al hacker de la serie “Mr. Robot”. Nada comparado con el gigantismo de “Bohemian Rhapsody”. Además, la realización de la película no ha sido lo que se dice un camino de rosas. Al principio, en 2009, nadie cuestionaba que Sacha Baron Cohen sería el álter ego perfecto de Mercury. Tras cuatro largos años de desencuentros con el grupo (básicamente con el guitarrista Brian May y con el batería Roger Taylor), renunció en 2013, en lo que se tomó como el final del proyecto. Pero apareció Malek para mantener el barco a flote. Y lo consiguió incluso cuando, casi terminado el rodaje, el director Bryan Singer fue despedido y sustituido. Todos confiaron en un nombre que no tantos conocen, en un actor en el que nadie pensó para resucitar a un personaje más grande incluso que su legado musical.

Si bien el mismo actor reveló que fue sometido a clases intensivas de canto en los estudios Abbey Road, también dio a conocer que lo que hace es —sobre todo— “lipsync”.

La voz del actor, en estricto rigor, sí fue usada en la cinta, pero no de forma “pura”. Según reporta NME, el canto de Malek fue mezclado con el de Marc Matel, quien ya había demostrado su calidad vocal y la similitud que tiene con Mercury.

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